La neurociencia de la desconfianza y el coste para nuestras relaciones

Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga Valeria Sabater
Según dicen los expertos, vivimos en la cultura de la desconfianza. Ya no confiamos tanto en las instituciones, en la información que recibimos e incluso en  ciertas personas... Todo ello se manifiesta de un modo muy concreto a nivel cerebral en estrés.
 

La neurociencia de la desconfianza nos señala que nuestro cerebro está diseñado para detectar peligros y estímulos amenazantes. Ahora bien, en los últimos años, este mecanismo se está afinando un poco más. Fenómenos, como las noticias falsas, por ejemplo, están cimentando lo que se conoce ya como la cultura de la desconfianza.

¿Es cierto que somos cada vez más desconfiados? Es posible. Y que ocurra esto no nos beneficia. Bien es cierto que es necesario andar con pies de plomo, tener filtros para separar la verdad de la mentira. Sin embargo, admitámoslo, nada es tan triste como la falta de confianza; esa que crea distancias entre nosotros, esas que nos hace dudar hasta de nuestras instituciones y que alimenta las teorías de la conspiración.

La sensación de desconfianza, además, genera un desgaste en nuestra salud psicológica. Esta es una realidad de la que no se habla demasiado. Porque, aunque nuestro cerebro disponga de mecanismos para detectar riesgos y amenazas, su auténtica prioridad es la conexión social. Somos criaturas gregarias, necesitamos al grupo para sobrevivir, para relacionarnos, emocionarnos, compartir, ser y construir.

 

El germen de la desconfianza provoca estrés y además alza muros a nuestra conexión. El ser humano es capaz de las mejores cosas cuando funciona unido, solo cuando somos capaces de aunar sinergias y confianzas en común para avanzar.

Cerebro representando la neurociencia de la desconfianza

La neurociencia de la desconfianza ¿en qué consiste?

Para comprender en qué consiste la neurociencia de la desconfianza pondremos varios ejemplos. Todos hemos caído alguna vez en la trampa de las fake news. Alguien nos envía una noticia, la leemos, nos sorprendemos, la damos por válida y la compartimos con alguien más. Al poco, cuando descubrimos la falsedad, quedamos tocados. Nos molesta, nos enfada nos hace sentir ingenuos.

Cuando esto mismo se repite unas cuantas veces más, algo cambia en nosotros. Nos volvemos escépticos y hasta menos receptivos. Ahí, en las entrañas de nuestro maravilloso cerebro ha cambiado algo.

Por otro lado, sucede casi lo mismo en nuestras relaciones. Cuando alguien significativo vulnera nuestra confianza sentimos un pinchazo que va más allá del enfado o molestia: lo que experimentamos es dolor emocional.

Estas dos situaciones nos demuestran que, a nivel cerebral, se orquestan ciertas variaciones. Esas sensaciones negativas e incómodas que sentimos no solo afectan a nuestro estado de ánimo.

 

Podemos cambiar hasta nuestra conducta: ser más estrictos a la hora de dar veracidad a cada cosa que leemos y también no ser tan confiados con las personas para evitar nuevas decepciones. Ahora bien, ¿qué es lo que nos dice la neurociencia de la desconfianza? Veámoslo a continuación.

La confianza y la desconfianza se localizan en partes diferentes de nuestro cerebro

Podríamos hablar del cerebro confiado y el cerebro desconfiado. El primero se localiza en el área de la corteza prefrontal, una zona donde se asocian procesos como el pensamiento superior, funciones ejecutivas como la atención, la reflexión, la deducción, la capacidad de discernimiento, la empatía…

  • La confianza libera en nuestro cerebro potentes neuroquímicos como la oxitocina. No nos equivocamos si decimos que esta dimensión es una de las más trascendentes para el ser humano. Confiar nos reconforta, nos hace sentir bien.
  • Por otro lado, la neurociencia de la desconfianza nos señala que este estado parte de un mecanismo más primitivo. Cuando la experimentamos, se activan la amígdala y otras regiones del sistema límbico.
  • El cerebro vive la desconfianza del mismo modo que el estrés, es un estado donde liberar cortisol, en el que reducir el sentido crítico y reflexivo, así como la propia empatía.
 

La desconfianza nos hace más prudentes. No obstante, lo que provoca también en algunos casos es que esa incapacidad para reflexionar, para razonar y ver las cosas con mayor perspectiva tienda al bloqueo, a la conducta más inflexible e incluso agresiva.

Hombre con baja tolerancia a la frustración

Dimensiones que debemos atender ante la «cultura de la desconfianza»

Tal vez sea verdad. Es posible que vivamos en medio de la cultura de la desconfianza, que cada día nos cueste dar mayor veracidad a todo lo que nos dicen, lo que leemos o incluso a lo que nos rodea. Lo hemos señalado al inicio: que esto ocurra o que  lo percibamos así es algo triste y altamente negativo para la sociedad y nosotros mismos.

Por ello, la neurociencia de la desconfianza nos señala que debemos revertir este estado. Experimentar esta sensación tiene un coste, el cerebro vive esta sensación como algo estresante. El no poder confiar en quien nos rodea, en lo que leemos a diario o en lo que nos dicen nuestros líderes o instituciones públicas, nos sume en un estado de incertidumbre e incomodidad constante. Es vivir a la defensiva.

 

Es por ello, que deberíamos tener en cuenta las siguientes claves.

Reflexiones sobre la desconfianza que debemos tener en cuenta

  • La desconfianza debe centrarse en una situación concreta o en una persona puntual. Esas con quienes hemos experimentado el problema, la decepción o el engaño. Pero no lo hagamos: no generalicemos solo porque sí.
  • No podemos ir por la vida con un enfoque de todo o nada. Las personas somos falibles, la sociedad no es perfecta, los errores existen y todo ello, debe asumirse como algo normal. Ahora bien, el que nos hayan fallado una vez no significa que eso mismo vaya a repetirse cada día.
  • Si actúas con desconfianza recibirás desconfianza. Nuestra actitud más genuina ante los demás debe ser la confianza; solo cuando confiamos en los demás, los demás confiarán en nosotros.
  • No te dejes llevar por la presión del grupo. A menudo, quienes nos rodean nos animan a desconfiar, a cerrar oídos, miradas y corazón a muchas de las cosas y personas que nos rodean. Debemos evitar condicionamientos, pensar por nosotros mismos.
 

Para concluir, nada es tan importante en momentos de dificultad que poder confiar entre nosotros. Esta es una dimensión tan vital para el ser humano como lo es el oxígeno o el suelo que hay bajo nuestros pies. Por tanto, seamos capaces tanto de generar confianza como de atrevernos a sentirla nuevamente.