Enseñar a gestionar los enfados

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 16 septiembre, 2014
Paula Aroca · 16 septiembre, 2014


Entre los 2 y los 5 años, los niños atraviesan una fase que los padres deben aprender a acompañar con mucha inteligencia y, está casi de más decirlo, paciencia… Aquí, los pequeños prueban hasta dónde pueden estirar los límites de su comportamiento para conseguir aquello que quieren. Cuando el resultado no es el que esperan, atraviesan momentos de rabia que harán sentir a sus familiares de forma muy explícita, en forma de llantos, gritos y pataletas. Es la época del berrinche en su máxima expresión, pero es necesario apaciguar la tormenta antes de que se salga de control…
 

¿Qué es lo “normal”?


Primero que nada, hay que descartar que exista un peligro real detrás del comportamiento explosivo del niño. Esto es, en realidad, muy sencillo, ya que la frecuencia y la intensidad del estallido de furia nos dirá de qué se trata. La gran mayoría de los pequeños tienen estos comportamientos de vez en cuando, no más de una vez al mes. Muchos de ellos pueden salir de quicio una vez a la semana, pero es muy raro que un niño haga un berrinche todos los días o varias veces en un solo día. Esto ya sería un “foco rojo” para indicarnos que el chico estaría enfrentando problemas más serios que un simple ataque de frustración y sería conveniente comentarlo con el pediatra o psicólogo infantil.

Por lo general, ese “mal comportamiento” que entra en lo normal sucede cuando los niños están cansados o se sienten frustrados por no conseguir algo. Es importante saber que son típicos y esperables los estallidos a la hora de comer, cuando los estamos vistiendo o a la hora de ir a la cama. Cuando enfrentamos un berrinche común y corriente, lo más eficaz es desviar la atención del niño de la situación conflictiva. Los padres de los más pequeños logran cambiar el estado enseguida con solo hacer preguntas divertidas, como “¿cómo hace la vaca?” y practicar la respuesta con ellos.
 

¿Y eso es todo?


Claro, eso no es todo y no debería quedar allí, pero efectivamente sirve de estrategia para evitar que la pataleta y el estado negativo aumenten hasta grados incontrolables o perjudiciales para el mismo niño. Una vez que la criatura se ha serenado y la calma ha regresado, sí podremos volver al tema en cuestión, tratando de establecer un diálogo amoroso, ayudándolo a que pueda poner en palabras las emociones que experimentó, pero no antes. Por supuesto, siempre desde una actitud respetuosa, no censurando los sentimientos del niño, sino validándolos y poniéndonos en su lugar. 

Por otro lado, los niños más grandes se distraen con menos facilidad, pero, en cambio, la mayoría de las veces, pedirles amablemente su cooperación en la tarea que no quieren realizar resulta suficiente. Por ejemplo, si el problema es que no quieren ir a dormir, se les puede pedir que lleven o traigan una almohada diferente. Cuando el problema es la comida, jugar a crear figuras con la comida y luego comerla puede tener buenos resultados. Sin dudas, la imaginación y creatividad son aliadas sumamente valiosas en la educación de nuestros hijos.

Para poder ayudar a un niño que sufre un berrinche, es necesario conocer bien al niño y estar atentos a sus necesidades. Si la situación ya llegó a un pico, lo primero que hay que recordar es que, al patear o intentar arrojar cosas, el niño puede lastimarse o lastimar a otros. Hay que evitarlo llevando al niño a un lugar seguro. Esto mismo es necesario cuando el pequeño estalla en un lugar público: es recomendable buscar un espacio más privado. Y por último: Nunca hay que gritarle a un niño en pleno berrinche. De esa manera, los niveles de agresividad y violencia podrían escalar en forma perjudicial para todos.
 

“¡Lo haces porque lo digo yo!”

Recuerda que no se trata de una batalla por ver quién tiene el control. Se trata de una cuestión de presencia firme y amorosa, no de autoritarismo. Cuando los castigamos automáticamente por lo que hacen, no los estamos ayudando a comprender la situación. Quizás podamos lograr que obedezcan de ese modo, pero por miedo y no por comprensión. Nos estamos perdiendo la maravillosa oportunidad de educarlos en la gestión de sus emociones.

Es verdad que en ocasiones debemos llevar nuestra paciencia al límite, pero es importante que en todo momento nos mostremos seguros ante el niño, sin dejar de expresarle cariño y, algo fundamental, no cansarnos de hablarles, de explicar.

También es fundamental no darles dobles mensajes. O sea, no decirles: “¡Deja de gritar!”, a viva voz, desde lo más profundo de nuestra garganta… Tengamos en cuenta que el niño aprende más por lo que ve que por lo que le dicen.

Y, para finalizar, si tu hijo se encapricha con algo que no puede obtener, por diferentes motivos, intenta brindarle otras opciones posibles que sí pueda realizar.
 

No somos educadores perfectos


Todos sabemos que “los hijos no vienen con un manual bajo el brazo”, así que no te sientas frustrado/a si a veces no sabes cómo actuar, o reaccionas negativamente. Lo importante es preocuparte siempre por aprender, por experimentar nuevas estrategias, por conocerte a ti mismo/a –en primer lugar- para ser mejor padre o madre cada día, sabiendo que todos estamos aprendiendo en este difícil, pero hermoso camino de ser padres.

Imagen cortesía de path-doc