Pedir es sano, exigir es destructivo

21 Septiembre, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga Elena Sanz
Algunas personas se sienten incapaces de pedir ayuda mientras otras no temen exigir de los demás todo lo que necesitan. ¿A qué se deben estas diferencias?

Las relaciones son complejas y no siempre tenemos claros cuáles son los límites saludables a seguir. En ocasiones nos da reparo pedir ayuda, mientras que en otras situaciones nos frustramos y enfadamos cuando los demás no responden a nuestras demandas. Hallar el equilibrio no es sencillo, pero ante todo es importante tener clara una diferencia: pedir es sano, exigir es destructivo.

Llegamos a este mundo desvalidos y dependientes de los otros para sobrevivir. Así, el bebé llora, reclama y los adultos acuden a cubrir sus necesidades. De esta manera, crecemos con la tranquilidad de ser atendidos y sostenidos cuando nos es necesario. Más adelante, durante la infancia, nuestra conducta y nuestras expectativas se van moldeando. Aprendemos a frustrarnos y a tolerar una negativa.

Sin embargo, si algún punto de este proceso falla, la visión de las interacciones sociales no se forma de manera adecuada. Así, el niño que no fue atendido correctamente aprende a no pedir; aquel al que se le dio todo cuanto demandaba se vuelve exigente. Ya de adultos, es tarea de cada uno revisar las creencias y actos, reaprendiendo lo que sea necesario.

Pedir es sano, ¿por qué no lo hacemos?

Niño mirando por la ventana

Humildad

Algunas personas no son capaces de pedir ayuda, consuelo, compañía o cualquier otra cosa que necesiten por miedo a molestar. Esta humildad extrema o mal entendida es relativamente común. No sabemos si con nuestra petición estaremos interrumpiendo, molestando o desagradando a la otra persona y por ello lo evitamos.

Sin embargo, paradójicamente, las personas que mantienen esta actitud son por lo general muy dispuestas y serviciales. Si este es tu caso, trata de comprender que la ayuda, la generosidad y la solidaridad son actos que enriquecen tanto a quien los da como a quien los recibe.

Todos experimentamos la gratificación de haber podido ayudar a un turista a llegar a su destino o de haber acompañado a un amigo cuando se sentía solo. Las peticiones nos halagan más veces de las que nos molestan porque nos sentimos necesarios y apreciados por los demás.

Baja autoestima

En otras ocasiones, no pedimos porque no nos sentimos merecedores de recibir. No creemos ser suficientemente valiosos como para que otra persona invierta su tiempo, esfuerzo o dedicación en nosotros.

En estos casos es posible que hayamos recibido negativas en experiencias anteriores; y que, por nuestro propio bajo autoconcepto, tengamos tendencia a relacionarnos con personas narcisistas o ególatras que nunca nos dan y refuerzan nuestra idea de no merecer.

Si te encuentras en esta situación, recuerda que todos somos dignos y valiosos. Toda relación sana es recíproca y equilibrada, se basa en dar y recibir y enriquece a ambas partes por igual. Entonces, si no te atreves a pedir, trabaja en ti; si no recibes, replantéate el vínculo.

La trampa del ego

Por último, algunas personas nunca piden nada porque sienten que esto les haría parecer vulnerables o necesitados. Asocian fortaleza con autosuficiencia y se niegan a acudir a otros en busca de ayuda de ningún tipo.

En estos casos, también es frecuente que el individuo crea que los demás han de ser capaces de adivinar sus necesidades y cubrirlas sin que él tenga que expresarlas. Algo que queda claramente retratado en la afirmación: “si te lo tengo que pedir, ya no lo quiero“.

Pues bien, esta es una aseveración infantil y poco práctica, basada en el ego. La asertividad es una habilidad de comunicación básica y necesaria, nadie puede adivinar tus pensamientos y es tu tarea expresar y transmitir lo que deseas. Además, los seres humanos nos necesitamos unos a los otros, nuestra naturaleza es interdependiente y esto no tiene nada de vergonzante.

Hombre pensando en pedir

Pedir es sano, pero exigir es destructivo

Ahora bien, pedir es sano siempre que comprendamos que el otro no tiene la obligación de cumplir nuestras peticiones. Es nuestro derecho pedir y es derecho del otro poner límites y escoger si está en disposición de ayudarnos. Es imprescindible respetar la voluntad del otro.

Entonces, pide sin temor a molestar, sabiéndote merecedor; pide para que el otro pueda conocer tus necesidades. Pero no exijas, no amenaces, no impongas. Si eres una persona adulta, nadie tiene obligación de ayudarte y coaccionar a otro con amenazas o chantaje emocional no es un camino saludable. Pide, pero no exijas; recuerda que es tu decisión salir de ese vínculo si no estás conforme.

  • Castanyer, O. (1996). La asertividad. Expresión de una sana autoestima. Bilbao: Descleé de Brouwer.
  • Camacho, M. Z. (2013). Influencia de la familia en la formación de la autoestima del niño. Índice1(1).