Las ganas no hacen falta para dar el primer paso

Alicia Escaño Hidalgo · 17 febrero, 2016

Tener ganas de hacer cosas significa estar motivados, albergar un propósito vital, una meta. Tener ganas nos impulsa a ponernos en movimiento, en marcha a favor de aquello que queremos conseguir o lograr.

Es cierto que las ganas son una fuerza que nos mueve, nos empuja a vivir con ilusión y esperanza y es mucho más fácil emprender proyectos o planes con ellas que en la ausencia de las mismas. Sin embargo, eso no quiere decir que sea totalmente imposible el movimiento si no tenemos ganas de movernos.

Cuando las ganas están nubladas

En ocasiones, nuestras emociones de tristeza o depresión son tan intensas que no logramos ver un por qué o un para qué, un sentido a la vida. La realidad es que todos, en cualquier circunstancia, podemos encontrar ese motivo. En cambio, muchas veces la emoción nos nubla la vista y nos obliga a ver el mundo teñido de color negro, cuando lo cierto es que en este mundo existen todos los colores.

Cuando la emoción nos nubla la vista empiezan a bombardearnos los pensamientos negativos. Ideas que creemos como si fuesen la auténtica realidad, cuando lo cierto es que son enemigos creados por nuestra mente irracional, que en ese momento no está pensando de manera realista.

Tendemos a sobregeneralizar, a tomarnos las cosas de forma demasiado personal, a exagerar lo que nos ha pasado, a dramatizar o pensar que nunca seremos felices y que la esperanza está totalmente perdida.

Mujer triste tumbada en el suelo con una flor amarilla

Con esta manera de filtrar la información externa es de esperar que nos sintamos muy apesadumbrados y que ese estado emocional nos lleve a actuar por inercia, como una marioneta o un prisionero de nuestras emociones. No nos apetece salir, ni realizar las actividades que antes nos encantaba hacer y lo achacamos a que “no tenemos ganas” y es cierto, las ganas brillan por su ausencia. Pero, por suerte tenemos algo muy valioso, que se llama voluntad.

Decir NO a tu emoción

En el momento en que esa falta de ganas o de motivación están ganando la batalla, es preciso dar un golpe en la mesa y decir ¡se acabó! Parece que es muy fácil de decir, pero difícil de realizar. Es cierto, pero nadie dijo que fuese fácil. Lo que sí es seguro es que merece la pena intentarlo y perseverar: a largo plazo, empezarás a ver el resto de colores que tiene la vida.

La clave es mantener tu acción, tus ocupaciones, tus proyectos, a pesar de encontrarte sin fuerzas. Para ello, tendrás que prepararte mentalmente y entender que tu tristeza es solo una reacción a nivel fisiológico. No podemos negar que pueda llegar a ser muy desagradable. Sin embargo a pesar de ellas, y por encima de ellas, podemos seguir nuestros planes tal y como alguna vez los teníamos previstos, sin vacilar.

Normalmente pensamos que detrás de la motivación, vendrá la acción, pero eso no es así en la realidad. Para que aparezcan las ganas, uno se tiene que obligar a sí mismo a poner un pie delante de otro cada día.

Ser hedonistas a largo plazo

¿Qué es eso de ser hedonistas a largo plazo? Significa que seamos conscientes de que muchas veces tenemos que sacrificarnos a corto plazo, para obtener un placer mucho mayor dentro de un tiempo. Cuando estamos mal y dejamos de actuar, no nos enfrentamos al esfuerzo que supone tener que vestirnos sin ganas, ir de compras sin fuerzas o estudiar con una motivación nula.

En este contexto, sentimos “alivio” cuando rechazamos planes, delegamos cosas o simplemente no realizamos nada. Pero ese alivio es momentáneo, muy a corto plazo y no soluciona nuestro problema.

Hombre escalando una montaña con muchas ganas

Además, se confirman nuestros pensamientos negativos sobre nosotros mismos, el mundo y el futuro. Esto sucede así porque, al no nos damos la oportunidad de actuar, es imposible que seamos capaces de ver los alicientes, pues nos encontramos aislados en nuestro propio mundo interior. Nos vemos a nosotros mismos como incapaces, al mundo como un lugar hostil y al futuro totalmente desesperanzador.

Por lo tanto, se hace necesario poner sobre la mesa nuestra fuerza de voluntad, andar aunque los pies nos pesen una tonelada y hacer camino, poco a poco, hasta que empecemos a ver las cosas de otra forma. Hasta que descubramos todo lo bueno que está y ha estado siempre ahí fuera esperándonos.