La caja de tus recuerdos - La Mente es Maravillosa

La caja de tus recuerdos

Yolanda Fernández Lago 2, Junio 2014 en Emociones 1 compartidos

Existió un ser con unas manos maravillosas. Dicen que tenía el don de hacer magia con sus diez deditos, pues convertía simples pedazos de madera en cajitas finamente talladas. A esto se sumaba que poseía el don de la sabiduría, pudiendo llegar hasta los corazones de los hombres y conocer cuáles eran sus recuerdos más queridos.

Aquellos que sonreian recordando las travesuras de sus infancia, recordando el sabor inconfundible a bizcocho de chocolate de la yaya o el aroma del agua salada de los días de playa y la sensación de la arena mojada bajo los pies. O aquellas tardes de tormenta primaverales corriendo a refugiarse de la lluvia cuando escasos minutos antes estaban atiborrándose de moras silvestres aún sabiendo que sentarían mal.

Quién podría querer olvidar ese beso de buenas noches de mamá o los de papá con barba de tres días. O el día que te regalaron el oso de peluche al que bautizaste como Señor Otto que te hizo olvidar un poquito esa vela traicionera que no quería apagarse en tu tarta de cumpleaños. Quién podría querer olvidarse de aquella primera visita del Ratoncito Perez o la primera visita al cine, y la imposibilidad de dejar de comer palomitas una vez que las probaste. O aquellas Navidades cuando te tocó la sorpresa de ese delicioso roscón lleno de rebosante nata que consiguió que olvidases que esa noche de reyes no habías podido conocer a Melchor, Gaspar y Baltasar…

Nuestro extraordinario ser cogía todos esos recuerdos y otra infinidad más, y con sumo cuidado los depositaba en las cajitas de madera que él iba fabricando. Los ponía bien dobladitos uno encima del otro, hasta que no quedase un hueco libre dentro de cada caja. Y los muy, muy importantes, los metía dentro de un sobre que cerraba y marcaba como frágil. Estos tenían el privilegio de ir al fondo de cada caja.

El hombrecillo sabía que los recuerdos de las personas son tesoros tan importantes que es preciso almacenar el máximo número posible de ellos. Por ello estaba dedicado en cuerpo y alma a su trabajo. Pasaba la mitad de sus días perdido entre los árboles del bosque mirando minuciosamente cada tronco, palpándolo con sus manos y sintiendo el latido de un corazón fuerte, disfrutando de la vista de unas ramas mecidas al compás del viento y oyendo el son de una nana cantada por sus hojas. Y la otra mitad de sus días encerrado entre las cuatro paredes de su casa, sin poder dejar de diseñar modelos de cajas de madera para tallarlas sin demora. Este trabajo iba consumiendo todas y cada una de las horas de su vida, pero ver el resultado final era tan gratificante que valía la pena.

El hombrecillo sabía que llega un momento en la vida de todas las personas en la que estas necesitan tener todos sus recuerdos a mano. Para revisar su vida, fijándose en los errores y en cómo éstos le ayudaron en ocasiones posteriores a elegir el camino correcto.

Como a los hombres les gustaba poder disfrutar de esos momentos nuevamente, todos y cada uno de ellos no podían evitar sonreír cuando desenvolvían ese paquetito que contenía una caja de madera tallada y que alguien se había molestado en dejar delante de su puerta.

Pero llegó un día en que el hombrecillo no conseguía dar por finalizadas las cajitas de madera en el tiempo de antaño. Sus diseños se volvieron repetitivos y todos parecían iguales entre sí. No conseguía que cada caja fuera única y original. Sus manos ya no se comunicaban con los árboles y no era capaz de captar su esencia. Al poco tiempo le comenzó a suceder algo similar con los recuerdos.

Confundía los recuerdos de las personas y no distinguía entre los recuerdos importantes y aquellos que estaban deseando ser olvidados. Sabía que no podía seguir así. Así que comenzó a seleccionar y almacenar, con el mismo cuidado de siempre, sus recuerdos más queridos. Todos aquellos que podían servir de enseñanza para que otros aún sin tener sus dones de la sabiduría y la magia, pudieran aprender su trabajo y los hombres pudieran seguir teniendo almacenados sus recuerdos.

Y cuentan que tardó meses en encontrar la madera adecuada a sus recuerdos, y otros tantos en tallar la que sería la cajita más pequeña y sencilla de todas las que hubo fabricado a lo largo de su extensa vida.

Yolanda Fernández Lago

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