La ira es un tóxico para el organismo

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 24 febrero, 2018
Edith Sánchez · 24 febrero, 2018

Nacemos y ya llevamos dentro de nosotros la ira. También el miedo y el dolor. Estas emociones vienen al mundo con cada ser humano, independientemente de las circunstancias en las que cada uno haya nacido. Del nacimiento en adelante, cada uno de esas realidades subjetivas se moldeará y tomará el curso que el entorno induzca.

La ira tiene distintos niveles. Van desde la molestia o la irritación por alguna contrariedad, hasta la pasión ciega que lleva a los actos más destructivos del ser humano. Es, de hecho, una de las emociones más intensas que se pueda llegar a experimentar. También una de las más dañinas. Tanto si explota, como si se reprime, termina enfermando.

Contra la ira, dilación”.

-Séneca-

El ser humano, entonces, está ante una gran paradoja. Siente ira, sí o sí. No le es posible mutilar esa parte de sí mismo. Pero debe aprender a lidiar con ella, o enfermar, del cuerpo y de la mente. La buena noticia es posible hacerlo. Es posible canalizar la ira constructivamente. Competir, emprender, arriesgarse, son formas de hacerlo. Pero si esto no se logra, es el propio cuerpo el que paga las consecuencias.

La ira enferma

Tanto las medicinas alternativas como la medicina convencional insisten en que todas las enfermedades tienen componentes emocionales. Desde el punto de vista de los enfoques holísticos, toda enfermedad es una emoción no resuelta. Cuando esa emoción llega a su grado más superlativo, es capaz de deteriorar significativamente la salud e incluso conducir a la muerte.

Mujer gritando expresando su ira

Esas perspectivas señalan que cada emoción impacta particularmente alguna zona del cuerpo. En el caso de la ira, se sabe que tiene efectos principalmente sobre toda el área del tronco y del estómago.

La ira toma muchas formas. Resentimiento, rencor, odio, etc. Todas esas formas terminan generando consecuencias en la salud. En realidad son auténticas bombas de tiempo que acaban manifestándose como cálculos biliares, problemas en la vesícula y diferentes desórdenes digestivos.

Diferentes efectos sobre el organismo

Recientemente, los investigadores de la National Institute on Aging realizaron una investigación en torno a los efectos de esta emoción sobre el organismo. Las conclusiones del estudio fueron publicadas en el Journal of the American Hearth Association. Allí se verificó que quienes permanecían invadidos de ira sí solían presentar huellas de esa emoción en su cuerpo.

Se comprobó que quienes se enojan con frecuencia tienden a presentar anomalías en las arterias carótidas. Esto, por supuesto, aumenta el riesgo de sufrir un accidente cerebrovascular. Así mismo, descubrieron que quienes tienen un carácter de tipo “antagónico”, es decir, muy conflictivo, usualmente presentan engrosamiento de las paredes arteriales.

corazón en espino herido por la ira

Por otro lado, todo acceso de ira hace que se incremente visiblemente la producción de algunas hormonas. Entre ellas, la adrenalina. El aumento de esta sustancia hace que se altere el equilibrio del organismo y eventualmente puede dar origen a ataques cardíacos o afecciones cerebrales.

Ni contenerla… ni dejar que tome el control

Cada día nos brinda muchas razones para enfadarnos, con independencia de cuáles sean nuestros intereses. Nada funciona a la perfección y el conflicto y la contrariedad siembran las horas. Para encauzar esos sentimientos de rechazo e irritación, lo primero es reconocer que estamos experimentando ira. Ese solo hecho ya aumenta las posibilidades de encauzar de una forma inteligente su energía.

Como se mencionaba antes, esta emoción tiene diferentes facetas. Básicamente son cuatro:

  • Ira descontrolada.
  • Ira “contagiada” o transferida de una persona a otra.
  • Ira para encubrir otro sentimiento inconsciente, que la persona no puede aceptar conscientemente.
  • Ira que se origina en la falta de asertividad.

A su vez, los procesos de ira se originan principalmente en cuatro fuentes: el miedo, la frustración, la duda y la culpa. La ira no resuelve ni el miedo ni la frustración ni la duda ni la culpa. Lo que hace es darles una salida peligrosa. Produce una sensación de liberación momentánea, pero no elimina las causas del problema. Además tiene el agravante de que se nutre a sí misma. Cuanto más ira sentimos, más probable será que nos controle y se intensifique. Así funciona.

Mujer caminando por el mar para aliviar su ira

La salida real está lejos de reprimirla o de liberarla sin control. El camino pasa por aceptar que se siente ira, exponerla frente a la conciencia. Así comienza a desactivarse. Bastan 10 segundos para hacer ese ejercicio. Lo que sigue es tratar de identificar cuál es la fuente real del enfado. Eso nos da pistas de cuál es la vía para resolver el problema que está detrás.