No sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos

Raquel Aldana · 8 septiembre, 2015

Una estrella no significa nada hasta que te la quitan. Es triste pero es así, nos cuesta valorar cada detalle y cada presencia. No conocemos el valor de lo que tenemos y pertenece a la cotidianidad y, como creemos tenerlo seguro, lo descuidamos.

Entonces cuando menos lo deseamos nos vemos en la obligación de mirar hacia esa puerta que se cerró esperando a que se quede entreabierta y a que nos dé tiempo a recuperar algo de lo que hay tras ella. Puede ocurrir que ya sea demasiado tarde y que la pena de la pérdida nos haga llorar de manera desconsolada ante aquello que se acabó.

Si nos paramos a pensar, a veces somos incapaces de reconocer lo esencial de nuestra vida y lo que de verdad necesitamos y queremos mantener. Fijamos nuestra mente en una idea de permanencia ficticia a través de la que intentamos justificar nuestros descuidos hacia los demás.

Pero no, no estamos hechos de la misma pasta que la eternidad y si alguien no valora nuestra presencia, acabamos por ofrecerle nuestra ausencia. Todos nos hemos cansado alguna vez de insistir o de permanecer sin sentirnos valorados, por lo que es importante que pongamos atención a las señales.

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El silencio habla más que las palabras para quien sabe escucharlo

Los problemas no suelen surgir de la noche a la mañana, sino que vienen precedidos por ciertos juegos de silencios, enfados y desencuentros. Así, estos comportamientos no son más que el fiel reflejo de que algo se ahoga dentro de nosotros y que necesita respirar.

Es difícil resolver las dificultades cuando tratamos los conflictos relevantes de manera fría y distante, cuando ya no hay ganas de discutir, cuando se cree que todo está perdido y cuando dejamos que se congele el amor.

O sea, los problemas no se resuelven de manera inmediata, hay que esforzarse en escuchar todo, incluso los silencios a los que sometemos nuestras ideas y sentimientos.

Una discusión tiene que enfrentar y encontrar a las personas porque, de lo contrario, no sirve de nada. De la misma forma, los silencios también tienen que fluir con extrañeza, con tiempo y con misterio. Tienen la función de que aproximar posturas a cámara lenta y con sosiego; no con objeto de que las partes implicadas cedan, sino de anclar los desatinos y recuperar la comprensión.

Los silencios y las discusiones nos acercan si sabemos comprenderlos, si nos aproximamos y reconocemos su existencia, con su ira, con su hostilidad o con cada uno de los ingredientes que lo compongan.

Mientras las desavenencias nos conduzcan a encontrarnos podremos gozar del placer de ver acercarse a las personas que se estaban alejando, sin tenernos que ver en la obligación de decir adiós.

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No digas adiós si todavía quieres tratar

Nunca digas adiós si todavía quieres tratar, nunca te des por vencido si sientes que puedes seguir luchando, nunca le digas a una persona que ya no la amas si no puedes dejarla ir. Nunca digas adiós así, porque decir adiós significa desaparecer y desaparecer significa olvidar.

Tenemos la fea costumbre de no valorar lo que tenemos en el momento presente, así como de apreciarlo demasiado tarde. Cuando nos percatamos de que hemos dejado marchar una parte bella de nuestra vida, sufrimos.

Esto puede suceder en el instante definitivo en el que las cosas se rompen o mucho más tarde, pero lo que está claro es que el dolor saldrá hacia afuera tarde o temprano.

No sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos y no sabemos lo que nos hemos estado perdiendo hasta que lo encontramos. Recuerda que el amor se hace cada día con detalles, con atenciones, con preocupaciones y hasta con enfados.

Hacer el amor significa despertarse cada día con una sola persona en la mente, hacerla feliz, cuidarla, sacarle lágrimas de risa y felicidad, hablarle bonito y darle prioridad. El amor no se puede dejar para mañana.