Emily Dickinson y sus demonios mentales

Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Valeria Sabater
· 5 febrero, 2019
Emily Dickison pasó los últimos veinte años de su vida encerrada en su habitación. Siempre vestía de blanco, padecía migrañas y pidió ser enterrada en un ataúd con fragancia a vainilla.

«No es necesario ser una habitación para estar embrujada», decía Emily Dickinson. Pocas figuras dentro del mundo de la poesía han sido tan enigmáticas desde un punto de vista psicológico. Así, en obras como Tengo un funeral en mi cerebro, deja entrever, según diversos expertos, varias pistas del porqué decidió recluirse para siempre en su habitación, aislándose del mundo y la sociedad.

A lo largo de las décadas, se ha especulado mucho sobre el posible trastorno que podía haber sufrido la célebre poetisa norteamericana. Su reclusión se inició en 1864, cuando ella contaba con unos 30 años. Terminó el día de su muerte, cumplidos los 55. Eligió vestir de blanco y no cruzar nunca más aquella línea que sobrepasaba el espacio de su habitación.

Aquel aislamiento elegido le permitió sumergirse plenamente en su quehacer literario. Esa soledad le ofreció, sin duda, la inspiración suficiente para su creación artística, pero poco a poco, se convirtió también en poco más que en un espectro detrás de una ventana. Ni siquiera fue capaz de acudir al funeral de su padre, celebrado en el salón de su propia casa.

Fue en el 2003, cuando el doctor David F. Maas, doctor de la Universidad de Minessota, realizó un interesante estudio que sería publicado bajo el título Reflections on self-reflexiveness in literature, en el que se analizó el estado emocional de la escritora.

Desde entonces, se han publicado más trabajos, gracias a los cuales, podemos hacernos una idea aproximada de esos demonios mentales que devoraron la vida de Emily Dickinson. Los mismos que, a su vez, le ofrecieron un innegable impulso creativo.

«Sentí un funeral en mi cerebro,
los deudos iban y venían
arrastrándose -arrastrándose -hasta que pareció
que el sentido se quebraba totalmente –

y cuando todos estuvieron sentados,
una liturgia, como un tambor –
comenzó a batir -a batir -hasta que pensé
que mi mente se volvía muda» (…)

-Emily Dickinson-

Emily Dickinson

Emily Dickinson y los tambores de su mente

Los poetas han tenido siempre la hábil facultad de sumergirse como nadie en sus complejos océanos mentales. El propio Edgar Allan Poe, por ejemplo, escribía en su poema Alone, aquello de «desde mi niñez, no he sido como otros eran, no he visto como otros veían,  y todo lo que quise, lo quise solo».

De algún modo, gran parte de estos artistas marcados, a menudo, a partes iguales por una brillantez extraordinaria y también por la enfermedad, siempre fueron muy conscientes de sus singularidades. Emily Dickinson llega a escribir en su poema Un funeral en mi cerebro, que su propia locura es en realidad el sentido más divino. Ese que le permite escribir y que le confiere profundos sufrimientos. Veámoslos.

Migrañas

En primer lugar, algo que debemos entender sobre Emily Dickison es que (al igual que ocurre con muchas otras personas) no padecía una única condición psicológica. Es más, a menudo se evidencian a su vez otros problemas físicos, orgánicos, etc. En el caso de la poetisa norteamericana, los expertos intuyen que padecía numerosos episodios de migrañas.

«Tengo en mi cerebro un tambor, que late y golpea y que deja mi mente entumecida».

Ansiedad social y agorafobia

Hay eruditos sobre la obra de Emily Dickinson que defienden una curiosa idea. Según ellos, la elección de aislarse del mundo y recluirse en su habitación, era un modo de profundizar mejor en su trabajo. Sin embargo debemos tener en cuenta diversos aspectos.

  • El primero es que su reclusión fue total. No recibía visitas, no se reunía con su familia aún viviendo en la misma casa.
  • Prefería comunicarse con sus hermanos y sobrinos a través de la puerta siempre que fuera posible…
  • Mantuvo eso sí, una gran correspondencia con sus amigos a través de cartas, pero jamás cruzó la puerta de su habitación cumplidos los 30 años.

Los médicos de la época llegaron a informar a la familia de que Emily padecía una rara enfermedad llamada «postración nerviosa». Ahora bien, en la actualidad, gran parte de los psiquiatras relacionan esos síntomas con la ansiedad social y la agorafobia severa. 

Emily Dickinson

Trastorno esquizotípico de la personalidad

En el libro Más ancho que el cielo: ensayos y meditaciones sobre el poder curativo de Emily Dickinson, de Cindie Makenzie, se habla sobre cómo esta escritora usó la poesía para controlar su propia enfermedad. Siempre fue muy consciente de que le ocurría algo, y de que esos demonios mentales, como ella los llamaba, le nublaban la razón, el sentido y el equilibrio.

«Y yo, y el silencio, una extraña raza.

Destrozada, solitaria, aquí ».

Steven Winhusen, doctor de la Johns Hopkins University, realizó un interesante estudio sobre Emily Dickinson concluyendo con algo interesante. Lo que (a su parecer) padecía la célebre poetisa era un trastorno esquizotípico de la personalidad. Por la información tan gráfica que da en sus poemas, por el modo en que se deterioró incluso su caligrafía, por sus pensamientos, necesidad de aislamiento, genialidad creativa y las emociones que impregnan sus versos, encajaría sin duda en este diagnóstico.

Conclusión

Emily Dickison falleció el 15 de mayo de 1886,  a causa del mal de Bright. Era una enfermedad renal que, curiosamente, también acabó con la vida de Mozart. Fue enterrada en el cementerio de su pueblo, siguiendo las pautas que dejó reflejadas: en un ataúd blanco con aroma a vainilla.

La razón de su encierro es y será siempre un enigma, un misterio fantástico, como sus propios poemas. El secreto se fue con ella a su tumba, pero más allá de ese sufrimiento que, sin duda, padeció en vida debido a sus «demonios mentales», nos queda su legado. Nos queda su amplia obra, así como esas cartas brillantes, dotadas de una exquisitez y creatividad absoluta.

  • Maas, DF (2003). Reflexiones sobre la autorreflexividad en la literatura. Et Cétera, 60 (3), 313.
  • Winhusen, S. (2004). Emily dickinson y la esquizotipia. The Emily Dickinson Journal, 13 (1), 77–96.
  • Thomas, H. H. (2008). Wider than the sky: Essays and meditations on the healing power of emily dickinson. The Emily Dickinson Journal, 17(2), 113–116,124.