Manejando la ira

Claudio Navarro · 11 octubre, 2013

La ira es, dentro del espectro de las emociones, la más explosiva, comparable con el fuego, y puede causar efectos similares de daño y destrucción, si las llamas no se controlan a tiempo. Afortunadamente, es mucho lo que podemos hacer para apagar el fuego antes de que sea demasiado tarde.

Crónica de un incendio

Como cualquier otra emoción, la ira cumple una función de supervivencia, y por lo tanto no es mala ni buena; la clave está en cómo la manejemos. En este caso, la ira surge ante una situación que percibimos como amenazante, como por ejemplo un conductor que se nos atraviesa imprudentemente, provocando un accidente. Este evento, que pone en peligro nuestra integridad, hace que nuestro organismo se prepare instintivamente para dos posibles escenarios: luchar o huir, dependiendo de qué tan grande sea la amenaza. Hasta este punto, estamos hablando de reacciones automáticas.

Siguiendo con la analogía del incendio, sería como la chispa inicial que puede generar el fuego, dependiendo de si existen sustancias combustibles que lo alimenten. En nuestro caso, el combustible son los pensamientos, y es en este momento crítico cuando tenemos el poder de alimentar o apagar el incendio.

Bomberos emocionales

Una vez que los instintos juegan su papel inicial de preservación de la especie, entra en escena lo que nos distingue como humanos: nuestros pensamientos y nuestros valores. Retomemos el ejemplo del accidente de tránsito para ilustrar el proceso y veamos qué podemos hacer:

Reconocer las señales: El primer paso es aprender a detectar los cambios físicos que acompañan la ira, así como los eventos que tienden a irritarnos, para así poder ponerles coto a tiempo. Así, el conductor del ejemplo puede experimentar aceleración del pulso y la respiración, tensión muscular, enrojecimiento de la cara y sensación de calor. Una vez que ha identificado estos cambios, el irritado conductor podría proceder a respirar profundo para serenarse, ya que la respiración es la única función fisiológica que podemos controlar a voluntad, y al acompasar la respiración, se genera una bio-retroalimentación que tiene un efecto calmante sobre nuestras emociones.

Concientizar los pensamientos: Esto es crucial, ya si nuestro conductor consintiera pensamientos peyorativos en contra del otro conductor, como “¡Qué animal!”, “Es un diota”, “Me las va a pagar”, etc., solo estaría echándole leña al fuego y ocasionando un problema mayor. En cambio, si nuestro amigo decide, una vez pasado el shock inicial, tratar de entender que el otro conductor puede estar distraído porque tiene problemas personales, o que simplemente fue un descuido momentáneo, eligiendo sabiamente pensamientos positivos y valores como la compasión, la intensidad del fuego bajaría y el suceso no pasaría a mayores.

El desenlace: Dependiendo de cómo nuestro conductor decidiera usar su libre albedrío, los resultados serían opuestos. Si tomara la vía incendiaria, podría enfrascarse en una golpiza con el otro conductor, además de los efectos devastadores que la ira sostenida tiene sobre nuestro sistema cardiovascular, pudiendo hasta sufrir un infarto. Por otra parte, si se pusiera "el traje de bombero", podría ganar un nuevo amigo que pudiera ayudarlo en el futuro; pero lo más importante, es esa sensación de haber vencido la propia tendencia destructiva y haber apostado a la paz… ¡Eso no tiene precio!

Imagen cortesía de Ben Raynal