La mezcla de sentimientos al perder un ser querido

Yamila Papa · 4 junio, 2014

Los primeros momentos que siguen a la comunicación de la muerte de una persona cercana son los peores, siendo especialmente duros cuando el fallecimiento fue inesperado y por una causa percibida como incontrolable.

En ese momento no existen palabras que puedan reconfortar ese dolor, sentimientos como la pena, la incredulidad, el bloqueo emocional, la rabia o la culpa pueden mezclarse de manera cruel. Lo positivo es que sí que existen palabras, o más que palabras la sensación de estar rodeado de personas queridas, que pueden hacer que la persona que ha recibido la noticia avance más rápidamente y con menor tristeza en las etapas del posteriores del duelo.

Sentimos pena por la pérdida, por nosotros, por la persona que se ha ido. Es el sentimiento más sobresaliente y resulta y no resulta complicado identificarlo cuando se sufre o lo sufren otros. Otro de los sentimientos habituales es la incredulidad, que puede tener dos orígenes. Por un lado es una manera de defendernos (llamado “negación”) para no ver que ello es realmente doloroso. Es probable que nos tomemos ciertos “descansos” en el sufrimiento, queriendo hablar con esa persona llamándola por teléfono o yendo hasta su casa, hasta que nos damos cuenta que eso es imposible.

Por el otro, porque desde pequeños comprendemos que la gente se va, pero luego regresa. Cuando un bebé siente que la madre se aleja experimenta la sensación de que desaparecerá para siempre, sin embargo, como la ve volver una y otra vez, ese miedo se va también. A medida que crecemos, seguimos con esa idea hasta que alguien muy cercano fallece. Una parte de nuestro interior sigue con la esperanza de que vuelva.

El bloqueo emocional, que también aparece en ocasiones, puede ser otra forma de defensa frente a la invasión de los sentimientos negativos. Igual que ocurre cuando hay un problema de tensión eléctrica, directamente, la luz se corta, para evitar un mal mayor.

Otro de los entimientos habituales es la culpa. Esta puede ser más difícil de comprender algunas veces porque podemos saber que no hemos tenido la responsabilidad por la muerte de esa persona, pero aún así, sentimos que hay algo que no hicimos bien (o que directamente no hicimos).

Tenemos la sensación de que no pasamos tanto tiempo con él/ella, que no nos dimos cuenta de algunos síntomas con anticipación, que no lo escuchamos, etc. La culpa se relaciona con la necesidad de vivir en un entorno seguro, en el que si hacemos las cosas bien, nos irá mejor. Pero cuando algo trágico sucede, pensamos que es nuestra culpa, que no lo merecemos.

En los procesos de duelo otro factor característico es la rabia en particular o la agresividad en general. Siempre son sinónimos de sufrimiento. El cuerpo quiere cambiar algo que no está de la forma que deseamos pero el mecanismo es erróneo. Como la pérdida de un ser querido es algo que no está en nuestras posibilidades modificar, la energía se canaliza para que pueda “salir” de alguna manera, que es la rabia. También puede dirigirse a la persona que fallece, porque nos sentimos solos y abandonados.

Es común a su vez ser incapaces de interesarnos o de involucrarnos con lo que sucede a nuestro alrededor, como una consecuencia de los sentimientos descriptos anteriormente; o por el contrario, que nos volquemos en nuestro entorno como una manera de alejarnos de nosotros mismos y de nuestros sentimientos. Estamos bloqueados en lo emocional para protegernos del dolor, la culpa no nos permite dar ningún paso, la tristeza nos paraliza. Todo ello se “mezcla” y no podemos sentir nada bonito como el amor, la felicidad, la comprensión, el perdón, etc.

¿Qué se entiende por “superar un duelo”?

Implica poder recuperar la sensación de que la vida tiene sentido, aunque sea diferente a la de antes, sentir que vale la pena ser vivida, en las mejores condiciones posibles, disfrutando de todo lo que se pueda y con la gente que queremos. A su vez, superar un duelo suele relacionarse con conservar un buen recuerdo de la persona que se ha ido, pensar en los momentos compartidos, sus enseñanzas, su amor, su filosofía o costumbres.

Durante la fase del duelo el recuerdo de ese ser querido está “empañado” de dolor, cuando nos acordamos de él o ella sentimos automáticamente dolor o tristeza, no hay nada que nos permita relacionarlo con la alegría. Un indicador de que esta etapa ha quedado atrás es cuando nos podemos reír de alguna anécdota o dicho divertido del fallecido, sin que la angustia aparezca enseguida y nos oprima el pecho teniendo ganas de llorar.

Si pasados algunos meses el estado emocional no cambia, es preciso que acudamos a un profesional para que nos ayude a superar el duelo y seguir adelante.