La fealdad imaginaria

Alicia Escaño Hidalgo · 2 diciembre, 2014

En cierto modo la sociedad siempre nos ha llevado a seguir unos determinados cánones de belleza. Es normal y sano cuidar nuestra apariencia y sentirnos bien con nosotros mismos, tanto por dentro como por fuera.

Muchas veces no nos sentimos satisfechos con la imagen que tenemos. Nos gustaría ser más altos, más delgados, tener los ojos más grandes… Hasta cierto punto, esto es considerado algo normal. Nadie está agusto con su apariencia física al cien por cien, pero no por ello estamos constantemente rumiando sobre el tema o sufriendo por ello. Lo aceptamos y ya está ya que somos conscientes de que la apariencia externa no es lo más importante de una persona, de que el físico es algo subjetivo y además efímero.

Desgraciadamente, hay ciertas personas cuyos pensamientos y preocupaciones sobre su aspecto físico es tan extrema que les lleva a sentirse obsesionados sobre cualquier defecto físico o imperfección. Imperfecciones que quizá para nuestros ojos sean pequeños defectos normales o incluso ni los apreciemos. Estas personas sufren de un trastorno psicológico denominado Trastorno Dismórfico Corporal.

Las personas con este trastorno sobredimensionan sus imperfecciones físicas, centran toda su atención en ellas, hasta percibir una imagen realmente distorsionada de su físico que no se corresponde con la realidad. El tema del físico ocupa toda la mente del paciente convirtiéndose en el tema central de su vida. Son ellos mismos, con sus obsesiones, los que agrandan esa “pequeña imperfección”.

La consecuencia de todo esto es que la persona con trastorno dismórfico cree que realmente es horriblemente fea lo que evidentemente le provocará que la autoestima caiga en picado, ademas de un malestar psicológico muy significativo y de llevarlas a actuar de una manera que solo hará mantener el trastorno.

Estos comportamientos serán mirarse una y otra vez al espejo analizándose todo el tiempo, maquillarse de diferentes formas para tapar su supuesto defecto, preguntar a todo el mundo si realmente su defecto es tal o incluso encerrarse en su casa y no querer salir por miedo a que alguien le haga algún comentario desafortunado y pueda sentirse humillado o ridiculizado.

En casos extremos la persona consulta con cirujanos plásticos o dermatólogos para que le ayuden a cambiar su físico, algo que no sirve para nada ya que el problema reside en la mente del enfermo y no en el físico. De hecho, suelen ser personas con una apariencia normal, más bien atractivas. Cuando se operan de una cosa, el problema se desplaza a otra parte del cuerpo.

Estos comportamientos pueden, a corto plazo, generarle un alivio a la persona, la cual, al no tener que verse expuesta a otras personas que puedan opinar, al estar maquillada de manera que no se le note lo que quiere tapar o al reasegurarse una y otra vez mirándose al espejo, deja de enfrentarse al miedo que siente a que se le confirme lo que él o ella piensa pero a largo plazo solo sirven para empeorar el trastorno.

Al evitar y huir de cualquier situación en la que se puedan confirmar sus creencias erróneas sobre el físico, la persona se siente a salvo momentáneamente. Lo que ignora es que estas percepciones solo son creencias distorsionadas, no realistas y se está privando de un montón de cosas solo por un miedo irracional, que no tiene fundamento alguno. Nunca se da la oportunidad a sí mismo de comprobar si lo que piensa es real si no que huye o evita una y otra vez, haciendo más fuerte el problema.

Se cae entonces en un círculo vicioso en el que cada vez se necesitan más conductas de reaseguración y evitación ya que los pensamientos negativos sobre uno mismo se hacen cada vez más fuertes.

¿Qué podemos hacer para salir del círculo vicioso?

Cortarlo por algunos de sus puntos, por ejemplo, los pensamientos u obsesiones. Se deben corregir y modificar los pensamientos falsos del paciente sobre su apariencia por otros realistas a través de datos objetivos y verdaderos además de desdramatizar acerca del físico.

Por otro lado, la persona deberá exponerse de manera progresiva a todo lo que hasta este momento estaba evitando. Es decir, ha de ser capaz de abandonar las conductas de seguridad que mantenía: ir a fiestas con mucha gente, dejar de maquillarse el defecto, dejar de preguntar a la gente sobre el defecto o dejar de mirarse una y otra vez al espejo.

¿Cuál es el objetivo de este tratamiento? Que al final la persona se de cuenta por si sola de que sus pensamientos eran realmente absurdos, que nada de lo que erróneamente temía ocurre, se que estaba magnificándolo todo y de que un interior que proyecta seguridad es mucho más atractivo que cualquier físico.