Mi abuela con alzhéimer se divertía mucho

15 febrero, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por el psicólogo Francisco Javier Molas López
Mi abuela con alzhéimer se divertía mucho. Se tomaba su enfermedad con humor. Con ella aprendí que lo importante es vivir el presente.

Mi abuela con alzhéimer se divertía mucho. Cuando tenía 90 años, comenzó a presentar lagunas mentales. Pequeños despistes sin importancia. A los 92, empezó a olvidar lo último que había hecho, pero sí conservaba el recuerdo de haber estado enfrascada en una tarea que le había gustado más o menos. Murió con 96 años y en ese lapsus de tiempo, su alzhéimer no avanzó mucho más, pero sí lo suficiente para preguntarte cuatro o cinco veces la misma cuestión.

Fue una gran cocinera cuando todavía podía valerse bien por sí misma. En sus últimos años utilizó un andador para poder caminar. Varias operaciones de rodilla y de cadera restringían su movilidad, lo que no impedía que se paseara de un lado para otro. Su energía nos asombraba a todos. Despertaba admiración en aquellos que la conocían. Y es que mi abuela, sin alzhéimer y con él, fue una luchadora durante todo su vida.

A mi abuela le gustaba el vermut

Cuando comenzó a manifestar la enfermedad, yo ya tenía el carnet de conducir y coche propio. Ella vivía sola, pero el alzhéimer no le impedía vivir cierta con normalidad. Una chica le hacía compañía en casa y era bastante autosuficiente. Sin embargo, le encantaba venir a comer a casa con mis padres y conmigo. Así, al medio día, sobre las doce y media, siempre iba a buscarla. Además, como era de costumbre, paseábamos durante una hora, por lo menos, con el coche.

A ella le encantaba mirar por la ventana y ver el paisaje, sobre todo, el paisaje mediterráneo. Recorríamos parte de la isla de Mallorca cada vez que paseábamos. Incluso íbamos a su restaurante favorito a «hacer el vermut». Y después de este rodeo por la isla, regresábamos a casa de mis padres a comer. «¿Dónde habéis estado?», le preguntaba su hijo, mi padre. «No lo sé, pero me ha gustado mucho», respondía sonriente y feliz. «A ver, ¿qué hemos visto?», le preguntaba yo. «Hemos visto mucho campo… pero no me acuerdo, creo que hemos ido lejos», respondía ella.

«No sé lo que hemos hecho, pero nos lo hemos pasado bien».

Mujer mayor mirando por la venta

Mi abuela con alzhéimer se reía de todo

Las conversaciones con ella eran muy fluidas, podíamos hablar de todo, pero su memoria a corto plazo fallaba. A pesar de esto, cuando repetíamos varias veces la misma acción, poco a poco se iba acordando. La psicología era uno de sus temas pendientes, nunca recordaba para qué servía. Me di cuenta que los fallos de su memoria, más la complejidad de algún tema concreto, dificultaban su retención. No pasaba nada, ella se reía y se lo tomaba con buen humor.

Por más que busco en mi memoria, no encuentro momentos en los que se enfadase por el mal funcionamiento de su memoria. Al contrario, le hacía mucha gracia y me decía mientras me miraba: «¿has visto cómo nos volvemos las personas? No nos acordamos de nada», y se reía. Ella se lo tomaba bien y yo también. 

Recordé un artículo científico de Niu y Álvarez-Álvarez (2016) en el que mostraban que entre la población europea mayor de 65 años al menos un 4,4% padecía Alzheimer. ¿Qué debe sentir alguien que poco a poco deja de recordar? ¿Cómo debe ser una vida sin recuerdos recientes?

Este artículo me llevó a buscar más información sobre la atención de pacientes de alzhéimer en España y encontré otro en el que abordaban los recursos de los que disponemos. En el artículo del equipo de Martínez-Lage (2018), al parecer en España en estos últimos años se ha visto una mejora en el diagnóstico y seguimiento de las personas con deterioro cognitivo y demencia. Por otro lado, resaltan que se necesita mejorar el retraso en los diagnósticos y un mejor acceso a la atención temprana.

Manos de una persona con demencia

Cuando los nietos cuidamos de nuestros abuelos

Cuidar a mi abuela con alzhéimer me enseñó una lección muy importante: aunque ella no se acordase de lo que había hecho, sí recordaba haber disfrutado. Y esta alegría la arrastraba buena parte del día. Me he percatado que mucha gente cree que porque nuestros mayores padezcan alzhéimer no van a sentir placer a la hora de realizar una actividad, o directamente, se plantean para qué la van a llevar a cabo si no se van a acordar.

Y es que lo importante no es si la recordarán o no, lo importante es que en el momento presente sean felices. Mi abuela, en cierto modo vivía en el presente, algo que muchos intentamos en nuestro día a día y no conseguimos. Recordaba su pasado más lejano, pero no recordaba lo que hizo el día anterior y sabía que no recordaría lo que estaba haciendo. Así que solo podía disfrutar plenamente de lo que hacía en el presente sin importar el pasado ni el futuro.

«Mi abuela con Alzheimer decidió dejar de enfadarse cuando cumplió 90 años. Siempre había sido una mujer de carácter. Pero desde entonces le sonría a la vida y todo se lo tomaba con humor. Esto le ayudó a enfrentarse a la enfermedad con una sonrisa«.

Esta lección me sirvió años después cuando realicé mis prácticas de psicología en una residencia de la tercera edad. De hecho, mis mayores favoritos eran aquellos con alzhéimer de los que casi nadie se preocupaba. Yo sabía que no se acordarían de nada, pero el presente sí lo disfrutaban. Así que me propuse que mientras estuviera en la residencia de prácticas todos los mayores iban a ser mis «abuelos» y mis «abuelas». Iban a disfrutar de su vida en el presente.