La espiral reactiva, un interesante concepto del budismo

Este artículo ha sido verificado y aprobado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas el 18 junio, 2019
Edith Sánchez · 18 junio, 2019
En el budismo zen se habla de espiral reactiva cuando se produce una cadena de acciones que llevan al estrés negativo, llamado también distrés. Esa secuencia comienza cuando dejamos de atender al momento presente y nos enfocamos en otra cosa.

La energía es uno de los conceptos fundamentales del budismo zen. Esta fluye constantemente y debe ser regulada para que no genere desequilibrios. Si estos se producen, comienza la llamada espiral reactiva. Un ciclo del que es complicado salir y cuyo resultado es la angustia.

En el budismo y el mindfulness se habla de una forma de estrés positiva y otra negativa. El estrés negativo obedece a la espiral reactiva. En esta se produce una cadena de actitudes y comportamientos que desembocan en una importante descompensación, que afecta tanto al cuerpo como a la mente.

Lo importante de identificar la espiral reactiva es que, si somos capaces de reconocerla, también estamos en mayor capacidad de evitarla. Lo adecuado es impedir que tenga lugar la primera etapa y, de este modo, evitar que se inicie esa cadena que conduce a un estado carente de armonía.

Ninguna pasión como el miedo, le arrebata con tal eficacia a la mente la capacidad de actuar y razonar”.

-Edmund Burke-

Figura de Buda para representar una historia budista

El distrés y el eustrés

El estrés no se considera bueno o malo dentro del budismo y el mindfulness . Sin embargo, dependiendo de cómo se canalice, puede convertirse de un tipo u otro. Al estrés bueno se le llama eustrés. Y al estrés malo, el mismo que da origen a la espiral reactiva, se denomina distrés.

El eustrés deriva de ese cierto desequilibrio que se origina cuando nos desafiamos o nos proponemos alcanzar una meta. En este sentido, la novedad puede producir cierta angustia. Sin embargo, debido a que lo deseas y lo consideras positivo, finalmente esto termina traduciéndose en emoción o entusiasmo. No implica consecuencias negativas.

El distrés, por su parte, es una tensión destructiva. Se origina al acumular preocupaciones o al enfrentarnos a una tarea que produce miedo o rechazo. Este tipo de estrés fatiga, entorpece y también afecta el organismo. Se manifiesta como ansiedad, volviéndonos instintivos (erráticos y poco racionales) en nuestra manera de actuar.

Una historia budista

Cuenta una vieja historia budista que había un joven que no lograba avanzar en su iluminación espiritual. Por más que se esforzaba, no conseguía crecer mental y espiritualmente. Entonces Buda quiso ayudarle. Para que comprendiera la articulación de su error, utilizó una metáfora.

Le preguntó al joven qué sucedía cuando las cuerdas de una guitarra estaban demasiado ajustadas o qué sucedía cuando las cuerdas estaban demasiado flojas. El joven contestó que en ambos casos el sonido era imperfecto. Más que música, producía ruido. Entonces Buda le dijo que el crecimiento espiritual se regía por unas normas parecidas.

Cuando se quiere avanzar y hay un exceso de empeño en ello, la mente termina siendo forzada. Esto hace que se produzca demasiada tensión y en lugar de propiciar el crecimiento, lo detiene. Algo similar ocurre en la situación opuesta. Cuando queremos avanzar, pero no acompañamos al deseo de la tensión suficiente, la ociosidad termina ganando la partida.

Mujer sujetando una nube con sus manos

La espiral reactiva

No nos sumergimos en la espiral negativa del estrés de manera automática. Antes de caer, seguimos una serie de conductas que incrementan nuestra tensión interior. En lugar de detener esta fuerza destructiva, le damos rienda suelta sin darnos cuenta.

Los componentes de la espiral reactiva son los siguientes:

  • Desatención. El ciclo de la espiral reactiva comienza con la desatención. Esto es, una falta de enfoque en lo que nos sucede internamente. Pasamos desapercibidos nuestros pensamientos, emociones y estados físicos.
  • Desconexión. Es la pérdida de comunicación con nosotros mismos. Nos conectamos con lo externo, pero dejamos de tomar en cuenta lo que dice nuestra mente, nuestro corazón y nuestro organismo.
  • Desregulación. Si estamos poco atentos y desconectados, podemos llegar a sentir un gran malestar. Muchas veces intentamos solucionarlo adoptando posturas extremas, como vaciando o llenando nuestra agenda del todo.
  • Desorden. Los pensamientos, las emociones y las acciones comienzan a volverse caóticas. No hay pautas reales que guíen nuestra conducta. Dejamos de orientarnos hacia objetivos definidos, pasando a actuar de manera errática.
  • Desequilibrio. Todo lo anterior genera un importante desequilibrio. La descompensación conduce a estados anímicos complejos, como el abatimiento generalizado, la ansiedad constante o la enfermedad física.

De este modo, todo comienza con la falta de atención, con la distracción. No ser conscientes del instante presente hace que fácilmente perdamos la perspectiva de las situaciones y el manejo de nuestras emociones. Así pues, mientras nos mantengamos atentos, no seremos presas de la espiral reactiva.

  • Chávez Ríos, F. Ecuaciones de reacción-difusión y espirales en el corazón. Educación Química, 12(3), 128-132.