El material más fuerte que existe es el alma resiliente

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 22 marzo, 2017
Valeria Sabater · 22 marzo, 2017

El material más fuerte que existe no es el grafeno ni el diamante, es el alma resiliente y ese corazón que ha sellado con hilo dorado las heridas más afiladas de la adversidad. Este concepto no es ni mucho menos el ingrediente perfecto para la felicidad, es una actitud ante la vida, es la esperanza invitándonos a seguir adelante.

Decir que vivimos en un tiempo resiliente es evidente, las circunstancias nos empujan a ello, aunque si hay algo que todos sabemos es que no siempre se logra con la misma eficacia. No todo el mundo se sobrepone por igual a una circunstancia de estrés o de dificultad personal. Cada uno de nosotros arrastramos nuestras anclas privadas, nuestros océanos de injusticia, nuestros mares degradantes y no siempre sabemos cómo salir de ellos.

“Es inútil volver sobre lo que ya ha pasado y lo que ya no existe”

-Frédérich Chopin-

Para que esto sea así intervienen diferentes factores enmarcados en nuestra propia cultura. Vivimos en una sociedad acostumbrada a poner etiquetas: tú eres inteligente, tú eres torpe, tú eres una maniática, tú eres un fracasado, aquel es débil y el de más allá es fuerte.

Esa obsesión por llevar cada rasgo a un extremo y ponerle una etiqueta permanente nos sume muchas veces en un estado de desesperanza absoluta, donde dejamos de creer en nuestro propio potencial, aislándonos en nuestros rincones privados, en nuestros sufrimientos de carne, lágrimas y abatimiento. A veces no nos basta con que nos digan aquello de que todos podemos ser resilientes, porque la resiliencia, y esto es importante, difícilmente brota en soledad.

Necesitamos también la confianza de alguien, la cercanía de un entorno empático y facilitador donde poder germinar de nuevo: más fuertes, más libres, más hermosos, más dignos…

Por qué algunos somos más resilientes que otros

La clave que nos hace a unos más resilientes que otros se halla en la habilidad de nuestro cerebro para soportar o resistir las situaciones de estrés. Hay por tanto un factor biológico y que la neurociencia se ha encargado de estudiar. De hecho, a través de trabajos como el publicado en la revista “Nature” comprendemos un poco más este fascinante pero a la vez complejísimo proceso que da forma al cerebro resiliente.

Estos serían los principales mecanismos que determinan nuestra mayor o menor resiliencia:

  • La crianza. El haber contado con una atención caracterizada en el afecto continuo y en esa crianza basada en el apego que atiende y guía, favorece la óptima maduración del sistema nervioso central del niño. Sin embargo, crecer en un entorno traumático o donde no hay afecto, provoca reacciones fisiológicas y bioquímicas que nos harán menos resistentes ante las situaciones de estrés.
  • El factor genético también es determinante en muchos casos. El miedo o la capacidad para sobreponerse a la adversidad deja una huella emocional, una impronta en nuestros genes pudiéndose pasar a otras generaciones.
  • Nuestros neurotransmisores. Otro aspecto que se ha podido observar es que las personas con grandes dificultades para manejar el estrés o para afrontar un trauma, tienen una baja actividad en neurotransmisores como las endorfinas o la oxitocina. Su escasa interacción con el sistema límbico o la corteza prefrontal sumen a estas personas en un estado de indefensión continua, en el caos emocional y en una mayor tendencia a la ansiedad o la depresión.

Tal y como podemos ver estos tres factores pueden hacer que seamos más vulnerables, que nos percibamos a nosotros mismos más débiles y al mundo un escenario amenazante. Sin embargo, evitemos abrazar esta creencia. Nuestro potencial está ahí, como el navío que espera ser ascendido de las profundidades, como el pájaro que caminaba a dos patas porque había olvidado que tenía alas para volar.

alas dependencia

El alma resiliente sabe que no sirve de nada pelear contra el mundo

Muchos de nosotros nos pasamos la vida enfadados con el mundo. Estamos resentidos con nuestra familia por esa infancia habitada por las ausencias y el vacío de las carencias. Detestamos a quien osó hacernos daño, a quien nos abandonó, a quien nos dijo “ya no te quiero” o quien te dijo “te quiero” y era mentira. Odiamos esta realidad compleja, competitiva y a veces, y en los casos más extremos, hasta detestamos la vida misma.

“Cuando no podemos cambiar una situación tenemos el desafío de cambiarnos a nosotros mismos”

-Viktor Frankl-

Enfocamos nuestra mirada y nuestra energía al exterior como quien golpea un saco de boxeo una y otra vez hasta quedar exhausto, agotado, sin fuerzas. Lo creamos o no, la resiliencia no es una armadura dorada con la cual ser más valientes para hacer desaparecer todos esos demonios externos. Porque de nada sirve ponernos una coraza de material inexpugnable si primero no atendemos al ser herido que hay en su interior.

mujer guerrera

La armadura más fuerte es el propio corazón, la propia mente a la que revestir de resiliencia, de autoaceptación, de autoestima y esperanzas renovadas. De hecho, y aunque nos cueste admitirlo, hay batallas que es mejor dar por perdidas, porque dejar el pasado en ese cajón donde se guardan los viejos calendarios es permitirnos vivir en el presente, es dejar que broten ilusiones en las fisuras de nuestras heridas.

Poco a poco y día a día, a esas ilusiones le crecerán nuevos proyectos, nuevas personas y nuevos vientos, de esos que arrancan sonrisas, de esos que quitan malas hierbas del pasado. Finalmente, llegará el momento en que podamos hacerlo, en que pondremos la mirada en el pasado sin sentir el miedo y la rabia de antaño. La calma llegará porque nos hemos permitido por fin aquello que tanto merecemos: ser felices.