La violencia sufrida en la infancia deja huella en el cerebro

23 Enero, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga Cristina Roda Rivera
La violencia en la infancia es la forma más clara y determinante de arrebatar a una persona gran parte de salud psicológica para el resto de su vida.

Sobre la cuestión de si la violencia sufrida en la infancia deja su efecto en el cerebro se han pronunciado psicólogos, neurólogos o psiquiatras. Muchos psicólogos afirman que el tratamiento psicológico debe ignorar datos con origen en distintas disciplinas que defienden etiologías orgánicas de los trastornos, que los aspectos orgánicos no nos incumben a los psicólogos en el tratamiento.

Sin embargo, sí es nuestro deber contar con la mayor cantidad de información valiosa posible. Por ejemplo, si numerosos estudios ponen de manifiesto que personas que han sufrido violencia en la infancia pueden ver alteradas sus capacidades motoras, esa información nos puede resultar muy valiosa para entender ciertos comportamientos en algunos casos.

Posiblemente, el camino a una vida autónoma exige un recorrido distinto a personas con ciertas alteraciones orgánicas o neuroquímicas. Por ejemplo, sabemos que diferentes estudios apoyan con datos la hipótesis de que las personas que han sido víctimas en la infancia de abusos y maltrato ven alterado su desarrollo cerebral.

Niño maltratado

Estudios sobre violencia sufrida en la infancia: trazas en su ADN y en su cerebro

Diferentes estudios de la última década han puesto de manifiesto los efectos del maltrato infantil en el ADN y cerebro de las víctimas. No concluyen si se trata de huellas irreversibles, ya que esto entra más en el campo de la intervención posterior.

Vamos a repasar las investigaciones más destacadas de la última década, para conocer un último estudio publicado en el 2019 que pone de manifiesto la integración de todos los datos recogidos hasta ahora sobre este tema.

Violencia sufrida en la infancia: investigaciones llevadas a cabo en 2009 en Canadá

En marzo de 2009, un equipo de la Universidad McGill en Montreal publicó un artículo en la revista Science et Vie sobre las consecuencias genéticas del abuso sexual infantil. En él, afirmaba que el abuso sexual infantil se asocia con un mayor riesgo de depresión en la edad adulta.

Lejos de ser solo psicológica, esta fragilidad también es genética, más precisamente epigenética. Esto fue descubierto por un equipo de la Universidad McGill después de estudiar los cerebros de 24 víctimas suicidas, 12 de las cuales habían sufrido abuso sexual en la infancia.

Todos estos últimos mostraron una caída en la expresión del gen NR3C1, que está involucrado en la respuesta al estrés. Una anomalía que explica la vulnerabilidad y la mayor tendencia al suicidio.

Sabíamos que el entorno podría influir en nuestros genes, pero este sorprendente estudio muestra que el trauma también puede alterar nuestra identidad genética al modificar directamente el ADN.

Violencia sufrida en la infancia: Investigaciones llevadas a cabo en 2012 en Suiza

En 2012, el profesor Alain Malafosse equipo del Departamento de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de la Universidad de Ginebra demostró que el abuso infantil puede dejar huellas en el ADN.

Los estudios desvelaron que el estrés generado por el abuso infantil induce la metilación genética (modificación epigenética) a nivel del promotor del gen del receptor de glucocorticoides (NR3C1), que actúa sobre el eje hipotalámico-hipofisario-suprarrenal.

Este eje interviene en el proceso de manejo del estrés y, cuando se altera, interrumpe el manejo del estrés en la edad adulta y puede conducir al desarrollo de psicopatologías, como el trastorno límite de la personalidad.

Los mecanismos de regulación del estrés cerebral se pueden alterar de manera duradera en caso de maltrato repetido en la infancia. El trauma es, por lo tanto, parte de nuestro genoma de todas nuestras células.

Violencia en la infancia: Investigaciones llevadas a cabo en 2012 en Alemania y Canadá

En 2013, un grupo de científicos fueron dirigidos por la profesora Christine Heim, directora del Instituto de Psicología Médica del Hospital Universitario Charity de Berlín, y por el profesor Jens Pruessner, director del Centro de Estudios sobre el Envejecimiento de la Universidad.

En el estudio se utilizaron imágenes de resonancia magnética para examinar a 51 mujeres adultas que fueron víctimas de diversas formas de abuso infantil. Los científicos han medido el grosor de su corteza cerebral, la estructura responsable del procesamiento de todas las sensaciones.

Los resultados mostraron que existe una correlación entre ciertas formas de abuso y el adelgazamiento de la corteza, precisamente en las regiones del cerebro que intervienen en la percepción del abuso.

Investigaciones actuales sobre la relación de la violencia sufrida en la infancia y el consumo de drogas

El Dr. Martin Teicher y sus colegas obtuvieron imágenes por resonancia magnética (MRI) de 265 adultos de entre 18 y 25 años. Se basaron en las respuestas de los jóvenes a una serie de instrumentos de sondeo como la entrevista TAI y el cuestionario de trauma en la infancia CTQ. Los investigadores determinaron que 123 de ellos habían sufrido abuso físico, emocional o sexual.

Los investigadores compararon las imágenes de resonancia magnética de los participantes maltratados con las de los 142 participantes que no habían sufrido maltrato.

El análisis mostró que el maltrato estaba vinculado con alteraciones en la arquitectura de la red cortical. Principalmente, del cíngulo anterior izquierdo (encargado de la regulación emocional y de los impulsos), la ínsula anterior derecha (la percepción subjetiva de las emociones) y el precúneo derecho (el pensamiento egocéntrico).

El aumento en la activación de la ínsula anterior sugiere también que en la persona se genera el deseo un tanto irracional e incontrolable de consumir drogas sin pensar en las consecuencias.

Mujer triste víctima de la droga

Otras consecuencias de la violencia sufrida en la infancia

También afecta la memoria, la atención y la capacidad de conocerse a uno mismo. Es decir, al estar afectada la región de la circunvolución frontal medial, las personas que han vivido o visto violencia pueden:

  • Tener pequeñas pérdidas de memoria de períodos de su vida.
  • Mezclar pensamientos, intenciones o creencias.
  • Pasar por alteraciones cognitivas y perceptivas que los llevan a reaccionar emocionalmente con desmesura.
  • Sufrir pequeñas fallas en la coordinación motriz y percepciones sensoriales que les hacen parecer torpes o poco hábiles con su cuerpo.

Las regiones que participan en el monitoreo de la conciencia interna de las emociones se convierten en núcleos de actividad muy conectados y pueden ejercer mayor influencia en el comportamiento. Al mismo tiempo, las regiones que controlan los impulsos pierden conexiones y quedan relegadas a una labor menos central dentro de la red.

Estos cambios pueden sentar las bases para que haya un mayor riesgo de consumo de drogas y otros trastornos de salud mental.