En este mundo, ¿En el que todo tiene un precio?

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 22 mayo, 2015
Sofia Alcausa Hidalgo · 22 mayo, 2015

 

Hace mucho tiempo encontré por casualidad un pequeño librito de tan sólo unas 40 páginas y que realmente me conmovió, porque en tan sólo unas cuantas palabras se condensaba una gran sabiduría y una gran lección de humanidad al hombre occidental.

Te invito a que leas el mensaje mientras escuchas la canción del vídeo…

El librito titulado “Nosotros somos una parte de la Tierra” era el mensaje del Gran Jefe Seattle al Presidente de los EEUU de América en el año 1885, el demócrata Franklin Pierce, pero que sigue estando de plena actualidad.

La tribu india Duwamish había vivido desde siempre en el territorio de lo que actualmente es hoy el estado de Washington. A mediados del XIX el presidente de los EEUU en ese momento quiso comprar el territorio a esta tribu que durante años estaba devastada y agotada por las múltiples guerras  y que ellos se fueran a vivir a una reserva

Pero los indios no entendían ¿Qué era esto de comprar y vender una tierra? ¿Acaso la tierra no es de todos? Ningún hombre es dueño de la Tierra, porque la Tierra no pertenece a nadie y pertenece a todos,

Ante tal petición el Gran jefe indio Seattle escribió a los representantes del gobierno una conmovedora carta que no deja indiferente a nadie… te presentamos un extracto para que tú mismo juzgues:

 

“Cada parte de esta tierra,

es sagrada para mi pueblo,

cada brillante aguja de un abeto,

cada playa de arena,

cada niebla en el oscuro bosque…

                    ….

Sabemos que el hombre blanco

no comprende nuestra manera de pensar.

para él una parte de la Tierra

es igual a otra, pues él

es un extraño que llega de noche

y se apodera en la Tierra

de lo que necesita.

La Tierra no es su hermana

sino su enemiga,

y cuando la ha conquistado

cabalga de nuevo.

                  …..

Hambriento se tragará la tierra

y no dejará nada,

sólo un desierto.

              ….

¿Qué es la vida

si no se puede oír el grito solitario

del pájaro chotacabras

o el croar de las ranas?

            ….

Pero mi pueblo pregunta:

¿qué es lo que quiere el hombre blanco?

¿cómo se puede comprar el Cielo,

o el calor de la Tierra,

o la velocidad del antílope?

¿Cómo vamos a venderos esas cosas

y cómo vais a poder comprarlas?

¿Es que ,acaso, podréis hacer

con la Tierra lo que queráis,

sólo porque un Piel Roja

firme un pedazo de papel

y se lo dé al hombre blanco?”

 

En este mundo en el que todo tiene un precio, en el que todo se compra y se vende y en el que cada vez la felicidad radica en tener más y mejores cosas que nuestro vecino, estas palabras surgen como un soplo en el viento que nos inunda el rostro y nos hace reflexionar sobre quiénes somos realmente y de donde venimos…

Porque cosas tan sencillas como el rumor del agua o el canto de los pájaros, los olores y colores de la flores, el sol con el que despertamos cada día, realmente no tienen precio y forman parte de todos nosotros, sin embargo pasan desapercibidas para nosotros que vamos con prisa a comprar el último modelo de coche…

La felicidad es tan compleja y tan sencilla a la vez, que cuando vemos como pueblos que siguen viviendo como nuestros antepasados y que con una choza, el amor de los suyos y el sustento necesario para vivir son felices, es entonces cuando uno se replantea muchas cosas y piensa si quizás no esté basando su felicidad en conceptos equivocados…

Realmente Seattle tenía mucha razón cuando afirmó “Mis palabras son como estrellas, nunca se extinguen”. Porque hoy día 13o años después sus palabras siguen conmoviendo.