Microbiota intestinal: clave de la salud mental

8 julio, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por el enfermero Daniel Baldó Vela
Intestino y cerebro están conectados a través de diferentes caminos. Hoy en concreto analizamos la relación entre la microbiota intestinal y el funcionamiento cerebral.

La microbiota intestinal se ha postulado como una excelente diana terapéutica en el abordaje de las diferentes patologías y condiciones de salud. En este artículo centraremos la atención sobre su relación con la salud mental.

En 1683, Anton van Leeuwenhoek, habló por primera vez de unos «animáculos» que había visto en el tracto gastrointestinal a través del microscopio. Hoy se conocen como microbiota intestinal.

La microbiota intestinal se define como el conjunto de microorganismos que habitan en el intestino en una relación de simbiosis con el huésped. Se estima que está formada por 100 billones de microorganismos y la mayoría se encuentra en el colon.

Tenemos más microorganismos que células. Su peso se sitúa en torno a 200 gramos y la relación entre el número de microorganismos que nos habitan y nuestras células es de 1,4:1.

Eje intestino-cerebro
La microbiota intestinal está directamente conectada con el cerebro a través del intestino y su equilibrio es fundamental para gozar de una buena salud mental.

¿Qué es el microbioma intestinal?

Hablamos de microbioma intestinal para hacer referencia a los microorganismos intestinales, sus genes y sus metabolitos activos (sustancias producidas por los microorganismos y que impactan en el organismo del huésped).

La formación de la microbiota intestinal se inicia en la concepción y alcanza su madurez a los 2 años de vida. El periodo perinatal es crítico: los hábitos maternos durante el embarazo, el tipo de parto y el tipo de lactancia son los factores más influyentes.

A lo largo de la edad adulta existen diferentes factores que pueden modificar la microbiota. Los más relevantes son: dieta, infecciones, uso de antibióticos, estrés, contaminación ambiental, higiene excesiva y consumo de sustancias tóxicas como el tabaco, alcohol o las drogas ilegales.

Como regla general, la diversidad establecida en la infancia vuelve cuando se elimina el factor que la altera. Sin embargo, las modificaciones asociadas a la dieta tienden a mantenerla más estable.

Cada dieta induce a una microbiota intestinal con predominancia de microorganismos especializados en su digestión. La falta de fibra, el exceso de proteínas y el consumo de azúcares y grasas no saludables promueven su alteración.

Los filos predominantes son: Firmicutes (Lactobacillus y Clostridium), Bacteroidetes (Bacteroides y Prevotella) y, en menor medida, Actinobacterias (Bifidobacterium). Los 3 son fundamentales en la determinación de los estados de eubiosis (microbiota intestinal saludable) y disbiosis (alteración de la microbiota intestinal).

En 2011, la revista Nature publicó un estudio en el que se describían tres enterotipos eubiósicos basados en las variaciones de los tres filos predominantes. Sin embargo, un año más tarde, la misma revista sacó a la luz una nueva investigación que no hallaba las mismas conclusiones.

Existen multitud de variaciones individuales e interindividuales que hacen imposible definir con exactitud las características de la eubiosis. En términos generales, podríamos decir que una microbiota intestinal sana debería ser diversa, estable, funcional y simbiótica. 

¿Qué funciones tiene?

La microbiota intestinal tiene funciones cerebrales, digestivas, inmunitarias, metabólicas y endocrinas, destacando:

  • Digestión.
  • Síntesis de vitamina K, B5, B8 (biotina) y B9 (ácido fólico). También produce B12 pero esta no está disponible para el organismo (necesita el ácido del estómago para separarse de sus proteínas y unirse al factor intrínseco para formar un complejo absorbible por el intestino delgado).
  • Mantenimiento de la integridad de la mucosa intestinal.
  • Absorción intestinal de hierro, calcio y magnesio.
  • Regulación de aminoácidos como triptófano o glutamina.
  • Modulación del sistema inmunitario.
  • Reducción de los niveles de glucosa y colesterol.
  • Metabolismo energético, regulación de la lipogénesis y oxidación de ácidos grasos.
  • Síntesis de neurotransmisores.

En 1908, Metchnikov ya dijo que los microorganismos que nos habitaban eran beneficiosos para nuestra salud y podían promover la longevidad. 

Intestino y cerebro conectados
La microbiota intestinal está directamente conectada con el cerebro a través del intestino.

Eje microbiota intestinal – intestino – cerebro

La microbiota intestinal está directamente conectada con el cerebro a través del intestino, existiendo numerosas evidencias de su influencia sobre el comportamiento humano. Esta asociación se debe a la existencia de multitud de conexiones neurales entre ambos.

El nervio vago

Aquí, el nervio vago adquiere especial importancia: supone una conexión neural directa entre intestino y cerebro. Gracias a él, la microbiota intestinal ejerce una gran influencia sobre las funciones cerebrales.

Se ha demostrado que la administración de probióticos para modular la microbiota intestinal puede cambiar el comportamiento del huésped. Sin embargo, esta asociación no se encuentra cuando el huésped está vagotomizado (sin nervio vago). 

Neurotransmisores y hormonas

Parte de la influencia de la microbiota intestinal sobre el cerebro radica en su capacidad para producir neutransmisores (serotonina, dopamina, GABA, norepinefrina, acetilcolina y cortisol) y aminoácidos (triptófano) implicados en el funcionamiento cerebral.

Cuando la microbiota intestinal se altera (disbiosis), se produce un desequilibrio en la liberación de dichos neurotransmisores, se altera el funcionamiento cerebral y aparecen diferentes patologías.

Neurotransmires producidos por la microbiota intestinal
La microbiota intestinal es capaz de producir neurotransmisores y aminoácidos que influyen en el funcionamiento cerebral.

Cabe destacar que el GABA y la serotonina producidos en el intestino no pueden atravesar la barrera hematoencefálica. Sin embargo, los ácidos grasos de cadena corta liberados por las bacterias intestinales sí pueden hacerlo y modular los niveles de GABA en el sistema nervioso central. Además, el triptófano (precursor de serotonina) producido por las bacterias intestinales también puede atravesar la barrera hematoencefálica.

Permeabilidad intestinal

La disbiosis supone un aumento de la permeabilidad intestinal que incrementa el paso de sustancias tóxicas a través del intestino. Dichas sustancias estimulan la liberación de citoquinas pro inflamatorias que, tras alcanzar el cerebro a través del nervio vago, alteran diversas funciones cerebrales.

La disbiosis intestinal genera un exceso de permeabilidad intestinal que abre la puerta a diferentes trastornos mentales. 

La conexión intestino – cerebro es fácil de entender si observamos que la mayoría de trastornos mentales cursan con sintomatología intestinal y que la mayoría de personas con trastornos digestivos padecen algún trastorno mental como depresión o ansiedad.

El eje intestino-cerebro se materializa cuando tenemos colitis, dispepsia y/o dolor abdominal antes de un examen, o cuando observamos el estado de ánimo de nuestro amigo que tiene la enfermedad de Crohn. 

La microbiota intestinal es clave en los trastornos mentales

La evidencia científica actual demuestra que la microbiota intestinal juega un importante papel en el desarrollo de trastornos mentales como depresión, ansiedad, alzheimer, parkinson, trastorno obsesivo compulsivo, trastornos de la conducta alimentaria, trastornos del espectro autista, esclerosis múltiple y epilepsia.

Por ejemplo, la dopamina, involucrada en el desarrollo del parkinson, es menor en ratones con un intestino libre de microorganismos. Si nos vamos a los trastornos del espectro autista, podemos observar que el 50% de quienes lo padecen manifiestan problemas gastrointestinales.

Además, tienen una mayor permeabilidad intestinal y su microbiota es diferente a la de aquellos libres de la enfermedad: menor diversidad, bajos niveles de Bifidobacterium y crecimiento excesivo de Clostridium.

Otro ejemplo lo encontramos en los sujetos con trastorno obsesivo compulsivo que tienen una menor cantidad de GABA y serotonina. Ambos son producidos por las bacterias intestinales y se ha visto cómo la modulación de la microbiota intestinal con probióticos mejora el trastorno.

El estreñimiento afecta a más del 80% de los pacientes con Parkinson y al 30% de los pacientes con esclerosis múltiple. Además, en éstos últimos es frecuente la malnutrición, la infección por Helicobacter Pylori y el sobrecrecimiento bacteriano en el intestino delgado.

Serotonina

El papel de los probióticos en la salud mental

Según afirma la OMS, los probióticos son «microorganismos vivos que, administrados en cantidades adecuadas, confieren un beneficio a la salud del que los toma».

El término «psicobiótico» fue descrito por un grupo de científicos irlandeses en 2013 y hace referencia a todo probiótico capaz de ejercer beneficios sobre el cerebro. En este sentido, parece que Bifidobacterium Longum, Lactobacillus Ramnhosus y Bifidobacterium Infantis son sus máximos representantes.

La conexión bidireccional entre intestino y cerebro es indudable. Cada vez son más las investigaciones que respaldan el papel de la microbiota intestinal en el desarrollo de los trastornos mentales. El uso de probióticos en el manejo de las enfermedades mentales, aunque requiere de nuevas investigaciones, está apoyado por la evidencia actual.

Bifidobacterium infantis aumenta los niveles de triptófano y, por tanto, la producción de serotonina. Lactobacillus Rhamnosus incrementa la expresión de GABA y recude los niveles de cortisol inducido por estrés o ansiedad. Bifidobacterium Longun alivia el estrés y disminuye la depresión. 

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