Las apariencias engañan

22 Junio, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga María Vélez
Casi siempre, tendemos a juzgar a las personas por su apariencia, y no esperamos a conocerlas. Y es que, la apreciación externa que hacemos sobre una persona, no siempre es la correcta. ¿Y a ti, te han engañado alguna vez las apariencias?

Que las apariencias engañan siempre ha sido de conocimiento popular. La apariencia es cómo los demás nos ven y perciben: el vestuario, la forma de hablar, los gestos, las conductas en público… pero aunque todo esto diga mucho de las personas, no siempre se puede reflejar lo que se desea. O todo lo contrario, también puede ser que la persona controle su apariencia para dar una imagen concreta.

Así, es común que cuando conocemos de verdad a una persona descubramos aspectos de ésta que ni siquiera habíamos imaginado. Es más, seguramente, si dejamos de lado la imagen que nos fabricamos en un primer momento, descubriremos que tenemos muchas más cosas en común de las que pensábamos. Y esto, probablemente ocurra con todas las personas.

La imagen personal

Nadie puede librarse de emitir una imagen personal. Todo lo que las otras personas ven de nosotros, y nosotros de ellos, puede ser interpretable. En base a esa información externa, sacamos conclusiones acerca de la personalidad de la persona, de su experiencia, nivel educativo, capacidades, autoestima… Es por ello, que la preocupación por la imagen es algo universal, común a todas las culturas contemporáneas y pasadas.

En todas las etapas de la historia, elementos de la indumentaria servían para indicar diferentes estatus sociales o económicos. Por ejemplo, los jefes de algunas tribus llevan atuendos especiales con ciertas decoraciones para diferenciarse. Pero la imagen personal va mucho más allá de si lo que llevamos puesto es más o menos elegante, caro o de algún estilo determinado.

La imagen personal se transmite también con las expresiones, gestos, la voz, los colores, o incluso las líneas que marcan la forma de nuestro rostro y cuerpo. Asimismo, cómo nos comportamos en según qué contexto también influye en la imagen que los demás se crean de nosotros. En definitiva, nuestra imagen personal está formada por la imagen externa, qué y cómo expresamos y la actitud.

Las apariencias engañan

Cuando vemos a una persona por primera vez, observamos todo su aspecto e imagen personal. E, inevitablemente, hacemos algún juicio de su persona, positivo o negativo, que determinará cómo y cuánto nos relacionaremos con esa persona. Desafortunada, o afortunadamente, las apariencias engañan, y en multitud de ocasiones la impresión que nos llega no corresponde con la forma de ser de esa persona.

Con un pequeño esfuerzo, podemos despojarnos de esos prejuicios y estereotipos. Sin embargo, desde la Psicología se conocen algunos patrones de pensamiento que nos llevan, sin querer, a sacar conclusiones con pequeña información. En este sentido, hay algunos sesgos cognitivos que intervienen en que las apariencias nos engañen.

Sesgo de estereotipo o generalización excesiva

Ocurre cuando consideramos que poca información es suficiente para hacernos una idea sobre alguien. Es decir, asociamos rasgos de carácter o información específica que nos lleva a hacer una conclusión apresurada, dando por hecho que quienes pertenecen a determinado grupo comparten características.

Esto ocurre, por ejemplo, si pensamos que alguien puede delinquir por provenir de un determinado barrio. O, por ejemplo, si pensamos que alguien que es abogado tendrá una gran conciencia social.

Efecto halo

Este famoso sesgo, y similar al anterior, consiste en nublar el juicio por solo uno de los rasgos de la persona. Es decir, si conocemos una característica buena o mala de alguien, tenderemos a pensar que las demás también lo son. Este sesgo, por ejemplo, es el responsable de que consideremos mejor persona a alguien con un rostro bonito. O, por ejemplo, de que pensemos que alguien que no ha compartido algo con nosotros es un egoísta e insensible.

Sesgo de lo extraordinario

Según este sesgo, seremos engañados por la apariencia de alguien si esta muestra que tiene una habilidad o característica extraordinaria. En otras palabras, si conocemos un logro de alguien, tenderemos a valorar de forma más positiva todo lo demás. Y lo mismo ocurre de forma contraria. Si alguien nos cuenta que tal persona tuvo una conducta inapropiada, cuando la veamos la juzgaremos peor y construiremos nuestra opinión sobre ella en base a ese suceso.

¿Se puede controlar?

Tendemos a juzgar y ser juzgados sin conocer, y cada persona es responsable de remediarlo. Si no deseas que te juzguen por la apariencia, puedes estudiar y preguntar qué imagen transmites, y así reflexionar en qué quieres transmitir realmente. Una vez eso esté claro, se puede jugar con la vestimenta, la postura corporal o los gestos. Es un ejercicio que requiere de tiempo, pero podemos aprender a emitir una imagen más cercana a la que realmente tenemos en el interior.

Por otro lado, podemos aprender a controlar el sacar conclusiones de los demás sin conocerles. Juzgar al libro por la portada es la vía fácil, mientras que probar y leer para sacar sus propias conclusiones es el camino verdaderamente enriquecedor. Las apariencias engañan y, muy probablemente, si accedemos a conocer a alguien nos daremos cuenta que ni lo bueno es tan bueno, ni lo malo tan malo. Es más, estaremos conociendo a alguien desde dentro y aprendiendo a valorarlo.