La neurobiología del trauma

Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Paula Villasante
· 17 enero, 2019
Cuando se produce un factor estresante importante, el hipocampo (involucrado en el procesamiento de la memoria) y la amígdala (involucrada en el procesamiento de las emociones) están inundados de hormonas del estrés.

El maltrato infantil se considera actualmente un problema de salud pública de grandes dimensiones. Es por eso que, durante las últimas décadas, se ha producido un proceso rápido en tratar de entender los efectos de la exposición a experiencias vitales traumáticas en la psicopatología de los niños. (1) Pero, ¿cómo se desarrolla la neurobiología del trauma?

Durante los últimos años, la investigación clínica se ha centrado en explicar el impacto de incidentes traumáticos puntuales y la exposición a la negligencia y el abuso crónico. Así, diferentes estudios han demostrado que los incidentes traumáticos aislados tienden a producir respuestas condicionadas a los recuerdos del trauma.

Mientras, el maltrato crónico o la exposición recurrente a eventos traumáticos, como la exposición a procedimientos médicos o quirúrgicos repetidos, parece tener efectos generalizados en el desarrollo neurobiológico (1). Al parecer, varios hechos contribuyen a la extensión del daño psicológico que produce el trauma en la neurobiología:

  • La edad en que los niños están traumatizados por primera vez.
  • La frecuencia de las experiencias traumáticas.
  • También el grado en que los cuidadores contribuyen a que el evento sea traumático.

Así, sabemos que las experiencias traumáticas pueden cambiar las estructuras cerebrales y comprometer las funciones emocionales, cognitivas y corporales, lo que debilita a los pacientes. Sin embargo, la neurobiología del trauma es, todavía, poco comprendida entre los especialistas y existen pocos recursos educativos disponibles, a pesar de su prevalencia (2).

En 2013, la Asociación Americana de Psiquiatría revisó los criterios diagnósticos para el trastorno de estrés postraumático (TEPT) en el Manual de Diagnóstico de Trastornos Mentales. Así, el trastorno se incluyó en una nueva categoría en el manual: Trastornos relacionados con traumas y estresores.

Niño mirando por una ventana

Trastorno de estrés postraumático

Los eventos traumáticos pueden comprometer las funciones emocionales, cognitivas y corporales. Así, ello produce síntomas debilitantes para los pacientes (3, 4) y a un diagnóstico de TEPT (2). De esta manera, el trauma puede ocurrir:

  • Durante un evento puntual. Por ejemplo, como testigo de violencia de género.
  • Durante un período prolongado. Por ejemplo, el caso de abuso infantil.

Cuando se produce un factor estresante importante, el hipocampo (involucrado en el procesamiento de la memoria) y la amígdala (involucrada en el procesamiento de las emociones) están inundados de hormonas del estrés (3). El individuo no puede procesar la experiencia traumática como un evento finalizado (aunque ya no exista la amenaza como tal) y el recuerdo permanece activo en el cerebro (2).

Es por eso que los síntomas del TEPT pueden aparecer mucho tiempo, después de ocurrido el trauma. De hecho, en un 25% de los casos se produce una aparición tardía de estos síntomas (5).

La neurobiología del trauma: Áreas afectadas

Las alteraciones neurobiológicas del desarrollo normal inducidas por el trauma incluyen áreas involucradas en la regulación de la homeostasis. Estos son (6, 7):

  • Tronco encefálico y locus coeruleus.
  • Sistemas de memoria (incluidos el hipocampo, la amígdala y la corteza frontal).
  • Las áreas cerebrales incluidas en el funcionamiento ejecutivo:
    • Corteza orbitofrontal.
    • Córtex cingulado.
    • Corteza dorsolateral prefrontal.
  • Sistema neuroendocrino. Incluidos:
    • El eje hipotálamo-pituitario-adrenal (HPA).
    • Todos los sistemas neurotransmisores concebibles.

Tallo cerebral y mesencéfalo

Los sistemas que se ocupan de lidiar con las amenazas son el sistema nervioso simpático y parasimpático, que se originan en el tronco cerebral. Así, la exposición temprana a amenazas extremas y el cuidado inadecuado afectan, significativamente y alargo plazo, a la capacidad del organismo para modular los sistemas nerviosos simpático y parasimpático en respuesta al estrés (16).

Catecolaminas

Algunos estudios informan de que los niños que sufren TEPT y han sido maltratados excretan luego concentraciones significativamente mayores de dopamina y norepinefrina que los sujetos control, que no han sufrido maltrato (18, 19).

Tasa de variabilidad cardíaca

Los niños que han sufrido traumas tienen una menor variabilidad de la frecuencia cardíaca en comparación a aquellos sujetos sanos (20).

Cortisol

De manera general (y en contraste con los estudios de cortisol en adultos con TEPT) los niños traumatizados muestran niveles de cortisol significativamente más elevados que los grupos control, que no habían sufrido trauma previamente (21).

Fórmula química del cortisol

Sistema límbico

La investigación muestra que los adultos que seguían afectados por la huella de un trauma y que sufrían TEPT mostraron una mayor activación de la amígdala derecha cuando se les recordó su trauma. Esta activación estuvo acompañada de una menor activación del centro del habla (22).

El hipocampo

Las personas que han sufrido trauma y desarrollado TEPT pueden presentar en su neurobiología una disminución en el volumen del hipocampo. Así, Davidson y sus colaboradores han propuesto que el impacto de la participación del hipocampo en la psicopatología puede ser más evidente en el procesamiento de la información emocional. Así, los niños con daños en el hipocampo serían propensos a mostrar un comportamiento emocional en contextos inapropiados (23).

Otras áreas afectadas en el trauma son:

  • Cortex prefrontal.
  • Lateralización hemisférica.
  • El cerebelo, cuerpo calloso y la integración de las experiencias.

Efectos a largo plazo de la disregulación de la neurobiología en el trauma

Pérdida de la autorregulación emocional

La falta de capacidad para la autorregulación emocional es característica de los niños que han sufrido trauma de manera crónica. Su falta de procesos de autorregulación conduce a problemas con la autodefinición. Así, estos problemas se reflejan en (8, 9):

  • La falta de un sentido continuo y predecible de sí mismo, con un mal sentido de separación y alteraciones de la imagen corporal;
  • Afecto modulado deficiente, así como control de impulsos deficiente, includa la agresión contra sí mismo y los demás, y
  • Incertidumbre sobre la confiabilidad y previsibilidad de los demás, lo que puede derivar en desconfianza y en problemas relacionados con la intimidad.

Aprendizaje y memoria

Algunas características de los niños traumatizados son:

  • Tendencia a la hipervigilancia. Se preocupan por el peligro inminente y tienden a arremeter contra los estímulos ambiguos (10).
    • Esto afecta a la forma en la que organizan sus percepciones del mundo y, a menudo, se asocia con el desarrollo de problemas generalizados en el aprendizaje y el rendimiento académico (11).
  • Limitación de su atención a las fuentes de amenaza. Así, pueden mostrar desinterés en respuesta a cosas que otros niños pueden encontrar desafiantes o estimulantes.
  • También ocurrencia de ideas paranoides y percepciones erróneas (12, 13).

Problemas sociales

Los niños que han sido expuestos a la violencia tienden a:

  • Tener dificultades para adaptar su excitación conductual a las demandas sociales apropiadas (14).
  • Como resultado, a menudo no están en sintonía con los demás. Además, pueden dar la sensación de presentar discapacidad intelectual en los años de escuela primaria (15).

Niño autista mirando por la ventana

Enfermedad física

Otros estudios han demostrado que los niños traumatizados son vulnerables a una variedad de enfermedades físicas. Como adultos, tienen entre un 10% y un 15% más de posibilidad de padecer cáncer, enfermedades cardíacas y diabetes.

Durante la adolescencia tienden a participar en actos destructivos contra ellos mismos y los demás. Además, tienen aproximadamente un 300% más de posibilidades que sus compañeros que no han sufrido trauma de participar en el abuso de drogas, la automutilación y el comportamiento violento y agresivo contra los demás (16).

Muchos niños afectados por un trauma tienden a comunicar lo que les ha sucedido sin palabras; posicionándose frente al mundo como si este fuera un lugar repleto de peligros y activando sistemas neurobiológicos orientados a la supervivencia, incluso cuando están objetivamente seguros. Así, mientras los niños no puedan hablar sobre sus experiencias traumáticas, es probable que el trauma se exprese como una encarnación de los que les sucedió.

Por ello, la tarea de la terapia en los niños traumatizados es ayudarles a desarrollar un sentido de dominio físico, estimulando a su vez la conciencia de quiénes son y qué les ha pasado. De esta manera podrán entender lo que les ocurre en el presente y dejar de recrear el pasado traumático de manera emocional, conductual y biológica (1).

  1. van der Kolk, B. A. (2003). The neurobiology of childhood trauma and abuse. Child and adolescent psychiatric clinics of North America, 12(2), 293-318.
  2. Kim, S., Lax, L., Ross, D., Ng, D., Grossi, D., Gupta, R., … & Taylor, V. (2017). Visualizing the Neurobiology of Trauma: Design and evaluation of an eLearning module for continuing professional development of family physicians in the Online Psychiatric Education Network. Journal of Biocommunication, 41(2).
  3. Heim, C., & Nemeroff, C. B. (2009). Neurobiology of posttraumatic stress disorder. CNS spectr, 14(1 Suppl 1), 13-24.
  4. Sherin, J. E., & Nemeroff, C. B. (2011). Post-traumatic stress disorder: the neurobiological impact of psychological trauma. Dialogues in clinical neuroscience, 13(3), 263.
  5. Sareen, J. (2014). Posttraumatic stress disorder in adults: impact, comorbidity, risk factors, and treatment. The Canadian Journal of Psychiatry, 59(9), 460-467.
  6. Wiener, S. G., Lowe, E. L., & Levine, S. (1992). Pituitary-adrenal response to weaning in infant squirrel monkeys. Psychobiology, 20(1), 65-70.
  7. Stanton, M. E., Gutierrez, Y. R., & Levine, S. (1988). Maternal deprivation potentiates pituitary-adrenal stress responses in infant rats. Behavioral neuroscience, 102(5), 692.
  8. Kolk, B. A., & Fisler, R. E. (1994). Childhood abuse and neglect and loss of self-regulation. Bulletin of the Menninger Clinic, 58(2), 145.
  9. Cole, P. M., & Putnam, F. W. (1992). Effect of incest on self and social functioning: A developmental psychopathology perspective. Journal of consulting and clinical psychology, 60(2), 174.
  10. Dodge, K. A., & Price, J. M. (1994). On the relation between social information processing and socially competent behavior in early school‐aged children. Child development, 65(5), 1385-1397.
  11. Cicchetti, D., Toth, S. L., & Hennessy, K. (1989). Research on the consequences of child maltreatment and its application to educational settings. Topics in Early Childhood Special Education, 9(2), 33-55.
  12. Lewis, D. O., Shanok, S. S., Pincus, J. H., & Glaser, G. H. (1979). Violent juvenile delinquents: Psychiatric, neurological, psychological, and abuse factors. Journal of the American Academy of Child & Adolescent Psychiatry, 18(2), 307-319.
  13. Lewis, D. O., Pincus, J. H., Feldman, M., Jackson, L., & Bard, B. (1986). Psychiatric, neurological, and psychoeducational characteristics of 15 death row inmates in the United States. American journal of psychiatry, 143(7), 838-845.
  14. Weinberg, M. K., & Tronick, E. Z. (1998). The impact of maternal psychiatric illness on infant development. The Journal of clinical psychiatry.
  15. Erickson, M. F., & Egeland, B. (2002). Child neglect. The APSAC handbook on child maltreatment, 2, 3-20.
  16. Felitti, V., Anda, R., & Nordernbeg, D. (1998). Relationship of childhood abuse to many of the leading causes of death in adults: The adverse childhood experiences study. Journal of Psychiatry, 163, 245-258.
  17. Pitman, R. K. (1989). Post-traumatic stress disorder, hormones, and memory. Biological psychiatry, 26(3), 221-223.
  18. De Bellis, M. D., Baum, A. S., Birmaher, B., Keshavan, M. S., Eccard, C. H., Boring, A. M., … & Ryan, N. D. (1999). Developmental traumatology part I: biological stress systems∗. Biological psychiatry, 45(10), 1259-1270.
  19. De Bellis, M. D., Keshavan, M. S., Clark, D. B., Casey, B. J., Giedd, J. N., Boring, A. M., … & Ryan, N. D. (1999). Developmental traumatology part II: brain development∗. Biological psychiatry, 45(10), 1271-1284.
  20. Cohen, J. A., Perel, J. M., DeBellis, M. D., Friedman, M. J., & Putnam, F. W. (2002). Treating traumatized children: Clinical implications of the psychobiology of posttraumatic stress disorder. Trauma, Violence, & Abuse, 3(2), 91-108.
  21. Hart, J., Gunnar, M., & Cicchetti, D. (1996). Altered neuroendocrine activity in maltreated children related to symptoms of depression. Development and Psychopathology, 8(1), 201-214.
  22. Rauch, S. L., van der Kolk, B. A., Fisler, R. E., Alpert, N. M., Orr, S. P., Savage, C. R., … & Pitman, R. K. (1996). A symptom provocation study of posttraumatic stress disorder using positron emission tomography and script-driven imagery. Archives of general psychiatry, 53(5), 380-387.
  23. Davidson, R. J., Jackson, D. C., & Kalin, N. H. (2000). Emotion, plasticity, context, and regulation: perspectives from affective neuroscience. Psychological bulletin, 126(6), 890.