5 marcas que diferencian el amor saludable del amor dañino

El amor saludable y el amor dañino dan pie a muchos errores. En buena medida, porque obviamos o no reparamos en que a querer, también se aprende.
5 marcas que diferencian el amor saludable del amor dañino
Sergio De Dios González

Escrito y verificado por el psicólogo Sergio De Dios González el 23 julio, 2021.

Última actualización: 23 julio, 2021

Desde que nacemos, creamos vínculos. Quizás amar, o su derivado, querer, sea el verbo que más conjugamos a lo largo de nuestro periplo vital. Aunque lo hagamos pocas veces de manera explícita. Sin embargo, ¿quién nos enseña a querer? ¿Cuáles son nuestras herramientas o recursos de aprendizaje con los que contamos para hacerlo? Si es tan importante, ¿por qué no hay una asignatura en el colegio que aborde el amor saludable?

La respuesta es sencilla. Porque pocas veces nos paramos a pensar que a querer también aprendemos, que es una forma de actuar que hemos asimilado. Pensamos así porque no tenemos recuerdos de momentos en los que no queríamos a nadie.

Nuestra primera palabra viene después del primer abrazo. Entramos en la vida académica mucho después de echar de menos por primera vez a alguien. Nacemos siendo totalmente dependientes: dependemos de la voluntad de otros, o más bien, del amor de otros para sobrevivir.

Además, igual que no solemos tener en cuenta que el amor saludable se aprende, tampoco nos solemos cuestionar nuestra manera de manifestarlo. Es más, somos bastante buenos en ver en los demás gestos, vamos a decir, de mal querer, pero en general somos poco hábiles identificándolos en nuestro patrón de conducta.

En buena medida es así, porque en nuestro cerebro, querer implica proteger, cuidar, preocuparse por el otro, todos verbos positivos -significativos, en principio, de amor saludable- que van en sentido contrario a dañar, herir o maltratar.

Es más, cuando vemos que una persona abusa o manipula a otra, no solemos pensar, precisamente, que la quiere. Cuestionamos el sentimiento, no la manera de hacerlo, cuando el realidad lo que falla es precisamente la manera.

Mujer en silencio dando la espalda a su pareja

Las estadísticas nos dicen que todos ponemos en marcha conductas que dañan a las personas que queremos. Que en ocasiones, intentamos quebrar su voluntad, empleando estrategias de manipulación muy poco éticas, en las que el otro no es considerado un igual. Es decir, a veces, queremos rematadamente mal, muy lejos de lo que sería una mor saludable. Por otro lado, hay personas que han aprendido patrones de relación sistemáticos que son capaces de dañar, y mucho, al que se encuentra al otro lado del vínculo de apego.

Así, en este artículo vamos a hablar los principales signos que hablan de una forma de querer poco saludable. Para hacerlo, tomaremos de referencia a las relaciones de pareja, aunque estos indicadores pueden servir también para cualquier otra relación entre dos personas en el que la esencia del vínculo sea emocional.

La intensidad

En la primera etapa de una relación de pareja, la intensidad suele ser muy alta. ¿Qué estará haciendo el otro? ¿Qué le preocupará? ¿Estará bien? ¿Qué planes puedo cambiar para pasar hoy un poco más de tiempo juntos? En este sentido, como dice Katie Hood, no es tan importante cómo comienza una relación, sino cómo continua.

De todas formas, por muy intensa que sea la relación en un principio, siempre puedes comenzar evaluando cómo te sientes, si el otro, en esas ganas de estar contigo, también sabe dejarte momentos para respirar. Evalúa si su avidez de conocimiento está destinada a descubrir cómo eres o si, por el contrario, va a dirigida a controlar tus movimientos.

La intensidad compartida en el inicio de la relación disfraza en muchas ocasiones signos de una forma de querer negativa. Por otro lado, en esta fase inicial, el otro nos quiere bien y nosotros queremos bien, hasta que eso cambia cuando se estabiliza la relación. En este sentido, si el inicio es importante, la evolución de la relación lo es más.

El aislamiento

Las personas que quieren mal suelen intentar, desde el principio, alejar a la persona de su entorno de confianza en vez de intentar integrarse en él. Juzgan con dureza los posibles errores que pueda cometer el entorno con la persona a la que quieren y, lejos de buscar una reconciliación, suelen intentar que se produzca una ruptura.

Hacen su lista particular de afrentas y, con frecuencia, se la recitan al otro, buscando que se produzca en el enfrentamiento, y como consecuencia, el distanciamiento. “Te dije que tu hermano era un egoísta”, “Te dije que tu amiga solo quería aprovecharse de ti”, “Tú misma me contaste que hace dos años lo pasaste mal y te llamó muy pocas veces”.

Este tipo de comportamientos es muy común en personas que quieren acaparar todo el espacio del otro. Sin embargo, también son formas de hablar que todos hemos empleado alguna vez.

Por eso es importante tener en cuenta que todos podemos querer mejor, que todos en algún momento nos comportamos de manera egoísta con el otro. Además, este tipo de comportamientos muchas veces se producen de manera instintiva. Si no preguntaran, diríamos aquello, de lo dije sin pensar, o, simplemente dije lo que pensaba, que el otro no le hacía bien.

La necesidad de control

Por norma, cuanto mayor es el control que tenemos sobre nuestro entorno, mejor nos sentimos. Realizar una conducta y ver que con ella ganamos influencia directa o indirecta sobre el comportamiento de los demás no deja de ser un refuerzo.

Cuando queremos mal, cuando nos quieren mal, esta necesidad o voluntad trasciende los límites que hacen de frontera entre lo que es saludable y lo que no lo es.

El problema empieza con una confusión: considerar al otro como una extensión de nosotros. Darle la entidad del brazo que podemos retirar del fuego, inmediatamente, cuando sentimos que se está quemando. Pensar que estamos en una posición superior al otro, como el general que dirige al ejercito desde su torre de control. “Tú tienes que hacer lo que yo te diga”, “Siempre te equivocas, más valdría que me hicieras caso”.

Celos extremos

Los celos nacen de un error de concepto. Pensar que alguien es nuestro. En mi persona favorita, ese “mi” no es un posesivo, sino un marcador relacional. Sin embargo, muchas veces, no lo tenemos en cuenta; defendemos la propiedad de personas como si fueran coches, fincas o casas. Así, para recuperar eso que pensamos perdiendo, podemos caer en sentencias como “ya no me quieres como antes”.

Por otro lado, los celos extremos, como una parte muy alejada del amor saludable, también se manifiestan con desconfianza.

“-¿Por qué ha tardado tanto?

-La reunión que tenía al final de la mañana se ha alargado.

-Ya…, seguro.”

Ese, “ya, seguro”, es un “no te creo” encubierto. Es una manera cobarde de decir “no me ha gustado que te hayas retrasado”. De decir, si te vuelves a retrasar otra vez, más vale que tengas un buen motivo.

Muchas formas de querer mal tienen que ver con una formulación errónea de nuestros deseos en la que el otro es un mentiroso, alguien que nos presta poca atención o al que le trae sin cuidado cómo nos podamos sentir.

El menosprecio

“¿Para qué te esfuerzas tanto? Tú y yo sabemos que no lo vas a conseguir”. Todos hemos tenido la sensación, con alguien a quien apreciábamos, de que se había puesto un objetivo fuera de su alcance. Todos hemos tenido la tentación de ahorrarle ese sufrimiento -como estamos viendo, para querer bien, en muchas ocasiones, hay que negociar con nuestras propias tentaciones, con lo que haríamos de manera impulsiva-.

Sin embargo, en lo que no solemos reparar es que con frecuencia las personas cuentan con recursos que desconocemos; solemos obviar, porque requiere un gasto de energía mayor, que si les echáramos una mano, sería más fácil que alcanzaran esa meta.

Querer bien también es permitir que el otro aprenda, poner en valor sus capacidades. Quizás esa meta sea alcanzable, y la cuestión solo sea cambiar de estrategia.

Reducir nuestro horario de trabajo y permitir que el otro tenga una tarde más para preparar sus oposiciones. Sacrificar durante tres noches el ratito después de cenar y ayudarle a preparar la entrevista. Analizar su curriculum y echarle una mano para mejorar su diseño. Querer bien es apostar por construir antes que por destruir. Querer bien es conjugar la sinceridad, compartir nuestra visión de la realidad, en la medida que eso ayuda al otro.

Existe una forma de desprecio mucho más sutil. Tratar al otro como si estuviera loco, acusarle de ser demasiado sensible después de haber hecho un comentario muy hiriente. Obviar la intimidad y criticar al otro delante de otras personas, con acciones o palabras que deberían ser confidenciales.

Remarcar los errores del otro, obviando que quizás esa cantidad de errores sea la consecuencia natural del nivel de exigencia en la que tenemos mucho que ver por no haber cumplido con nuestras responsabilidades.

Mujer quejándose

El amor saludable es una voluntad que empieza por ponernos en el lugar del otro

Querer bien, querer mejor, empieza por ponernos en el lugar del otro. En hacer un esfuerzo por conocer antes que juzgar, en la humildad de reconocer que nuestra visión, con seguridad, será mucho más parcial que la suya a la hora de tomar decisiones.

Querer bien, en el marco de un amor saludable, implica entender que podemos querer mejor, asumir que es un terreno en el que podemos seguir aprendiendo, conjugar la honestidad retirando o guardando para nosotros esa parte que pudiéramos considerar sinceridad, pero que poco aporta.

Querer bien es permitir que el otro nos ayude, considerar su esfuerzo y sumar a su autoestima; evitar la tentación de colocarle en una posición vulnerable para aumentar su inseguridad y ganar control sobre su vida.

Por otro lado, estando en el otro lado, en ocasiones otros nos van a querer mal. En estos casos, tenemos la oportunidad de decírselo. “Ana, papá, abuelo, hermano, sé que me quieres, pero no lo estás haciendo bien”. Muchas formas de querer simplemente pueden cambiar con esta frase, con una invitación para que el otro reflexione.

Además, en cuanto a la parte de aceptación que nos toca, habrá momentos en los que nos tengamos que alejar de personas que sepamos que nos quieren, pero no es un amor saludable. Esta parte, la de que nos vamos a tener que distanciar, por nuestro bien, de personas que en realidad nos quieren, pero al mismo tiempo nos hieren, tampoco está en los libros del colegio.

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  • Cyrulnik, B. (2020). 
  • . Editorial Gedisa. Lucariello, E. (2012).