José Rabadán, conocido como el asesino de la catana

Quizás el nombre de José Rabadán te suene, pero si además añadimos que la prensa le bautizó como "el asesino de la catana" seguro que no tienes dudas. ¿Te gustaría conocer más acerca de los asesinatos que cometió y qué ha sido de su vida?
José Rabadán, conocido como el asesino de la catana
Vanessa Viqueira

Escrito y verificado por la psicóloga Vanessa Viqueira el 24 marzo, 2021.

Última actualización: 24 marzo, 2021

El 1 de abril del año 2000 su nombre sería conocido en toda España. José Rabadán, con tan solo dieciséis años, acababa de asesinar a su padre, a su madre y a su hermana. A partir de ese momento sería conocido como “el asesino de la catana”, y su imagen, a pesar de ser menor de edad, se mostró sin ningún reparo en diversos medios de comunicación.

Este caso marcó un antes y un después, pues pudimos comprobar como las etiquetas que los medios de comunicación asignan a personas que han cometido determinados delitos, especialmente en casos graves con un gran impacto mediático, crean un morbo innecesario así como una excesiva alerta social. En demasiadas ocasiones sin esperar un dictamen pericial psicológico, un juicio o una sentencia condenatoria.

Joven con el rostro oculto

Infancia y adolescencia

José nunca tuvo un comportamiento fuera de lo normal. Fue un niño tímido, solitario y reservado, pero siempre educado. No realizaba actividades propias de la edad adolescente, pues no salía con sus amigos por la noche ni compartía otros intereses frecuentes a su edad, como probar el alcohol. También fue descrito como un niño mimado y consentido por sus padres, incluso aunque sus caprichos fuesen excesivos para el poder adquisitivo de la familia (su padre era camionero de profesión).

Por otra parte, se pasaba las horas muertas delante del ordenador y la consola. Una de sus obsesiones era el videojuego Final Fantasy VIII, lo cual trajo consigo que sus padres le regalasen una espada de Samurai, también denominada catana (según la RAE, una especie de alfanje de origen japonés), y la asistencia a clases de kárate.

Pero José no era feliz y buscaba la soledad. No era un buen estudiante, por ello decidió abandonar los estudios, pensando en marcharse y empezar una vida lejos de allí.

Lo cierto es que ya había intentado fugarse de casa el año anterior al crimen. Y pensó en una solución definitiva: si se iba, le iban a buscar, pero si acababa con la vida de su familia, acabaría el suplicio de todos. Sabía lo que iba a hacer y decidió que su nueva vida tenía que comenzar.

Los asesinatos y la búsqueda de una vida nueva

El 1 de abril del año 2000 cuando José se levantó de la cama, llevaba su catana en la mano, y es que había dormido con ella bajo las sábanas. Se dirigió a la habitación de sus padres, y allí los atacó.

Su padre intentó defenderse cubriéndose la cara con las manos (prueba de ello fue el hallazgo de varios dedos amputados y un corte profundo a la altura del cuello), pero no pudo sobrevivir y su cuerpo presentaba aproximadamente diecisiete golpes, hallándose su cabeza en una bolsa de plástico. Todo parecía indicar que a su madre la mató mientras dormía, pues no se encontraron signos de resistencia. Por último, asesinó a su hermana de nueve años diagnosticada con síndrome de Down.

Posteriormente, intentó evitar que el hedor de los tres cadáveres alertase a los vecinos, por ello decidió llenar la bañera con agua con la intención de introducirlos dentro, pero solo lo consiguió con el cadáver de su hermana. El cadáver de su padre se quedó a medio camino y el de su madre apareció mutilado donde fue atacada.

Acto seguido, se cambió de vestimenta y se fue. La escena que José Rabadán dejaba tras de sí será dantesca. Según el informe forense, los asesinatos tuvieron lugar entre las seis y las ocho de la mañana. Su objetivo era irse a Barcelona y encontrarse con una chica con la que chateaba hasta altas horas de la madrugada a través de internet. Pero un vigilante de seguridad alertó a la policía de la presencia del menor en la estación de trenes.

Según los agentes, José Rabadán se “comportó con naturalidad, muy sereno y hasta con frialdad”. Lo trasladaron a la Comisaría Central de Alicante para proceder a su identificación y allí comprobaron su identidad.

Ya habían pasado tres días de los asesinatos. Posteriormente trasladaron a José a las dependencias de la Jefatura de Policía de Alicante y le tomaron declaración en presencia de un abogado, sus palabras textuales fueron:

“Quería vivir una experiencia distinta. Estar solo. Que mis padres no me buscaran”.

Preguntado respecto al asesinato de su hermana contestó:

“¿Y qué iba a hacer ella sola en el mundo? La maté para que no sufriera”.

Internamiento en un centro de menores

José Rabadán fue trasladado al Juzgado de Menores de Murcia y tras una corta comparecencia que se resolvió sin llegar a juicio, fue sentenciado a ocho años de internamiento en un centro de menores y dos de libertad vigilada. Durante este periodo, José recibió tratamiento psiquiátrico.

El 1 de enero de 2008, José quedó en libertad. Desde entonces hasta diciembre del año 2017, permaneció sumido en el silencio y anonimato, pero integrado en la sociedad de la que un día tuvo que ser apartado.

Vida actual de José Rabadán

La emisión de un documental en DMAX acerca de su vida, titulado Yo fui un asesino (2017), nos permite ver lo que queda de aquel adolescente que ahora rebasa los 30 años de edad. Está casado, tiene una hija de tres años y trabaja como broker en la Bolsa.

Como podréis comprobar, si os animáis a ver este documental, su imagen es completamente distinta a la que recordábamos de él:

“Me llamo José Rabadán Pardo, y maté a mi familia con una catana cuando tenía 16 años”.

Impacta el relato que realiza acerca de los asesinatos que cometió y asegura que “si hubiera sabido las consecuencias, no lo habría hecho”. Javier Urra, Psicólogo Forense, que entrevista a José en este documental, indica lo siguiente: “Se explica muy bien, pero no lo siente”.

Se llegó a plantear, por parte de los dos psiquiatras de la defensa, que José Rabadán sufrió una psicosis epiléptica idiopática, pero Javier Urra asegura en este documental que estaban equivocados, y que en realidad se trata de un muchacho muy insensible y que su personalidad concuerda con un cuadro de psicopatía.

De cualquier modo, una vez cumplida su condena, hoy en día podemos asegurar que es un ejemplo de reinserción. Sin embargo, la etiqueta que un día se le colocó le perseguirá probablemente donde quiera que vaya. Él mismo reconoce:

“Muchos seguirán considerándome un monstruo”.

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