La región cerebral de la culpabilidad

Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Valeria Sabater
· 27 marzo, 2019
La región de la culpabilidad se relaciona de manera íntima con la vergüenza. Asimismo, ha podido comprobarse que determinadas personas apenas activan estas áreas. Es el caso de los narcisistas y de esos perfiles capaces de mentir e incluso de agredir.

La región cerebral de la culpabilidad parece funcionar de manera diferente en cada uno de nosotros. Si bien es cierto que por término medio la mayoría sentimos el peso de su impacto, parece ser que determinadas personas apenas activan esta área. Un ejemplo de ello serían los narcisistas y perfiles potencialmente violentos.

Si hablamos de la culpa hemos de entender primero dos aspectos muy interesantes. Para empezar, estamos ante una emoción clave en el comportamiento del ser humano. A pesar de que la asociemos a esas realidades internas de línea más bien negativa (Fischer, Shaver y Carnochan, 1990), en realidad, esta emoción nos ayuda a regular nuestro comportamiento social.

El peso de la culpa nos anima a corregir conductas y promueve a las personas a comportarse de manera correcta. De ese modo, evitamos el sufrimiento de ese peso que a menudo, puede quedarse toda una vida en nuestro cerebro. Por otro lado, y esto sin duda lo habremos experimentado muchos, estamos ante una de las emociones más difíciles de gestionar.

Sigmund Freud ya comentó en su día que el ser humano alza sofisticados mecanismos de defensa para protegernos de su influjo. Porque su sombra, el recuerdo de aquello que hicimos o que no hicimos, es algo complicado de manejar. Sin embargo, y aquí llega tal vez lo más positivo de todo esto, sentir la marca de su dolor significa que tenemos conciencia, algo que muchas otras personas no podrían decir ni demostrar.

“Si me haces llorar, tendrá también pena tu alma”.

-Horacio-

asesino de Nueva Zelanda para representar la región cerebral de la culpabilidad

La región cerebral de la culpabilidad, ¿dónde está?

Hace muy poco hemos sido testigos de un nuevo asesinato en masa. El ataque a dos mezquitas de la ciudad de Christchurch, en Nueva Zelanda nos trajo al panorama criminal a un nuevo tipo de perfil. De pronto, tenemos a alguien que emite en directo y por Facebook la masacre de la que es responsable buscando no solo llegar al mayor número de personas, sino, tal y como explicó en su manifiesto, aspira a perpetuar su obra e inspirar a otros.

Algo que sin duda llama la atención de este acto es la frialdad absoluta del protagonista. A modo de videojuego, se limita a disparar a todas las personas que encuentra a su paso con total tranquilidad. La brutalidad, la falta de conciencia y de cualquier atisbo de culpabilidad por lo que está haciendo es más que evidente. ¿Qué hay en este tipo de personas? ¿Qué mecanismos rigen o explican estos comportamientos?

La corteza orbitofrontal lateral, la región cerebral de la culpabilidad

La Universidad de Monash realizó un estudio sirviéndose precisamente de unos videojuegos de alto contenido violento. El doctor Molenberghs, responsable de este trabajo, buscaba entender cuál es la región cerebral de la culpabilidad. Para ello, y mediante resonancias magnéticas, intentó ver qué ocurría en los sujetos experimentales mientras eran sometidos a un videojuego donde debían quitar la vida a un gran número de víctimas.

Los escáneres cerebrales evidenciaron una falta de actividad neuronal en la corteza orbitofrontal lateral. Esto venía a coincidir perfectamente con otros trabajos previos llevados a cabo por el neurobiólogo y filósofo Gerhard Roth. Este último, realizó un profundo trabajo de investigación en diversas cárceles para comprender qué ocurría en el cerebro de asesinos, violadores y otros reclusos que habían cometido actos violentos.

corteza orbitofrontal para representar la región cerebral de la culpabilidad

Los resultados fueron claros. De hecho, el doctor Roth denominó a esta la región cerebral de la culpabilidad el «parche de la maldad«. La corteza orbitofrontal lateral, a diferencia de las personas que sí sufren el peso de la culpa, apenas mostraba actividad. En ocasiones, puede deberse a la presencia de un tumor. En la mayoría de los casos, no se tiene claro el porqué de esta disfunción.

Algunos psicólogos opinan que la exposición continuada a la violencia, favorece a menudo la habituación de esta área. Ello podría explicar el comportamiento del asesino de Nueva Zelanda, quien dijo que parte de su violencia procedía de su pasión por los videojuegos. No obstante, ese es solo un factor de muchos otros que sin duda, dan forma este tipo de perfiles tan oscuros.

Sentir culpabilidad nos hace humanos

La región cerebral de la culpabilidad está relacionada a su vez con el sentimiento de vergüenza. Ambas dimensiones aplican sobre nosotros sensaciones incómodas, quizá de las más molestas e incluso dolorosas. Asimismo, son emociones motivadoras que nos impulsan a mejorar, a comportarnos de otro modo para mitigar dicho malestar.

Todo ello es sin duda positivo y contiene por sí mismo, esa esencia que nos hace humanos, que nos convierte en seres sociales que desean hacer lo mejor por sí mismos y también por los demás. Ahora bien, este tipo de realidades psicobiológicas no se dan en los psicópatas, ni en los narcisistas ni en esas personas capaces de infringir daños sin sentir nada al respecto.

Esa capacidad de reflexión por el acto cometido o sentir empatía por esa persona a quien se ha hecho daño, parece no estar presente en este tipo de perfiles. Esto es sin duda algo que asusta, algo que nos obliga a aceptar una realidad evidente: perfiles como el de  Brenton Tarrant, el atacante de Christchurch, seguirán apareciendo. 

Esa oscuridad cerebral de la que hablaba el doctor Gerhard Roth existe. La región cerebral de la culpabilidad no trabaja de igual modo en todos nosotros y ello puede derivar en actos altamente nocivos para la humanidad.

  • Turan, N., & Cohen, T. R. (2015). Shame and Guilt. In Encyclopedia of Mental Health: Second Edition (pp. 144–146). Elsevier Inc. https://doi.org/10.1016/B978-0-12-397045-9.00067-7
  • Lickel, B., Schmader, T., Curtis, M., Scarnier, M., y Ames, DR (2005). La vergüenza y la culpa vicaria. Procesos grupales y relaciones intergrupales , 8 (2 SPEC. ISS.), 145–157. https://doi.org/10.1177/1368430205051064