La caja de Pandora sin abrir: el trauma

Beatriz Caballero · 30 enero, 2018

La vida fluye como si fuera una narración, pero muchas tramas son interrumpidas por sucesos que se convierten en un trauma. Simplemente sucede, y la vida sigue, y nadie te prepara para ello. ¿Verdad?

En muchos casos, los remordimientos o los sentimientos de culpa producen más sufrimiento en personas afectadas por un trauma que el propio recuerdo del suceso en sí. Muchas de las personas que lo reviven a diario se desprecian, se aterrorizan, se enfurecen, sienten que pierden el control… Están seguras de que podrían haber hecho más, de que podrían haber estado más atentas, de que podrían haberse retrasado o elegido otro recorrido para volver a casa. Se desprecian por no haber predicho el futuro, se juzgan con crudeza una vez que todo ha pasado, que el resto de posibilidades, más probables, se han evaporado y solo ha quedado una. Lo que realmente sucedió.

La realidad del trauma

El trauma pertenece al pasado, pero las huellas que deja son profundas, en algunos casos permanentes, condicionando a la persona en sus emociones, pensamientos y conductas. Por ejemplo, a través de la técnica de Rorschach se descubrió que la gente traumatizada tiende a superponer el trauma a todo lo que le rodea.

En otras palabras, y como complemento a lo que ya hemos señalado, también afecta a la imaginación, que es necesaria para contemplar nuevas posibilidades. Paradójicamente y a modo de ejemplo, se ha comprobado como muchos soldados de guerra solo se sentían totalmente vivos cuando recordaban de nuevo su pasado traumático.

“La principal fuente de sufrimiento son las mentiras que nos contamos a nosotros mismos”.

-Semrad-

Mujer que sufre Síndrome de Fortunata

Mente, cerebro y cuerpo

Ayudar a la victimas de traumas a contar la historia es importante, pero ayudarles a construir un relato o animarles a que lo hagan, y lo consigan, no significa que los recuerdos traumáticos desaparezcan. Para que se produzca un cambio, el cuerpo tiene que aprender a vivir en la realidad presente, sin miedo a aquel peligro que ya sucedió.

La investigación ha demostrado que las personas maltratadas durante su infancia suelen tener sensaciones que carecen de una causa física. Por ejemplo, escuchan voces alarmantes o tienen comportamientos autodestructivos o violentos. Los fragmentos no procesados del trauma se registran al margen de la historia.

Cuando a las personas traumatizadas se les muestran estímulos relacionados con su experiencia traumática, la amígdala (centro del miedo) reacciona, encendiendo la señal de alarma. Esta activación desencadena una cascada de impulsos nerviosos que preparan al cuerpo para escapar, luchar o huir.

“Sólo podemos estar totalmente a cargo de nuestra vida si somos capaces de reconocer la realidad de nuestro cuerpo, en todas sus dimensiones viscerales”.

-Bessel van der Kolk, M.D. et al-

La negación del trauma

Algunas personas niegan aquello que les sucedió, pero su cuerpo registró todo aquello que vivió, incluidas las amenazas. Así, podemos aprender a ignorar los mensajes del cerebro emocional, pero el sistema de alarma del cuerpo no se detiene.

La negación produce que los efectos físicos del trauma sobre el organismo acaben expresándose como una enfermedad que reclama atención: fibromialgia, fatiga crónica, enfermedades autoinmunes… La medicación o las drogas pueden apagar o anular las sensaciones y sentimientos insoportables. Por eso es tan crítico que el tratamiento de los traumas se realice a nivel mental, cerebral y corporal.

Mujer con trastorno psicótico breve

Una adaptación trágica

Se han realizado diferentes investigaciones para responder a una pregunta, ¿qué le sucede al cerebro de los supervivientes de trauma? La doctora Lanius planteó el siguiente interrogante “¿Que hace nuestro cerebro cuando no estamos pensando en nada concreto?”. Resulta que prestamos atención a nosotros mismos, también conocido como “la cresta de la autoconcienciación”.

Así, no se registró activación en las áreas relacionadas con la autopercepción en los pacientes con TEPT que vivenciaron traumas en la infancia. Solo e registró una actividad muy baja en la zona responsable de la orientación espacial básica.

Frewen y Ruth Lanius descubrieron que cuanto más desconectada está la gente de sus sentimientos, menor activación autoperceptiva tenían. Estos resultados se explican debido a que, en respuesta ante el trauma, aprendieron a desconectar las áreas cerebrales que trasmiten sentimientos y emociones que acompañan y definen el terror.

“No puedes hacer lo que quieres, hasta que no sabes qué estás haciendo”.

-Moshe Feldenkrais, siglo XXI-

La amenaza del “yo”

El sistema elemental del “yo” se encuentra dividido entre el tronco cerebral y sistema límbico, que se activa cuando las personas ven su vida amenazada. La sensación de miedo y terror es acompañada de una intensa activación fisiológica. Cuando las personas reviven el trauma, se encuentran de nuevo con esa amenazante sensación, que paraliza o enrabieta. Después del trauma, mente y cuerpo se activan constantemente, como si estuvieran de nuevo ante aquel peligro inminente.

Las personas traumatizadas sienten que el pasado está vivo en su cuerpo, porque las señales de alarma viscerales les bombardean continuamente. Muchas de ellas se sienten crónicamente inseguras y ante cualquier cambio sensorial responden desconectándose, con ataques de pánico, regulación exterior (drogas, medicación, compulsiones…). Así, la incapacidad de conectar con el propio cuerpo de manera sostenida en el tiempo explica la ausencia de autoprotección, las dificultades para sentir placer y propósito y las altas tasas de revictimización.

“El trauma ha averiado su brújula interior y les ha arrebatado la imaginación que necesitan para crear algo mejor”.

-Bessel van der Kolk, MD.-