Mentir, ¿a veces ayuda?

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 27 mayo, 2016
Edith Sánchez · 27 mayo, 2016

Si nos preguntan, seguro la mayoría de nosotros diríamos que detestamos mentir y que no toleramos el engaño. En general, abordamos el tema de una manera moral y, por lo tanto, condenamos cualquier comportamiento que se asocie a la falsedad. Lo curioso es que casi todos nosotros también mentimos de vez en cuando. “Mentiras piadosas”, decimos, para disminuir la falta en lo que tanto pregonamos.

La pregunta que viene ahora puede desconcertarnos: ¿qué pasaría si en el mundo nadie, jamás, dijera mentiras? Que por ejemplo te encuentres con alguien y te diga, “¡Pero qué feo estás!”; o que un jefe te reciba diciéndote “Pienso que usted es un idiota y estoy buscando una oportunidad para despedirlo”. O que invites a alguien a cenar a tu casa y al final, en lugar de decirte “gracias”, te diga más bien “Cocinas horrible. Qué comida más insípida”.

“Sin mentiras la humanidad moriría de desesperación y aburrimiento”

-Anatole France –

Esos son algunos casos de sinceridad brutal que, de ocurrir, serían tomados como grosería. Así que, aunque digamos a voz en cuello que no nos gustan las mentiras, debemos reconocer que tampoco nos gustan ciertas verdades. Y que hay casos en los que mentir no es engañar en el sentido moral del término, sino evitar conflictos inútiles.

¿Es válido mentir?

Como en casi todas las conductas humanas, lo más importante no es la conducta en sí, sino la intención que hay detrás de cada acto. Hay quienes se ufanan de ser absolutamente sinceros y van por ahí “cantándole las verdades” a todo el mundo, de manera desconsiderada. Habría que pensar si en realidad su intención es decir la verdad o, más bien, la de herir valiéndose de un pretexto moral.

laberinto

De la misma manera, hay personas que mienten con una intención loable. Hace un tiempo un cronista contaba que su madre había enfermado y el médico lo llamó aparte para darle el diagnóstico. “Cáncer de páncreas”, dijo. El hombre le pidió encarecidamente que no se lo dijera a su madre, porque era una persona extremadamente impresionable y la noticia podría afectarla demasiado.

El médico, aludiendo a su ética, le contó a la mujer cuál era el diagnóstico. Ella quedó al borde de un colapso nervioso y una semana después murió de una crisis hipertensiva. Fue tan grande el miedo y el sufrimiento que le causó esa verdad, que la noticia le produjo un mal mayor que el que le hubiera ocasionado mantenerse en la ignorancia. A veces mentir ayuda, por lo menos hasta que encontremos le mejor momento de decir esa verdad.

Así que una mentira solo se puede valorar cuando se toma en cuenta aquello que la motivó y los efectos que trae. Si la intención es evitar un mal mayor, lo razonable es dejar a un lado el tema moral y concentrarse en el efecto práctico de la verdad. No siempre mentir es reprobable.

Mentir para sacar provecho

Si el objetivo de mentir es satisfacer un deseo egoísta o sacar provecho de algún modo, la situación es muy diferente. En este caso, la mentira toma el valor de herramienta de manipulación. Se omiten o se distorsionan las verdades con el objetivo de poner al otro en un estado de vulnerabilidad: la vulnerabilidad que surge cuando no se conoce una información que compete directamente y que es pertinente conocer.

Chica joven

Ese tipo de mentiras solamente ayudan a quien las produce. En lugar de evitar un sufrimiento o un conflicto innecesario, más bien los propician. Lo mismo ocurre cuando se miente por miedo a enfrentar una verdad o a asumir alguna responsabilidad. Lejos de ser una fórmula para mantener la situación en buenos términos, es como un veneno que va contaminando todo a su alrededor.

Hay también otro tipo de mentiras que, incluso, son utilizadas en algunas formas de terapia. Se trata de esas frases que no son muy ciertas, pero que una persona se repite constantemente a sí misma para que operen por autosugestión. El caso del decirse “estoy bien y voy a estar mejor”, aunque los hechos indiquen otra cosa. En este caso, se trata de un mecanismo similar al de cierta publicidad por el que “una mentira repetida mil veces puede convertirse en verdad”.

A veces nos autoengañamos para sobrellevar un mal momento o porque, simplemente, no estamos listos para enfrentar una verdad. Lo malo es que ese proceso no siempre es tan consciente y a veces terminamos instalándonos en esas mentiras y quedamos atrapados en ellas.

Así, si bien en algunos casos la mentira ayuda sin duda alguna, en los aspectos auténticamente pertinentes, la verdad ayuda más. De una u otra manera, no olvidemos que la mentira tiene un precio. Si le dices a alguien que cocina mal que no te gustan sus platos te seguirá tocando seguir comiéndolos, si cuentas una mentira más importante el precio puede ser mayor y dicha mentira puede terminar directamente con vuestra relación.

ilustración mujer blanco y negro