La corrupción comienza en las personas anónimas

Edith Sánchez · 14 mayo, 2018

Se ha vuelto una práctica común que todos nos quejemos de la corrupción. Nunca terminamos de asombrarnos por la falta de decencia que son capaces de exhibir muchas personas de poder, principalmente los políticos. El periódico nos revela nuevos casos día a día y todos presentimos que solo se trata de la punta del iceberg.

La corrupción es altamente nociva para una sociedad. Significa una ruptura con el pacto que está en la esencia de toda sociedad: la ley. Implica también un acto perverso, en tanto convierte a los demás en víctimas pasivas de un daño. Más perverso todavía si se toma en cuenta que muchos de los corruptos roban dinero que no necesitan, animados en gran medida por el placer antisocial de aprovecharse de los demás.

Dejar de luchar, por culpa de la corrupción que hay a tu alrededor, es como cortarte el cuello porque hay barro afuera”.

-Nicolae Lorga-

Todo esto es fuente de profunda indignación. Sin embargo, hay otra corrupción de la que no se habla tanto. Es la de los ciudadanos comunes y corrientes que también participan de esa lógica, aunque a una escala mucho menor.

La ley y la corrupción

La ley plantea un discurso que impone límites y obligaciones a todo aquel que esté inscrito en una sociedad. Se puede estar en desacuerdo con la ley. Esa es, de hecho, una de las grandes fuerzas que impulsan la historia: el debate en torno a lo que la ley propone. De esas contradicciones surgen nuevas leyes y se acaban las viejas. O se mezclan.

figura de la ley representando la lucha contra la corrupción

Cuando se está en desacuerdo con la ley, existen mecanismos para tramitarlo. Estos van desde la desobediencia civil, hasta las revoluciones, pasando por el debate político. Nadie tiene por qué obedecer ciegamente la ley. Pero a menos que las consecuencias sean demasiado graves en términos personales, mientras la ley esté vigente, solo tenemos la opción de acatarla, hasta que logremos cambiarla.

La corrupción nace cuando aparece un discurso de deberes y obligaciones paralelo al que está consagrado en la ley. Tal discurso, a diferencia de lo legal, se orienta a buscar el bien individual, e ignora por completo el bien social. Entonces, todo lo que implique provecho para uno mismo se convierte en legítimo. Los demás no son iguales a quienes se les deben reconocer sus derechos, sino medios u obstáculos para uno. Por lo tanto, no cuentan. La lógica de la corrupción es, fundamentalmente, el interés individual.

El ciudadano y la corrupción

Habría que preguntarse si son solo los políticos, o las gentes de poder, quienes actúan con esa lógica de sacar provecho para sí mismos, aunque con ello se vulneren los derechos de los demás. Si se examinan algunas situaciones cotidianas, puede comprobarse que son muchos los que operan dentro de esta misma lógica de corrupción. Cumplir con la ley y renunciar a satisfacciones propias, en función del bien común, no es la actitud más popular.

personas practicando la corrupción

Por el contrario, lo que prima cada vez con mayor fuerza es el individualismo. En algunas sociedades esto llega al extremo. Las leyes se convierten básicamente en letra muerta. Lo que se impone son las normas de los más inescrupulosos. Solo se acata lo legal cuando hay alguien mirando. La corrupción invade las vidas con pequeñas acciones como saltarse el lugar en la fila, o aprovechar la amistad de alguien para acceder a un privilegio.

Quizás por eso, finalmente los grandes actos de corrupción siguen sucediendo. En el fondo son tolerados por toda una sociedad que, en lugar de proscribirlos decididamente, los toma como ejemplo para su propia forma de actuar. O simplemente se convierte en testigo pasivo de todo esto y no se complican la vida tratando de intervenir para intentar poner límites.

Más allá de los daños económicos o políticos ocasionados por la corrupción, lo más grave es la forma en la que este fenómeno corroe la cultura. Los lazos sociales se deterioran a raíz de la corrupción. La confianza se rompe, y el sentido de la autoridad comienza a desvanecerse.

En este punto, las conductas civilizadas comienzan a quedar en tela de juicio. En la práctica, la ley del más fuerte es la que adquiere vigencia. En este punto, también, lo que era una sociedad se va convirtiendo en una horda que avanza sin rumbo.