Esta es mi casa, pero no mi hogar

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 29 agosto, 2016
Lorena Vara González · 29 agosto, 2016

Cuando me levanté esa mañana no podía imaginarme todo lo que sucedería después. Solía ignorar aquello que sucedía a mi alrededor, las cuestiones políticas no eran de mi interés. Pero un día todo cambió, estalló una guerra que no lograba entender pero que me hizo huir de aquel que era mi hogar.

Sin nada y aterrado, solo con aquello que cabía en una pequeña maleta, comencé a cruzar fronteras para buscar un lugar nuevo en el que vivir. Lo había perdido todo, hasta mi identidad, porque yo tenía estudios y un trabajo, que al salir con lo puesto de un país en guerra no son más que papel mojado.

Lo peor de todo es sentirte solo y perdido. Estar lleno de dolor y que nadie te entienda porque aquellos países a los que vas no lo han vivido, y como tú, su gente no está al tanto de lo que sucede a su alrededor porque no les afecta.

hombre caminando

¿Quién soy?

Y sin más eres un número, ya no eres tú, eres uno más de los que huyen por salvar su vida, por tener un trozo de pan que llevarte a la boca. Estás tan perdido y no sabes lo que hacer que lo único que puedes sentir es miedo y soledad.

Además, te enfrentas a otro idioma y otra cultura que son completamente distintas a las que conoces. Sabes que para adaptarte es mejor adoptar las nuevas costumbres, mimetizarte con los ciudadanos de tu nuevo país, pero a la vez no quieres perder tu identidad conservando aquello que te recuerda a tu hogar.

El futuro es tan incierto que tu cuerpo vive un estrés continuo. El estrés marcado por la lucha de la supervivencia del día a día y por la despedida forzosa de familiares y amigos que se convierten en duelos: a muchos de ellos no les volverás a ver jamás.

Te encuentras sin papeles que atestigüen tu identidad y dejas a un lado el papel que tienes en tu familia, porque ya no los tienes a tu lado o porque no puedes mantenerlos. Además, tienes que adaptare a las nuevas costumbres de tu lugar de acogida, intentando sentir algo de calor en él. De esta manera, aparece el estrés acumulativo, que tiene la siguientes características:

  • Nostalgia: incluyen la experiencia de echar de menos aspectos elementales que, en principio, solamente existen en el país que se deja atrás. La pérdida de los amigos y la familia, el estatus social, el trabajo, el idioma, las costumbres e incluso la tierra.
  • Choque cultural: son todos los relacionados con hacer una vida en una nueva cultura, como el acceso a los servicios y productos culturalmente relevantes, a las actividades religiosas y culturales, a la educación de los hijos y a las relaciones interpersonales.
  • Discriminación percibida: la experiencia de ser discriminado por razón de raza, religión o pertenencia étnica abarca una parte importante de algunas escalas de estrés aculturativo y se ha identificado por sí misma como un factor de riesgo que predispone a padecer problemas de salud física y mental.

Este no es el único fenómeno que puede darse ante la población emigrante, cuando hay una buena adaptación al nuevo país y su cultura, pero las cosas no salen como se desean, por ejemplo, por falta de papeles, surge el conocido como Síndrome de Ulises.

Este síndrome se caracteriza por la indefensión resultante de no ser capaces de sobrevivir, de llevar una vida normal, a causa de la pérdida de derechos y la burocracia que te impiden ser un ciudadano más. Te encuentras sin patria y sin la capacidad de cambiar la situación.

¿Dónde está mi hogar?

Si por suerte logras adaptarte y superar los estresores que has vivido, asentándote y creando nuevos vínculos en tu nuevo país e incluso una familia, habrás superado lo más difícil, la adaptación. Pero esto no impide que te hagas muchas preguntas.

La principal es, ¿dónde está mi hogar? Porque el nuevo país te lo ha dado todo y te ha permitido rehacer tu vida, pero no has olvidado tu lugar natal, tu hogar. Ahora eres feliz, pero si pudieras volverías a tus raíces y es cuando realmente podrías contestar a la pregunta, porque sabes que donde estás es tu casa, pero no tu hogar.