No quieres matarme, historia sobre la empatía

Este artículo fue redactado y avalado por el psicólogo Francisco Javier Molas López
· 28 enero, 2019
Mírame a los ojos y dime si realmente debo morir. ¿Qué sientes al saber que vas a matarme? Sé que no quieres hacerlo. Haz de esto una historia sobre la empatía. En tu mano está reescribir este final.

Mírame a los ojos y dime si realmente debo morir. Sabes que no quieres matarme. Podrías aprovechar tu labor como verdugo para escribir una historia sobre la empatía que sientes en estos momentos. Cuando la leas dentro de unos años seguro que te sorprenderás. Imagino que sabrás lo que es la empatía, sí, seguro que lo sabes. Intenta ponerte en mi lugar e intenta imaginar lo que puede sentir alguien que está a punto de morir. 

Vamos, indaga dentro de ti, piensa en que puedo ser tu hermano, que tú podrías ser yo. Responde, ¿qué justifica mi muerte? Me apuntas con el cañón de una escopeta que ni siquiera es tuya. Te han dicho que me mates y no dudas en hacerlo. O eso parece. Pero yo sí sé que dudas. No quieres matarme, no quieres acabar con mi vida.

Quizá seamos diferentes, pero tú sabes que eso no es motivo suficiente para ejecutarme. Mi cuerpo acabará en el suelo emanando un reguero de sangre y tú irás a cenar con tu familia. Sabrás que has matado a un hombre inocente y aún así podrás comer. Pero yo sé que por dentro estarás sufriendo.

En tu historia sobre la empatía puedes hablar sobre Robert Vischer, ¿sabes quién es? Fue un filósofo alemán del siglo XIX que utilizó por primera vez el concepto de empatía. Aunque la palabra alemana que usó se traducía como ‘sentirse dentro de’. Interesante, ¿verdad?

No tengo elección

Yo no tengo elección, pero tú sí. Puedes dejarme huir y nadie lo sabrá. Iré lejos con mi familia, más allá de estas fronteras. Dime, ¿qué ganas con mi muerte? ¿qué ganas pegándome un tiro en la cabeza? Nada, no ganas nada, quizá pienses que eres un buen soldado; pero, quien me va a matar, al fin y al cabo, eres tú».

Quiero pensar que si te ordenan arrojarte al infierno no obedecerías la orden. Intento imaginar que tu criterio puede dirigir tus acciones. Que hay una posibilidad, más o menos remota, de que sigas ese dictamen que por ti mismo has alcanzado.

Sombra de un hombre en el suelo

¿Quién es tu superior? ¿Qué te ha dicho de mí? ¿Qué sabes de mi vida? Te regalaré unos datos para cuando escribas tu historia sobre la empatía. ¿Sabes que tengo una hija de cinco años y un hijo de tres? Son preciosos. Mi hija, Luisa, siempre sube a mi cama por las mañanas y me despierta agarrándome del pelo. Me dice que papá duerme mucho. Mi hijo, Marco, se ríe mucho con su hermana. Y ahora, les vas a dejar sin padre. Ya no les volveré a ver.

Dime, por favor, ¿crees que ellos merecen esto? Un padre al que no conoces. Un padre al que te han dicho que quites de en medio por tener sus propios ideales, su propia ideología política. Tú eres de los míos, quizá no políticamente, pero sí en esto, en lo humano. Lo veo en tu mirada. Te han dicho que no hables para no cogerme cariño, pero tus ojos no pueden evitar comunicarse: no te han dejado del todo ciego. Tu rostro tenso evidencia que sólo obedeces para sobrevivir.

«Pequeña alma mía, tierna y errante, huésped y compañera de mi cuerpo, descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, donde habrás de renunciar a los juegos de antaño»

-Emperador Adriano-

Detrás del árbol

¿Por qué nos escondemos? ¿Por qué me colocas detrás de un árbol? ¿Acaso te avergüenzas de lo que estás a punto de hacer? No ocultes mi muerte. No ocultes tu asesinato. Te han dicho que me mates, así funciona ahora el país. Hazlo donde nos puedan ver, quiero que vean como acabas con mi vida. Déjales que vean tu rostro al disparar, déjame mirarles cuando mi corazón ya no lata. No escondas aquello que harás. No, no lo hagas. No ocultes las órdenes.

Sé que me escuchas. Claro que me escuchas. En tu futura historia sobre la empatía sé que dejarás escrito que nos escuchabas a todos. Es inevitable. Te haces el valiente ante tus superiores, pero estás muerto de miedo. Lo único que te consuela es que la idea no ha surgido de ti.

Piensas que solo obedeces una orden, que tu responsabilidad en esta acción es mínima. Me gustaría que me respondieras y me dijeras si realmente estás tan anulado, si realmente crees que por no ser idea tuya, tu responsabilidad desaparece. Si te ordenaran matar a tu hijo, ¿lo harías? Lo matarías tú, no los que te lo han ordenado.

Cuando escribas tu historia sobre la empatía deja bien claro que el que aprieta el gatillo eres tú. Y que podrías no hacerlo porque nadie más lo verá. Solo tú y yo. Tienes opciones. Formas parte de un sistema que te ha hecho creer que la gente como yo debe morir. Pero no te lo crees, ¿verdad que no? Yo sé que no. Seguro que eres un buen padre de familia. Esta noche besa a tus hijos cuando llegues a casa. Haz aquello que yo no podré hacer.

Hombre de espaldas con un sombrero

Sin rencor

Está a punto de caer la noche y me tienes apoyado contra el árbol. El Sol baja, buscando el horizonte. Podría salir corriendo, pero sé que terminaría con mis posibilidades de sobrevivir. Al final acabamos aceptando nuestro destino. La cuestión es si era este realmente mi destino. ¿A cuántos has matado antes que a mí? ¿Eran todos poetas?

¿Sabes? No te culpo, no te guardo rencor. Quizá en tu lugar haría lo mismo, o quizás no. No creas que estoy furioso contigo. Ahora no estoy furioso con nada. Solo deseo paz. Mis hijos, mi mujer, mis padres… espero que estén bien. Les echaré de menos. Al menos podrías decirles que me acordé de ellos antes de, digamos, partir. Espero que algún día escribas tu historia sobre la empatía en la que dejes ver lo que pudiste llegar a sentir, pero que no estás autorizados a expresar.

Creo que ya ha llegado la hora. Estás cargando la escopeta y me estás apuntando. Todavía estás a tiempo. Todavía estoy vivo. No quieres matarme, lo sabes. ¿De verdad podrás dormir esta noche sabiendo que has matado a un hombre inocente? ¿Podrás mirar a tus hijos sintiéndote orgulloso de lo que has hecho? Sabes que no quieres matarme. Ya podrías haberlo hecho, sin embargo, no lo has…

«Cuando se hundieron las formas puras bajo el cri cri de las margaritas, comprendí que me habían asesinado«.

-Federico García Lorca-