Héroes o víctimas: dos modos de lidiar ante las crisis personales

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 26 diciembre, 2017
Valeria Sabater · 26 diciembre, 2017

Ante las crisis personales podemos optar por no hacer nada y ser como una hoja que se deja llevar por la corriente o por otro lado, ser esa piedra que tras haber tocado fondo, aprovecha la fuerza del río para ascender a la superficie, reluciente y hermosa. Queda claro que nadie sale indemne de estos viajes, pero nos convertiremos sin duda en héroes de nuestras propias historias.

Cuando hablamos de crisis personales hay algo que casi siempre está presente: una pérdida. A veces, pasamos por esas encrucijadas donde estamos obligados a asumir que hay un aspecto de nuestra vida que debe quedarse atrás y que ya no somos los mismos de ayer. Otras veces, perdemos algo o a alguien o llegan imprevistos que nos obligan a asumir cambios, iniciar luchas e invertir recursos personales para no perdernos del todo, para no dejarnos llevar por esos golpes injustos del destino.

 “Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos”.

-Albert Einstein-

Todo ello nos anima a concluir con un hecho casi evidente. Ante la adversidad tenemos dos opciones, quedarnos quietos o avanzar, ser víctimas eternas de nuestras propias circunstancias o alzarnos como merecedores de nuevas oportunidades. Cabe decir no obstante que no es fácil, nadie nos ha enseñado nunca cómo se hace eso de ser “héroes” ni qué tipo de estrategias debemos aplicar para sortear esos obstáculos que a menudo, nos sitúan en la esquina de la indefensión…

margarita representando las crisis personales

Crisis personales: la pérdida de nuestro preciado equilibrio

Perder el trabajo, afrontar una separación, ver ante el espejo que ya no somos tan jóvenes como antes, descubrir que las personas que apreciamos no lo hacen del mismo modo… Todo ello son acontecimientos “casi” normativos en nuestros ciclos vitales y sin embargo, por muy comunes que sean nunca nos acostumbraremos a dichas circunstancias.

Que esto sea así, que lo sintamos de este modo se debe a un hecho muy concreto: la felicidad es equilibrio, una sensación de seguridad y de que todo queda bajo nuestro control. Por tanto, cualquier alteración, por pequeña que sea, se interpreta como una amenaza, un evento imprevisto ante el cual no sabemos muy bien cómo responder.

Reconocer nuestra indefensión es en realidad un buen punto de partida. Experimentar el desconcierto tras la envestida de la decepción, la pérdida o el engaño nos obliga de forma inevitable a quedarnos quietos para reflexionar. De hecho, la propia palabra “crisis” proviene del griego “Krisis” y significa “yo decido, yo juzgo o yo separo”. Es una invitación directa a tomar conciencia y a aunar una clara responsabilidad personal sobre nuestras circunstancias para decidir qué hacer.

Mariposa simbolizando las crisis personales

Por otro lado, algo interesante que nos explican los psicólogos Richard Tedeschi y Larry Calhoun en su libro The Handbook of Posttraumatic Growth” (manual del crecimiento postraumático) es que cuando damos el paso para afrontar nuestras crisis personales, empezamos a hablar un nuevo tipo de lenguaje.

Casi sin saber cómo descubrimos que tenemos nuevos talentos, que somos más fuertes de lo que pensábamos en un inicio y que en esa lucha por la propia supervivencia nos estamos convirtiendo en héroes anónimos. Lo que al inicio parecía una dificultad casi intolerable o imposible de asumir, se convierte en aprendizaje de vida.

Todos somos víctimas de las crisis personales, pero todos tenemos recursos para afontarlas

Hay muchos tipos de crisis: las crisis del desarrollo asociadas a las diferentes etapas de nuestra vida, las crisis situacionales como pueden ser las vinculadas a accidentes y desastres naturales, las crisis existenciales relacionadas con nuestros propósitos o valoresTodas ellas tienen dos puntos en común: afectan a nuestro estado de ánimo y a nuestro comportamiento.

Se estima que casi el 80% de nosotros sufriremos en algún momento una o varias crisis personales. Seremos por tanto, en mayor o menor medida, víctimas del destino, de las circunstancias o de hechos que incluso, nosotros mismos habremos provocado. Sin embargo, todos tenemos recursos para pasar de ese estado de fragilidad e inestabilidad emocional hasta ese otro punto donde vislumbrar nuevas alternativas con las que recuperar las riendas, el equilibrio y alcanzar un nuevo ciclo de maduración.

Mujer triste en el suelo

Gilbert Ross, filósofo especializado en el crecimiento personal, nos indica que toda adversidad es en cierto modo una forma de selección natural. Solo quienes asumen el reto, quienes son capaces de mudar la piel, fortalecer su autoestima, sortear los miedos y asumir a su vez una actitud resiliente, logran avanzar.

Las crisis, lo queramos o no, son cada vez más frecuentes en nuestra sociedad. Vivimos épocas de cambios y de incertidumbres constantes, lo que hoy es seguro mañana puede cambiar, lo que ahora nos define mañana lo podemos perder… Estar preparados para el cambio es un recurso psicológico inestimable, un motor de fortaleza que nos permitirá sobrevivir con mayor solvencia sabiendo que detrás de toda crisis, hay una oportunidad.