La obsolescencia programada y la manipulación consumista

Edith Sánchez · 29 diciembre, 2017

En el año 1901 fue instalada una bombilla en la estación de bomberos de Livermore, California (USA). La encendieron y nunca más volvieron a apagarla. Han pasado más de 100 años y el foco sigue alumbrando como el primer día. Esta bombilla es una de las pruebas más curiosas de un fenómeno llamado obsolescencia programada.

¿Qué tiene de especial esa bombilla? En realidad, nada. Es similar a las creadas por Thomas Alva Edison en 1881, que duraban 1.500 horas. La bombilla centenaria es solo un modelo mejorado. La pregunta obvia es por qué algunas tecnologías antes soportaban mejor el paso del tiempo. Teniendo en cuenta que los medios y la tecnología supuestamente avanza, ¿no sería lógico que ahora tuviéramos mejores bombillas y no al contrario?

El asunto se torna todavía más misterioso si nos fijamos en otros aparatos modernos. Los televisores antiguos duraban más que los modernos. Lo mismo aplica para casi todos los electrodomésticos. ¿Por qué? Sencillamente hubo un pacto, sellado en 1924, que consagró la obsolescencia programada en el mundo.

 “Además de tratarse de una economía del exceso y los desechos, el consumismo es también, y justamente por esa razón, una economía del engaño. Apuesta a la irracionalidad de los consumidores, y no a sus decisiones bien informadas tomadas en frío; apuesta a despertar la emoción consumista, y no a cultivar la razón”.

-Zygmunt Bauman-

moviles enterrados representando la obsolescencia programada

¿Qué es la obsolescencia programada?

Se define como obsolescencia programada a la práctica de limitar la vida útil de los productos, artificial y deliberadamente. Esto quiere decir que las cosas se fabrican de tal modo que, después de un tiempo, dejan de servir. No es que no se puedan elaborar de otra manera, sino que se producen así para que haya más consumo.

Si una persona adquiere un artículo que le dura muchísimo tiempo, no tendrá necesidad de reemplazarlo hasta que hayan pasado muchos años. En cambio, si el aparato o el artículo se deterioran de forma relativamente rápida, el consumidor tendrá que reemplazarlo con frecuencia. De este modo, hay más ventas para los productores.

Las bombillas no son el único ejemplo de obsolescencia programada. Un caso más ilustrativo aún es el de las medias de nylon para mujer. En un principio duraban más de un año. Actualmente, difícilmente nos las podemos poner más de dos veces.

El complot y otras formas de obsolescencia

Es mucha la evidencia que apunta a un poderoso grupo de industriales se reunió en la Navidad de 1924, en Ginebra (Suiza). A ese grupo se le conoció como el “Cartel Phoebus”. Se sabe que uno de sus primeros acuerdos fue el de prohibir una bombilla que ya estaba patentada y que duraba 100 000 horas. Por la misma vía, hicieron un pacto para imponer la obsolescencia programada en algunos productos más.

Hoy en día son muchas las formas de obsolescencia programada que imperan. Algunas de ellas son:

  • De función. Se va aumentando la funcionalidad de un producto, para que el consumidor tenga que adquirir el siguiente modelo
  • De calidad. El artículo está programado para dejar de funcionar correctamente después de un determinado tiempo o uso.
  • De deseo. Se interviene sobre las modas y tendencias para que un producto deje de ser deseado, mejorando su diseño o incorporando detalles que nos motivan para “actualizarnos”.

Actualmente la obsolescencia programada está fuertemente asociada con las emociones. Deliberadamente se planifica la actualización continua, especialmente de dispositivos tecnológicos. Con ello se crea el deseo de adquirir el último modelo, incluso si este no implementa grandes mejoras.

Reciclar es una forma de libertad

Finalmente todo este sistema de consumo tiene el propósito de mantener un volumen alto de ventas. La obsolescencia programada es una estrategia para lograrlo. Lo grave es que actualmente la gente ya ni siquiera se fija en la calidad o utilidad de las mercancías. Lo hay es un deseo muy fuerte de estar comprando continuamente.

Lo que era una forma de manipulación mercantil se convirtió en un deseo de la gente. Las personas internalizaron la obsolescencia programada. Ahora quieren deshacerse rápidamente de los artículos usados y reemplazarlos por unos nuevos. Eso les da a muchos una sensación de satisfacción, de control, de poder.

Frente a esas formas de manipulación, que cada vez son más evidentes, surgió la tendencia del reciclaje. Este enfoque pretende cultivar una cultura de la reutilización. El objetivo no solamente es el de ponerle límite al consumismo desaforado, sino también el de proteger el medio ambiente.

En el fondo, el reciclaje también tiene un impacto psicológico. Promueve una actitud enfocada a recomponer, en lugar de desechar. Admite el hecho de que las cosas pueden ser imperfectas y, aún así, útiles y valiosas. Esto, quizás, también puede traducirse en una postura más constructiva y humana, frente a muchas realidades intangibles que también se desechan cuando empiezan a dar problemas.

bombilla explotando representando la obsolescencia programada