La humillación: un ataque a nuestra identidad

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 26 octubre, 2017
Raquel Lemos Rodríguez · 25 octubre, 2017

Son muchas las emociones que podemos sentir de manera intensa. La culpa, la ira, la tristeza y la rabia son algunas de ellas. Sin embargo, hay una que no hemos mencionado y que provoca un impacto tan fuerte que puede llegar a destrozarnos: la humillación.

La humillación es un estado emocional negativo que deja una profunda huella en cada uno de nosotros. Sentir que carecemos de valía, que somos mediocres, que hagamos lo que hagamos quedaremos en ridículo es una cruz que podemos arrastrar durante largo tiempo.

“Siempre ha sido un misterio para mí cómo puede haber hombres que se sientan honrados con la humillación de sus semejantes”

-Mahatma Gandhi-

La humillación activa áreas cerebrales vinculadas al dolor

La Universidad de Ámsterdam realizó un estudio en el que participaron 46 voluntarios con el objetivo de comparar sus reacciones antes diferentes estados emocionales. Los investigadores analizaron las ondas cerebrales de los participantes mientras veían en una pantalla insultos y halagos.

También se les contó a los participantes diversas historias en las que tenían que ponerse en la piel del protagonista. De esta forma, serían capaces de conectar su emoción al ponerse en su lugar. Por ejemplo, una de las situaciones consistía en que acudían a una cita y en cuanto la persona con la que habían quedado les veía, se daba la vuelta y se iba.

Los investigadores descubrieron que el sentimiento de humillación ocasionaba una actividad cerebral mucho más rápida e intensa que la alegría, más negativa que la ira, y que además, las áreas vinculadas al dolor se activaban. 

La humillación activa aquellas áreas cerebrales que están vinculadas al dolor

cerebro iluminado por el efecto de la humillación

Aunque los halagos despertaban alegría, el sentimiento de humillación era mucho más intenso que esa emoción tan placentera. Pero, lo más increíble, es que incluso se observó que no podía competir con la ira. Los insultos hacía que muchos de los participantes se enfadasen o se mostrasen molestos, no obstante la humillación tenía una carga mucho más negativa.

El sentimiento de humillación está presente en nuestro día a día

La humillación es una emoción que está presente en el día a día. De hecho, muchas personas no son capaces de comunicarse si no es humillando a los demás, creyendo que en realidad les están haciendo un bien. Sin embargo, carecen de la empatía necesaria para transmitir lo que quieren decir de una manera más agradable y sutil.

Un ejemplo sería aquella madre que alaba al compañero de su hijo y lo señala como un referente en diversas tareas y comportamientos. Sin saberlo, puede estar despreciando el esfuerzo de su hijo. Si esta comparación la realiza estando ambos niños presentes, el malestar de su hijo puede ser aún mayor por la humillación recibida.

Situaciones de este tipo abundan en nuestros días, sobre todo en el ámbito laboral. Incluso, en las relaciones de pareja esta emoción también puede estar presente. Aparece cuando uno de los miembros se burla del otro y le hace sentir inferior.

La humillación es una emoción desagradable e intensa que suele perdurar en el tiempo por la profundidad de su herida. Afecta a nuestra autoestima y de  algún modo hace que sea muy complicado volver a aumentarla.

Mujer mirándose al espejo una lágrima de sangre

Ante la humillación, autoestima

¿Qué podemos hacer ante todo esto? ¿cómo evitar que la humillación deje una huella profunda en nosotros? ¿de qué forma gestionar el malestar que nos provoca?

La clave está en conocernos y valorarnos. En no otorgar más poder a la opinión de los demás que a la nuestra propia. En saber quienes somos e impedir que los demás nos definan. En definitiva, en cuidar nuestra autoestima para que en los momentos de dudas, seamos capaces de recuperar la confianza en nosotros.

Para ello, es muy importante cuidar nuestro lenguaje interno, la forma que tenemos de hablarnos. ¿Nos decimos cosas bonitas o nos repetimos constantemente “qué tonto/a soy”, “todo me sale mal” o “soy un desastre”?

Tenemos que tratarnos bien, valorarnos y querernos. Si somos permisivos con los demás por qué no serlo con nosotros mismos. Permitámonos errar, no deseemos ser perfectos.

Valorémonos hasta el punto de que cualquier intento humillante por parte de alguien externo nos resulte indiferente. Porque no podemos evitar que otros nos humillen, pero sí podemos cambiar la manera en que esto nos afecta.

“Aunque había sido derribado por un burro, aprendí que humillar a otra persona es hacerle sufrir un destino innecesariamente cruel”

-Nelson Mandela-

Ahora que comprendemos que esto supone un ataque a nuestra identidad cuyo objetivo es provocarnos dolor, tomemos medidas. Empecemos a valorarnos, a no depender tanto de la aprobación externa y a creer en nosotros.