No existen emociones desadaptativas, sino una intensidad desajustada

26 marzo, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Fátima Servián Franco
El poder adaptativo o desadaptativo de las emociones lo configuramos nosotros. Ellas tienen una energía y un mensaje, y somos nosotros quienes decidimos qué hacer con ellos.

El valor adaptativo y evolutivo de las emociones es un hecho y la ciencia así se ha encargado de demostrarlo. Estudios de Barbara L. Fredrickson, profesora en el departamento de psicología en la Universidad de Carolina del Norte, han recalcado que las emociones fundamentales tienen una inherente función adaptativa.

Estos hallazgos nos conduce a la lógica de que no hay emociones desadaptativas sino que, en todo caso, las emociones son topográficamente desadaptativas, muy intensas o de aparición muy frecuente ante diversas situaciones.

Todas las emociones tienen alguna función que las hace útiles, independientemente de la cualidad placentera que puedan generar; pues incluso las emociones más desagradables tienen funciones importantes en la adaptación social y el ajuste personal. Así, ¿podemos hablar de emociones desadaptativas?

Nuestras emociones son el producto de una evolución sensible a las propiedades del mundo externo. Aún así, no todo escapa a nuestro control en esta ecuación genética llamada emoción. Nosotros podemos interactuar y adecuarla al contexto; es decir, tenemos la capacidad de gestionar su energía y su mensaje.

«Cada emoción tiene su lugar, pero no debe interferir con la acción adecuada».

-Susan Oakey-Baker-

Mujer muy triste

¿Emociones desadaptativas?

Jorge Bucay nos indica que muchos sentimientos naces ajenos a nuestra elección -y por lo tanto no somos responsables de su aparición-, pero sí que somos responsables de cómo actuar en consecuencia. Todos vamos a experimentar todas las emociones posibles de gama emocional aprendida por nuestros antepasados y adquirida de manera filogenética por nuestro cerebro.

Es importante explicar que todos en algún momento de nuestra vida sentiremos las emociones más «avergonzantes» como celos, ira, rabia, tristeza. Cuanto antes dejemos de pensar que esas emociones hay que esconderlas o minimizarlas, más provecho sacaremos de ellas.

Me gustaría razonar la idea de que sentir celos puede ser «bueno» y sentir alegría puede ser «malo», dependiendo de la situación en la que experimentemos estas emociones. O lo más concluyente, haceros entender que sentir emociones no es bueno ni malo en sí, sino evolutivo, y el que hacer con ellas si es lo reprensible o lo positivo.

Ya sabemos, por la evolución y por la ciencia, que no existen emociones desadaptavivas, pero sí existen comportamientos desadaptativos. Como ejemplo pondré la emoción de la ira. Nadie está exento, ni nadie estará, de experimentar ira. Es una emoción de nuestro repertorio biológico que nos ha ayudado a evolucionar como especie. La ira nos ayuda en aquellas situaciones en las que es necesario elevar la actividad neuronal, muscular y los índices de frecuencia cardíaca.

Por lo tanto, la ira como emoción es necesaria, lo que hacemos con ella puede ser lo inadaptado. Podemos sentir ira por mil razones, pero actuar en una dirección u otra la marcaremos nosotros. Para esto tenemos que conocer por qué experimentamos estas emociones y manejar las posibles respuestas de nuestro repertorio. No tenemos la «culpa» de experimentar ira, pero sí de lo que hacemos con su energía y su mensaje.

«La educación emocional debe ser y será la educación que nos aparte de tanto sufrimiento innecesario creado por nosotros mismos».

Emociones: valor adaptativo

Como ya hemos visto, las emociones no son malas o buenas; son el contexto y la persona quienes conforman esta ecuación tan general y, a la vez, tan específica. En los anteriores apartados hemos hablado de su valor adaptativo, pero al igual que pueden servirnos de gran ayuda, también nos pueden ser una fuente de conflictos y perturbaciones cuando las gestionamos mal.

Las emociones desagradables tienen un valor adaptativo, nos hacen ser más cautos o más precavidos o nos dan el impulso necesario para defender nuestros derechos. Sin embargo, al mismo tiempo son también el origen de muchas malas adaptaciones emocionales. Por eso hablamos, de manera equivocada, de emociones desadaptativas.

Por ejemplo, la ansiedad es un estado emocional resultante de presiones adaptativas durante la evolución, lo que garantizó la supervivencia de los individuos dotándolos de capacidades para enfrentarse mejor a situaciones amenazadoras y potencialmente dañinas.

Este estado emocional da pie a un amplio abanico de desenlaces: desde el simple estado de alerta frente a un estímulo potencialmente amenazador hasta las respuestas vigorosas que acompañan al miedo y al pánico.

Hombre con trastorno mixto ansioso-depresivo

Cuando esos estados están exagerados –aparecen frente a estímulos poco intensos, que en otros organismos no desencadenan emociones- u ocurren de manera continuada generan patologías como el trastorno de ansiedad generalizada, fobias, ataques de pánico y muchos otros trastornos comprendidos en la quinta versión del Manual de Diagnóstico y Estadística de los Trastornos Mentales.

«La gente reacciona de forma predictiva, especialmente cuando no tienen tiempo de pensar».

-Keith Ablow-

  • Bisquerra, R. (2006). Educación emocional y bienestar. Madrid : Wolters Kluwer.
  • Panksepp, J. A. (1992). A critical role for “Affective Neuroscience” in resolving what is basic about emotions. Psychological Review, 99(3), 554-560.