Las trampas del ego que vetan nuestra libertad y crecimiento personal

Las trampas del ego que vetan nuestra libertad y crecimiento personal

Valeria Sabater 28 julio, 2018 en Desarrollo personal 0 compartidos
pájaro mirándose en un espejo simbolizando las las trampas del ego

Las trampas del ego vetan nuestra felicidad. Porque esta esencia de nuestro ser nunca está satisfecha, nos anestesia con sus demandas, sus miedos y sus artimañas, nos aboca a un apego insano hasta situarnos en una eterna zona de confort donde nada acontece. Debemos ser capaces de higienizar el ego para hacer de él ese tendón psíquico extraordinario que favorezca nuestra libertad.

Cuando hablamos de esta dimensión psicológica, a menudo nos perdemos en sus definiciones. Sigmund Freud definió al ego como esa entidad que está obligada a negociar casi a diario con los impulsos y los estándares sociales. Era también esa estructura que puede racionalizarse y equilibrarse a través del trabajo personal. Ahora bien, si nos vamos ahora a enfoques orientales o definidos por la espiritualidad, como el enunciado por Eckhart Tolle, la cosa cambia ligeramente.

En este último caso, el ego es un tipo de autoconciencia insana e imantada por el egoísmo. Es esa fuerza interior que hay que saber controlar, educar y reconducir.

Así, sea como sea, tanto en el enfoque freudiano como el matizado por las filosofías orientales, hay un eje común en el que podemos basarnos. Es ese que nos habla de la necesidad de educarlo, de modificar sus pulsiones y retirar esa costra poco saludable para hacer de él algo más luminoso, útil y sintonizado con nuestro crecimiento personal

Conocer las trampas del ego es sin duda ese umbral del que partir para tomar conciencia de muchas de sus dinámicas. Veámoslas a continuación.

mujer de la que salen hilos con mariposas simbolizando las las trampas del ego

Las trampas del ego

La clave del bienestar, esa que promueve la realización de uno mismo y un sentido auténtico de felicidad, está en el equilibrio. Por ello, hay quien se aventura a decir que para lograrlo no hay nada mejor que poner a “dieta” al ego.

Deberíamos hacer con él lo mismo que hacemos con nuestra alimentación. A menudo, nosotros mismos caemos en esas dietas insanas donde las grasas saturadas terminan por inflamarnos e hincharnos. Así, lejos de quedarnos saciados, experimentamos más ansia y hambre.

Con el ego sucede lo mismo. Las ansias de alabanzas, reconocimientos, de aprobación o de poder engrosan una falsa autoestima que siempre está hambrienta. Esa que, a la mínima, acaba desinchándose. Hay que hacer músculo, hay que ejercitar nuestras valías psicológicas a través de la humildad, la determinación y la flexibilidad psicológica. De ahí, que sea esencial identificar esas trampas del ego tan recurrentes en muchos de nosotros.

1. Quiero tener siempre la razón

Hay personas así. De las que no importa que las evidencias sean tan rotundas y sólidas como un edificio de diez plantas. Hay quien en cualquier circunstancia, momento o condición, desea tener siempre la verdad a su favor. Así, y para poner siempre la balanza de su lado, no duda en desplegar las más variadas (y dañinas) artimañas.

El ego en estas circunstancias, pesa en exceso y no ayuda a nadie. Es una trampa para osos que saber reconocer y delimitar.

2. ¿Por qué los demás no actúan como yo deseo y espero?

En cierto modo, todos nosotros hemos experimentado esta misma sensación. La de desesperarnos al ver que personas que apreciamos no hacen o se comportan como esperamos. Este hecho, el de querer que quienes conforman nuestros círculos más cercanos actúen siempre tal y como deseamos, no es solo una más de las trampas del ego. Es también una fuente de sufrimientos.

Lo ideal en estos casos es no condicionarnos, limitarnos a ser y a dejar ser. Porque respetar e incluso valorar que los demás actúen de acuerdo a sus principios y deseos es un acto de respeto y también de crecimiento personal.

hombre cargando con las las trampas del ego

3. El sentido constante de carencia

Si tuviera una casa más grande sería feliz. Si pudiera ahorrar un poco más podría comprarme el móvil  que acaba de sacar al mercado esa marca determinada. Si tuviera una pareja cariñosa y que me llevara en bandeja la vida sería perfecta…

Si nos fijamos bien, el sentido de carencia está impreso en gran parte de nuestra sociedad. Nunca nos sentimos completos o satisfechos. Siempre nos falta algo, siempre anhelamos ese detalle que si lográramos poseer nos ofrecería una felicidad inconmensurable. Sin embargo, cuando logramos poseer esa objetivo, la satisfacción caduca pronto y ponemos nuestras esperanzas en otro cosa, otra dimensión, en otra persona.

4. La necesidad de aprobación

Todos necesitamos sentirnos aceptados. Al fin y al cabo, nos movemos en escenarios sociales donde la convivencia siempre es más fluida y significativa si hay aceptación entre nosotros. Ahora bien, tal y como señalábamos al inicio la clave está en el equilibrio. Sentirnos aceptados es bueno, obsesionarnos por tener siempre la aprobación de los demás no es nada saludable, y ya coloca cadenas a nuestra libertad y realización personal.

En ocasiones, el ego y su necesidad de reconocimiento debe ponerse a dieta, debe adelgazar lo suficiente como para ser capaces de tomar decisiones sin tener el permiso de nadie.

“La egolatría es la fuente de todas las miserias”.

-Thomas Carlyle-

5. Me siento inferior (o superior) a los demás

Las trampas del ego no se diseñan únicamente mediante el abuso. Mediante esa egomanía de quien desea más, de quien se cree más que nadie o necesita más que cualquier otro. Esos escollos de nuestro crecimiento personal también se conforman con los sentimientos de carencia.

El sentirnos menos que los demás, el percibir que todo esfuerzo es vano cuando el resto nos supera en casi todo, nos aboca también al sufrimiento. Porque los egos anoréxicos también enferman la mente, nos limitan y nos convierten en sombras desdibujadas.

Así, nunca está de más recordar que la integridad personal requiere también de ese ego capaz de protegerse a sí mismo pero sin caer en excesos. De una autoestima centrada, fuerte que sepa validarse a sí mismo y a su vez, ejercer el respeto ajeno.

mujer mirándose en un espejo roto viendo las las trampas del ego

Para concluir, las trampas del ego son esas encerronas en las que a menudo dejamos grandes pedazos de dignidad y autoestima. Es ese pequeño hombrecito que habita en nuestro interior y que gusta envenenaros con falsas necesidades, con el rumor constante de quiero eso, me falta aquello, no soporto qué, odio qué…

Aprendamos por tanto a callar esa voz molesta. Logremos día a día identificar un poco mejor sus artimañas para poder así reajustar sus dinámicas y ponerlas a nuestro favor. El ego nunca debe ser un obstáculo, debe ser ese aliado humilde, sabio y centrado que nos ayude a crecer un poco más cada día.

Valeria Sabater

Soy psicóloga y escritora. La curiosidad por el conocimiento humano es mi cerradura particular, la psicología mi llave, la escritura, mi pasión.

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