Mulholland Drive: un laberinto de luces y sombras

3 noviembre, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por la crítica de cine Leah Padalino
Mulholland Drive es esa película que puedes llegar a amar, pero también a odiar. Es esa película que no te dejará indiferente y es también esa película que te presenta algo nuevo en cada visionado. Tal vez, en lugar de tratar de descifrarla, lo mejor sea dejarse llevar por un laberinto de pasiones, sueños y falsedades.

Mulholland Drive (2001) es uno de los filmes más conocidos del creador de Twin Peaks, David Lynch. Como prácticamente la totalidad de su obra, se trata de una película que no deja indiferente a nadie y que sigue despertando admiración y desconcierto a partes iguales.

El paso del tiempo ha terminado por brindarle el título de ser una de las mejores películas del siglo actual, aunque no por ello podamos hablar de un aplauso unánime.

Hacer una sinopsis resulta un tanto peliagudo debido a la propia estructura del filme, pero podríamos decir que todo arranca cuando una joven sobrevive doblemente a la muerte, pues parece que iba a ser asesinada mientras viajaba en un coche cuando, paradójicamente, el vehículo se accidenta permitiéndole sobrevivir.

En su bolso, tan solo hay dinero y una pequeña llave azul, pero nada que parezca dar una pista acerca de su identidad. Tras el accidente, pierde la memoria y se esconde en una casa que no le pertenece.

Por otro lado, Betty es una aspirante a actriz a quien su tía le ha prestado su casa en Los Ángeles. Tras llegar al que será su nuevo hogar, se encuentra con la joven accidentada que adopta el nombre de Rita.

A partir de este momento, comienza la aventura de descubrir quién es realmente Rita, descenderemos a las pasiones más ocultas de las protagonistas y terminaremos acudiendo a un espectáculo de apariencia inconexa. Del thriller inicial, pasamos a una especie de oscuridad absoluta y a un descenso a los infiernos, un juego de apariencias y símbolos que trataremos de descifrar.

Mulholland Drive iba a ser una serie, pero los productores quedaron tan escandalizados con el episodio piloto que se vieron obligados a convertirla en largometraje.

Quizás, el problema sea tratar de verla desde un punto de vista lineal, intentar llegar a la explicación final y a la comprensión de su totalidad en lugar de, sencillamente, dejarse llevar por las emociones y sensaciones que despierta su visionado.

¿Por qué sentimos la necesidad de que nos lo expliquen todo? En este artículo, no trataremos de trazar una explicación al filme, sino que nos aproximaremos a algunas de sus claves.

¿Por qué explicarse?

Mulholland Drive es un auténtico laberinto, un filme que apela a lo onírico y que podemos relacionar con la propia estructura de nuestros sueños. A lo largo de los años, se ha tratado de buscar una explicación, y aunque parece que hay argumentos con más peso que otros, lo cierto es que el propio Lynch ha afirmado que prefiere no dar una explicación a la cinta.

En un tiempo en el que estamos acostumbrados al exceso de información, resulta revitalizador ver una película como Mulholland Drive. Un filme que permite al espectador dar una respuesta a lo que acaba de pasar ante sus ojos.

El arte no siempre ha de ser visto como algo susceptible de ser explicado con palabras, sino que, a veces, puede implicarnos a otro nivel y simplemente despertar en nosotros una emoción determinada.

Por un momento, pensemos en algunas obras pictóricas o incluso en música o poesía, no siempre guardan un mensaje claro y tampoco nos importa demasiado, tan solo nos deleitamos y nos dejamos llevar por nuestras emociones. El cine puede también crear ese tipo de sensaciones y no debe ser visto únicamente como puro entretenimiento.

Aun así, el mero hecho de que Mulholland Drive nos haga preguntarnos un sinfín de interrogantes y nos sumerja en diversos debates con nuestro entorno, ya supone un camino hacia el entretenimiento.

La filmografía de Lynch suele apuntar hacia lo onírico y, en este sentido, podemos ver la película en clave de ensoñación. Cuando soñamos, las imágenes y las historias que aparecen en nuestra mente son inconexas y, mientras soñamos, parecen tener sentido. Pero al despertar, si tratamos de explicarle a alguien qué hemos soñado, nos resulta difícil hacerlo y lograr estructurar con palabras el sueño.

Mulholland Drive se amolda perfectamente a esta lógica de los sueños y, como en los sueños, se da cierta libertad interpretativa.

Mulholland Drive: una ilusión

Cuando soñamos, las personas que aparecen en nuestros sueños son personas que hemos visto alguna vez, aunque no las recordemos o les asignemos papeles distintos a los que desempeñan en la realidad.

Igualmente, los espacios en los sueños pueden diferir enormemente de la realidad e incluso podemos realizar acciones impensables. Así, si tratamos de establecer paralelismos entre Mulholland Drive y los sueños, nos encontramos con una teoría que parece encajar a la perfección. Además, el filme está dotado de bastante simbolismo e incluso asistimos a un lugar absolutamente revelador: el Club Silencio.

La escena del Club Silencio es una de las más hipnóticas de la película y, al mismo tiempo, es la encargada de marcar un antes y un después. Si hasta ahora parecía que estábamos viendo una historia -o varias-, pero con una estructura más o menos lineal, tras asistir al club, nos encontramos ante lo que parece ser una nueva película.

Dos mujeres hablando

Este extraño local actúa un poco como el Teatro Mágico en el Lobo Estepario, la hermética obra de Hermann Hesse. Un lugar para encontrarse, a partir del cual nada volverá a ser igual y que, quizás, contenga la clave de la realidad de la protagonista. De hecho, los tonos azules imperan en este espacio y parecen evocar cierta dualidad que pronto descubriremos en la protagonista. El color azul alude a la mente y también a la introspección, dicho color lo hemos visto en la llave de Rita y ahora también lo vemos en la caja que guarda Betty.

Así, la llave abrirá la caja dando lugar a una nueva realidad, a una sucesión de historias que, ahora sí, parecen ir encajando. Todo aquello que habíamos visto con anterioridad cobra un nuevo sentido, asistimos a un claro desdoblamiento de la personalidad y, gracias al Club Silencio, descubrimos que hemos sido engañados. Todo lo que hemos visto era una ilusión, una falsedad, como el arte, los sueños y como la propia película.

El mago del club parece hablarles a las protagonistas, pero también a nosotros como espectadores, haciéndonos despertar de la ensoñación que Lynch ha puesto ante nuestros ojos.

De una primera parte en clave detectivesca, pasamos a una segunda más oscura, con un punto de inflexión que resulta desconcertante a la par que revelador. Del optimismo de una joven Betty que parece vivir el sueño americano, viajamos a la decadencia e inestabilidad de Diane, a la dualidad que parece adueñarse de la protagonista.

Pese a todas sus virtudes y aciertos, todavía encontramos críticos que no logran digerirla del todo y hay quienes apuntan a que, quizás, esté sobrevalorada, y puede que incluso así sea. Destacan enormemente sus interpretaciones y fue el filme que lanzó la carrera de Naomi Watts a la que aquí vemos brillar y desvanecerse de forma magistral.

No podemos negar que Mulholland Drive supone todo un auténtico rompecabezas cuya resolución final es bastante subjetiva, un ejercicio para el espectador que tratará de dialogar con el filme. En definitiva, toda una invitación para nuestra mente, un rompecabezas ilusorio, no exento de pasiones y engaños.

«No hay banda, there is no band, il n’est pas d’orchestra».

-Mulholland Drive-