La peligrosidad social y el aumento del miedo al delito

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 4 enero, 2018
Cristina Prieto Rodríguez · 4 enero, 2018

La peligrosidad social es un concepto maleable. Va a depender de la época y de las circunstancias sociales y culturales en las que nos encontremos en cada momento. Esto implica que el concepto de peligrosidad cambia en función de la sociedad y de la etapa en la que intentemos caracterizarlo. No pasa desapercibido el hecho de que sea un juicio totalmente subjetivo y que se ajuste a nuestras creencias. Esto nos permite imaginar, ya desde un primer momento, la problemática que va a generar.

Como concepto genérico de peligrosidad social, podemos entender: la mayor o menor probabilidad que tiene un sujeto de cometer un delito. Aquí es donde entran en juego nuestros valores y creencias. Es decir, en función de los mismos esa definición la atribuiremos a unos u otros grupos sociales.

Cuanto mayor sea la creencia de la existencia de dicha peligrosidad, mayor será el miedo social generado. Como consecuencia de ello, las políticas criminales se ajustarán a las demandas de seguridad de la sociedad. Estas son las diferentes medidas tomadas por el Estado para regular y “proteger” a la sociedad.

Sombra de personas

¿Cuál es el origen de la peligrosidad social?

El nacimiento de este concepto se da en el siglo XIX con Lombroso, aunque no de forma oficial. Cesare Lombroso fue un médico y científico de la época que desarrolló su famosa teoría del delincuente nato. A través de ella creó el denominado “delincuente atávico”.

Lombroso creía que la delincuencia era una característica más de la persona, es decir, se nacía delincuente, no se hacía. Partiendo de esta idea, se dedicó a investigar a los diferentes delincuentes de las prisiones, analizando sus características físicas. A partir de las mismas, creó un perfil (en el que también incluía ciertos rasgos morales) que identificaría a aquellas personas que tenían más probabilidades de cometer un delito: asimetría de la zona facial y craneal, sobre desarrollo de la mandíbula inferior, junto con una marcada tendencia a la impulsividad y a la adquisición de malos hábitos.

¿En qué se relaciona este perfil criminal con la peligrosidad social? La intención principal de principal Lombroso cuando estableció dicho perfil fue la de prevenir el delito. Es decir, sabiendo qué personas tenían más probabilidad de delinquir, la sociedad podría tomar medidas preventivas para que el delito finalmente no se llegase a cometer. Todo ello, a partir de esas características biológicas previamente seleccionadas por Lombroso, según las tendencias que había identificado en los presos que frecuentaba. Criterios que ahora sabemos que no son fiables, pero que en su momento no fueron inocuos.

Durante ese tiempo, siguiendo este perfil y con la idea de prevenir delitos potenciales, se encarceló a personas que ni siquiera eran sospechosas de haber delinquido. Simplemente habían tenido la mala suerte de nacer con unas características físicas que chocaban con la deseabilidad social de la época.

Miedo al delito

La peligrosidad social está estrechamente relacionada con el miedo al delito. Esta es la alarma generada en la sociedad bajo la percepción que tiene de ser víctima de un delito. Así, si atribuimos más peligrosidad social a un grupo social que a otro, ese miedo aumentará en intensidad, se verá reforzado.

Es decir, por ejemplo, si creemos que las personas negras tienen una mayor tendencia a robar, nos vamos a sentir más inseguros cuando estén cerca y portemos objetos de valor. Así, no es raro que terminemos rechazando cualquier tipo de contacto con estas personas y que modifiquemos nuestro estilo de vida, siempre con una idea de fondo: la de protegernos frente a esos robos potenciales.

Hombre con ansiedad

El miedo al delito no deja de ser una percepción subjetiva fomentada por nuestras propias creencias y valores, así como por diversas fuentes externas que ayudan a normalizar y afianzar dichos pensamientos. Esta alarma puede llegar a provocar numerosas transformaciones en nuestro día a día, llevando a cabo comportamientos, tanto dentro como fuera de nuestra casa, que a nuestros ojos nos están protegiendo de ser víctimas de un delito pero que pueden llegar a asilarnos socialmente. Uno de los problemas de esta lógica aparece cuando este miedo es muy superior a la delincuencia real.

¿Cómo contribuyen los medios de comunicación?

Los medios de comunicación son uno de los agentes con más poder para potenciar este miedo al delito. El exceso de sensacionalización que ofrecen genera una imagen excesiva, y en muchos casos ilusoria, de la realidad.

Un ejemplo ilustrativo lo encontramos en el ámbito de los menores. Hace unos cuantos años todos los informativos se centraron en la noticia del famoso adolescente “asesino de la katana”. Había matado a sus padres y su hermana con una espada japonesa. Posteriormente, los mismo medios se dedicaron a informar sobre diferentes sucesos que habían llevado a cabo otros adolescentes. Eso hizo saltar las alarmas.

La consecuencia más inmediata fue un pensamiento compartido por una buena parte de la sociedad. Esta idea señalaba a muchos chicos menores de 16 años como potenciales agresores, sobredimensionando el número de ellos que podrían legar a cometer un acto de estas características. El temor giraba en torno a la idea de que los adolescentes se estaban convirtiendo en unos asesinos, por lo que se debían imponer penas más duras y tomar medidas que aumentaran la protección de sus posibles víctimas.

Hombre con televisión en la cabeza para representar las estrategias de la manipulación mediática

La realidad era que todos esos casos de los que se estaba informado eran muy puntuales. Las estadísticas oficiales y el día a día ofrecen datos muy distintos. Sin embargo, su naturaleza mediática hizo que la sociedad aumentara su percepción negativa sobre el delito y sobredimensionara la peligrosidad social de los jóvenes.

La peligrosidad social es un fenómeno cultural, variable en el tiempo y muy importante a la hora de orientar las políticas de seguridad ciudadana. El miedo al delito, estrechamente ligado a la percepción de peligrosidad social de un grupo, va a generar pensamientos y creencias nuevas que van a modificar nuestro estilo de vida y nuestra forma de relacionarnos con el entorno.