La Posesión: el infierno de los celos

28 septiembre, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por la crítica de cine Leah Padalino
La Posesión es una película incómoda que puede que no te guste en un primer visionado, pero tampoco te dejará indiferente. Molesta, perturbadora e irreverente, termina por construir un vaivén de emociones, una sensación de angustia y desesperanza.

Cuando Andrzej Zulawski estrenó La Posesión, allá por 1981, la polémica estaba servida. El filme resultaba demasiado provocador, demasiado escandaloso para el público de la época. Por ello, la película tuvo que ser editada para su aprobación en Estados Unidos y, aunque contó con cierta aceptación en Europa, las cifras a pie de taquilla fueron bastante discretas.

La historia de Zulawski se inspiró en sus propias vivencias de un divorcio traumático, de un divorcio que supuso un auténtico vaivén de emociones. El filme, aunque reposa sobre una trama paranormal, se nutre de estas emociones, de la ansiedad y la angustia que el ser humano puede llegar a experimentar ante una situación que no logra controlar.

En el cine, como en cualquier manifestación artística, hay casos en los que una obra se revaloriza con los años. El paso del tiempo parece haberle dado la razón al cineasta polaco y La Posesión cuenta en la actualidad con el respaldo de la crítica. Ya elevada a la categoría de filme de culto, la cinta ha demostrado ser una película atemporal y perturbadora se mire como se mire.

El horror no solo reside en lo paranormal, sino en lo cotidiano. El filme de Zulawski realiza una especie de símil o metáfora entre el elemento fantástico y el real. Todo comienza en una Alemania todavía dividida por el muro, en el hogar de una familia en la que los celos irrumpen generando una atmósfera asfixiante y escalofriante.

Pocos filmes de terror envejecen tan bien, pues el miedo es algo cultural que depende de un tiempo y un lugar, pero Zulawski apela a lo universal. Angustia, gritos y vísceras configuran un filme que, lejos de deleitarnos, nos incomoda. Un juego que terminará por llevarnos al elemento fantástico y en el que el doppelgänger tendrá un papel absolutamente inquietante.

Los males del siglo XX

Tras el éxito de El Exorcista (William Friedkin, 1973), el cine de terror experimentó cambios. El género abrió la puerta a coquetear con el drama y a explorar nuevas vías, más sangrientas, más visuales y, sin duda, más incómodas. Zulawski parece haber llevado al extremo estos ingredientes en un filme asfixiante, irreverente y polémico. Y es que el terror, perse, no debería ser cosa de niños; el terror debe lograr inquietar al espectador, hacer que se remueva en la butaca.

Lo interesante de La Posesión no solo es la incomodidad que puede llegar a generar, sino la profundidad y la universalidad del terror que evoca. Muchas son las películas acerca de posesiones demoníacas, pero pocas lo abordan desde la perspectiva que lo hace el filme de Zulawski. En La Posesión, no solo tenemos un elemento perturbador procedente de un mundo desconocido o fantástico, sino una posesión absolutamente real que deriva de unos celos desmedidos y obsesivos.

¿Podemos catalogar La Posesión dentro del género de terror? Sin duda, pero también caben otras lecturas y, ahí, en parte, reside la clave. Sam Neill e Isabelle Adjani interpretan a un matrimonio que hace aguas y está conformado por Marc y Anna. Marc pasa tiempo lejos del hogar debido a su trabajo y, tras regresar de una misión, encuentra a su esposa notablemente cambiada. Pronto, descubrirá que Anna le ha sido infiel y los celos invadirán a Marc.

El terror reside en lo cotidiano, en el drama que encabeza este matrimonio, en sus intensas peleas y en una mujer que se torna inestable por momentos. ¿La víctima de todo ello? El hijo del matrimonio, un niño absolutamente desatendido que sufre las consecuencias de la inestabilidad de sus padres.

Zulawski escribió el guion poco después de su divorcio, de una etapa turbulenta de su vida. Y lejos de contarnos una historia lineal, se deja llevar por las pasiones, por ese vaivén de emociones que desencadenan las propias conductas humanas.

El monstruo se muestra en escena en sentido literal, vemos a un ser cuasi infernal adueñarse de Anna; como también lo hace su marido, un humano arrastrado por los celos, por un deseo desmedido que terminará por desembocar en obsesión.

La línea del amor se funde con lo patológico, con lo fantástico e irracional, creando un símil entre realidad y ficción. Finalmente, resulta casi más incomprensible esa monstruosidad humana que la del elemento paranormal.

La Posesión: entre la tragedia y el terror

La Posesión es una película incómoda, que molesta al espectador por lo cruel de las emociones que plantea. El gore, a su vez, hace acto de presencia y el drama familiar se funde con el paranormal. Los primeros minutos de metraje no parecen advertir un terror de índole fantástica, aunque los títulos de crédito vienen acompañados por una música y una estructura que el público enseguida identificará con el género del terror.

Zulawski no pretende mostrarnos personajes entrañables, sino lo más oscuro de la naturaleza humana. ¿Es la maldad innata? ¿Es fruto de nuestras vivencias? El horror se respira en cada rincón de un Berlín todavía dividido por el muro, de una ciudad en plena Guerra Fría. Este escenario se muestra oscuro, frío y desolador, casi parece establecerse una parábola entre los personajes y sus asfixiantes relaciones con el contexto político y social en el que transcurre la acción, pero también con el divorcio y las obsesiones.

Inestabilidad, amor irracional y celos patológicos se mimetizan con el espacio y con el elemento fantástico, con ese ser que vuelve loca a Anna y que desencadenará la sangre.

Zulawski cuida al detalle la puesta en escena, los colores son completamente fríos desde los espacios hasta los propios personajes, los ángulos picados y contrapicados se alternan construyendo sensaciones de angustia y terror. El ritmo en este descenso a los infiernos es totalmente vertiginoso, la cámara sigue a los personajes, se esconde, se mueve con ellos y se detiene en sus rostros.

Niño en la bañera

La Posesión nos sumerge en la incomodidad y la desesperanza que nos produce lo que tenemos ante nuestros ojos. Y todo ello en medio de una persecución infernal, un juego de doppelgängers y metamorfosis que nos deja sin aliento, sin un ápice de esperanza. Es como si Zulawski quisiera adueñarse de nuestros miedos, de los del pasado, de los irracionales, pero también de los del presente y de aquellos más verosímiles.

Asimismo, la mujer se presenta como la antítesis de lo convencional, poniendo de manifiesto todo aquello indeseable para la mujer de la época. Adjani interpreta a una mujer que descuida las tareas del hogar y a su propio hijo, capaz de dejarlo todo por un desenfreno desquiciante. El doppelgänger de Anna se introduce de manera simultánea, suponiendo la contrapartida, la mujer bondadosa con un instinto maternal desbordante.

La cámara asfixia a los protagonistas, quiere llevarlos al límite y al espectador le invade la ansiedad. Se juega con los ángulos, los colores, los rostros y los movimientos de los actores. Actores que son llevados al extremo y, lejos de encarnar la belleza, demuestran la cara más oscura y trágica del ser humano. El dramatismo se acentúa, el filme va in crescendo hacia el horror, hacia las vísceras que aparecen en pantalla.

De esta manera, La Posesión supone todo un volcán de emociones, todo un experimento acerca de cómo envolver al espectador en una atmósfera devastadora, trágica y aterradora.