El pianista: el arte es inmortal

13 Julio, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por la crítica de cine Leah Padalino
Son muchas las películas que hablan de la Segunda Guerra Mundial, pero son pocas las que lo hacen con la crudeza, el realismo y la elegancia de El Pianista. En medio del horror, solo el arte puede ser inmortal.

El arte siempre se hace eco de la historia, de hecho, Miguel de Unamuno decía que si queríamos conocer la historia de España, debíamos acudir a la intrahistoria. En otras palabras, debíamos leer las grandes obras literarias como El Quijote y ahí encontraríamos la historia de verdad. La historia como tal, al fin y al cabo, la escriben los vencedores. Con esta premisa, nos disponemos a hablar de una película desgarradora que nos introduce en el gueto de Varsovia: El pianista.

Se han hecho infinidad de películas acerca de la Segunda Guerra Mundial, infinidad de largometrajes que nos descubren una cara más del horror que supuso el holocausto, pero no son muchas las que finalmente se quedan grabadas en nuestra memoria.

El Pianista derrocha elegancia, violencia y realismo, nos muestra la crudeza sin tapujos y acompaña la narración con una de las mayores formas de expresión que conocemos: el poder de la música. La música y su ausencia enmarcan esta adaptación de las memorias del músico polaco Wladyslaw Szpilman.

Hombre andando por la calle

Una historia muy personal

Roman Polanski es uno de los cineastas más prolíficos de los siglos XX y XXI. Sin embargo, su vida personal ha enturbiado enormemente su carrera cinematográfica; una carrera que nos ha dejado títulos absolutamente magníficos. La vida de Polanski, en realidad, no solo ha estado ensombrecida por los escándalos de abusos en los que se ha visto envuelto, sino también por una historia personal en la que la tragedia ha generado un enorme impacto.

Polanski vivió en sus propias carnes el horror de la Segunda Guerra Mundial, su infancia y juventud se vieron interrumpidas por la cara más amarga del ser humano. Vivió en el gueto de Cracovia junto a su familia; su madre, pese a ser católica, murió en Auschwitz. Tras la guerra, el joven Polanski estudió cine y comenzó su carrera. La tragedia volvería a su vida con el asesinato de su esposa Sharon Tate.

Posteriormente, los escándalos lo han convertido en un cineasta polémico y, pese a su talento, incluir uno de sus filmes en lugares de prestigio puede ser un riesgo enorme. No entraremos a emitir juicios en este sentido, pero creemos que repasar de manera breve su pasado nos puede ayudar a comprender un poco mejor el sentido de El Pianista.

Parece que todo el mundo esperaba que Polanski se involucrase en algún filme relacionado con la Segunda Guerra Mundial, que la tragedia personal terminaría por ser llevada a la gran pantalla; pero hay cineastas y artistas que prefieren enmascararse, que prefieren contarnos otro tipo de historias. Como director, ha probado con un buen número de géneros y, quizás, por su origen, le ofrecieron dirigir La lista de Schindler. Sin embargo, Polanski se negó y, aunque Spielberg no se sentía del todo seguro en un comienzo, terminó por dirigirla.

Probablemente, en ese momento, el cineasta polaco no se sentía del todo preparado para abordar el tema o, tal vez, fueran otras las razones que le llevaron a rechazar la oferta. Lo que sí sabemos es que, tras conocer y leer las memorias de Wladyslaw Szpilman, Polanski al fin decidió volver a aquellos guetos que habitaban los judíos en Polonia y, de alguna manera, darnos su propia visión de ellos. Así, en 2002, se estrenó una de sus mejores películas: El Pianista.

La crudeza de sus imágenes se funde con una elegancia sublime, con una puesta en escena impecable que se apoya enormemente en la música de Wojciech Kilan y la excepcional interpretación de Adrien Brody. El filme terminó recibiendo elogios tanto por parte del público como de la crítica y se hizo con tres premios Óscar: mejor director, mejor actor y mejor guion adaptado.

El Pianista: crónica del gueto de Varsovia

Si algo destaca en El Pianista es un realismo abrumador que va desde la interpretación de Brody hasta una fotografía perfectamente descriptiva. Polanski nos involucra en esta historia en un momento en el que nadie podía imaginar el horror que se iba a desencadenar.

Conocemos a Wladyslaw como un pianista que trabaja en la radio, su pasión por la música se percibe ya desde los primeros minutos. Por aquel entonces, comienzan a tomar forma las consecuencias de la segregación, los judíos no podían acceder a determinados lugares, pero todavía podían caminar con cierta normalidad. Seguramente, nadie podía imaginar lo que vendría después.

Polanski nos sumerge en una segregación progresiva, en una incertidumbre constante por lo que vendrá a continuación que terminará desembocando en un intento desesperado por sobrevivir.

Esta progresión tan bien articulada no es nueva, ya la vimos en un contexto muy distinto en La semilla del diablo. En ese filme, Polanski nos introducía una normalidad que se veía, de pronto, perturbada y, progresivamente, nos iba encerrando en un escenario claustrofóbico marcado por el terror.

Ese mismo recurso lo vemos en El Pianista; no hay nada más real que la incertidumbre y tampoco hay nada más aterrador que esa progresión. El mismo recurso se usa en la ficción de terror sobrenatural y despierta en nosotros una angustia todavía mayor en un filme marcado por el realismo. Ahí, en cierto modo, reside la esencia de la película, en el transcurso de los acontecimientos de forma progresiva, como en la vida real.

La vida en el gueto se va degradando, apenas podemos distinguir quienes son los buenos y quienes son los malos porque, a diferencia de otros filmes sobre el mismo tema, Polanski se aleja, en parte, de la polarización. No teme decirnos que en esta historia hay buenos y malos a ambos lados.

Por supuesto, nos muestra la cara más cruel del ser humano y, en la mayoría de las ocasiones, nos encontramos con que esta cara va de la mano de algún nazi. Sin embargo, El Pianista nos recuerda que también hubo judíos malos y, por supuesto, que la compasión también aparecía en algún momento en el lado de los nazis.

Con elegancia y contención, no se limita a señalar culpables, porque serían demasiados, porque habría que culpar a casi todos. El cineasta observa a su personaje y nos muestra esa lucha por sobrevivir en un mundo hostil, gris y marcado por la tragedia.

Hambre, vísceras, crueldad, todo ello se muestra sin tapujos en pantalla, tal y como debió percibirlo el cineasta en su infancia. La historia de Wladyslaw es una de las muchas historias de supervivencia y horror que nos legó el holocausto, una de las muchas historias personales de las que se ha hecho eco el arte.

Hombre tocando el piano

El arte frente a la destrucción

Entre todo el horror, el arte nos mantiene vivos; los silencios se adueñan de un pianista que debe contenerse para tocar un piano que tiene ante sus ojos. Una música que, pese a no ser oída, es imaginada mientras apenas puede rozar las teclas de un piano. Ni siquiera el hambre puede acabar con su amor por la música.

La música y el arte en general representan la vida, la esperanza. En este sentido, Polanski realiza un magistral trabajo de dirección en el que se apoya enormemente en la música y el realismo. Un trabajo que termina por ser reivindicativo en su momento final.

Del realismo más crudo, pasamos a la victoria, a la victoria de la vida frente a la guerra, de la música frente a los disparos. Ese final que nos regala El Pianista es totalmente esperanzador, dejamos atrás la agonía, la injusticia y nos dejamos llevar por la vida, por el perdón y por una de las mejores cosas que tiene el ser humano: la música.

Por esta razón, arrancábamos este artículo con esa intrahistoria de la que nos hablaba Unamuno. Porque Polanski en su película pudo plasmar de forma magistral ese horror que él había percibido; porque conoció la historia de un artista, Wladyslaw, que decidió plasmarla con palabras para recordársela a la humanidad. Y esa historia, finalmente, atravesó otra barrera y se manifestó ante nosotros en una nueva forma de arte: en el cine.

El Pianista no es la historia de los vencedores, pero sí es una victoria, una reconciliación con el pasado. Porque mientras nosotros destruimos todo, mientras nosotros somos perecederos, el arte se hace testigo de nuestra historia y se torna inmortal.