Personas adictas a las relaciones: esclavos del apego afectivo

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 16 junio, 2018
Valeria Sabater · 16 junio, 2018

El mal de amores existe, es real y las víctimas se cuentan por miles. Porque hay personas adictas a las relaciones que dejan cada día su dignidad y amor propio en el área de objetos perdidos para practicar un apego afectivo tan tóxico como destructivo. Son perfiles caracterizados por una clara inmadurez emocional donde el amor se convierte, de pronto, en un amargo sucedáneo con graves efectos secundarios.

Las personas adictas a las relaciones afectivas jamás darán forma a un vínculo saludable y feliz, porque lo que crean son rehenes. Estas parejas erigen en el día a día un escenario de cautividad no pactada, en un cuadrilátero de sufrimiento donde se sacrifican todo tipo de valores, todo tipo de principios morales, emocionales e incluso psicológicos.

Así, y como suele suceder en cualquier otro tipo de adicción, no es nada fácil romper con un hábito alimentado por esa feroz necesidad: la de ser parte de alguien, la plegarnos a los pies de una persona para sentirnos completos, nutridos, realizados. Cuando el cerebro se acostumbra a esa dinámica, a ese sucedáneo de mal amor o de droga envenenada, resulta muy difícil desapegarnos de la rutina conocida…

“Hay que amar siendo libre: “Yo no te necesito, te prefiero, te elijo”.

-Walter Riso-

Corazón atado con cuerdas simbolizando las personas adictas a las relaciones

¿Cómo son las personas adictas a las relaciones?

Las personas adictas a las relaciones afectivas son como cualquier otra. Tienen sus trabajos, su rodaje personal, sus gustos, sus pasiones, sus virtudes, sus defectos. Con esto queremos expresar una idea sencilla: la adicción al amor no tiene edad, ni estatus, no discrimina y puede darse en muchos de nosotros sin que nos demos cuenta de ello. Sin que hayamos percibido aún que, tal vez, nuestra relación sentimental tenga componentes claramente adictivos.

Ahora bien, si profundizamos en el estrato de ese músculo que conforma la esencia nuestras necesidades afectivas, nos daremos cuenta de algunas cosas. La primera es que hay dos tipos de adictos a las relaciones. El tipo 1 define a aquellas personas que necesitan tener siempre una pareja. Su principio se resumiría en eso de “uno no se enamora de quien quiere, sino de quien puede, pero lo importante es amar, tener a alguien”.

El adicto tipo 2 actúa como un cepo. En cuanto inician una relación, quedan enganchados, atrapados a ella. No la dejarán, aunque esta sea dañina, aunque esta vulnere todos los cimientos de su dignidad. Asimismo, tanto el adicto tipo 1 y tipo 2 presentan características comunes: miedo a la soledad, falta de una identidad clara de ellos mismos, falta de autoestima, búsqueda constante del afecto y la validación del otro, derivan en conductas extremas con el fin de mantener la relación y presentan ansiedad extrema cuando se percibe que algo falla…

Pareja abrazada simbolizando las personas adictas a las relaciones

Toda esta sintomatología que perfila a las personas adictas a las relaciones tiene casi el mismo patrón que un trastorno por abuso de sustancias. El cerebro necesita esa dosis de apego obsesivo, ese nutriente que nos brinda el otro aunque el suyo, sea a menudo un amor adulterado y tóxico. De este modo, y poco a poco, terminamos por ser incapaces de regular nuestra conducta. Hasta el punto de llegar a situaciones extremas: trastornos de ansiedad, trastornos alimentarios, intentos de suicidio…

¿Qué pueden hacer las personas adictas a las relaciones para terminar con esa dinámica?

Es muy difícil dejar de fumar cuando aún seguimos con un cigarrillo en la mano. Por tanto, nos será igualmente complicado dejar una relación adictiva cuando continuamos alimentándonos de unas mismas ideas, de una nicotina afectiva que destruye el amor propio.

Hay quien llega a terapia quejándose de que siempre termina enamorándose de las personas equivocadas, de las más “dañinas”, insisten. Es como si sus cerebros estuvieran programados para caer en las mismas dinámicas dañinas; en lugar de aprender del pasado y de las malas experiencias vividas, derivan una y otra vez en situaciones semejantes. ¿Por qué ocurre? ¿Por qué les resulta tan difícil a las personas adictas a las relaciones terminar con estas conductas?

Básicamente porque aún no han entendido la repercusión de esa “amorodependencia”. Porque son vulnerables, con baja autoestima, con una necesidad de apego poco saludable y porque necesitan trabajar en una serie de aspectos clave. Son los siguientes.

Cómo afrontar mi adicción afectiva

  • Es necesario reconocer la propia adicción en las relaciones afectivas y las consecuencias de las mismas. Seamos honestos con nosotros mismos y reconozcamos que hay algo que no va bien. Abramos los ojos y practiquemos el realismo afectivo.
  • Hay que entender que el tendón psíquico y emocional de toda relación es el respeto y el autorrespeto. Sin él no merecemos amar ni ser amados, porque lo que no se respeta se descuida y se hace añicos.
  • Asimismo, es vital entender otro aspecto. El apego, la necesidad obsesiva por tener a alguien a nuestro lado a cualquier precio y en cualquier situación por dañina que sea, nos corrompe como personas, nos degrada, destruye todo nuestro potencial.
  • A menudo, hacemos de nuestros deseos una necesidad. Tras la frase “deseo ser amado” se esconden muchas veces necesidades que es necesario explorar, entender. Si necesito reconocimiento, validación o defenderme de la soledad a toda costa, no tengo por qué buscar rehenes para que satisfagan esos deseos. Esas dimensiones deben ser cubiertas en primer lugar por mí.
Candado con corazón simbolizando las personas adictas a las relaciones

Las personas adictas a las relaciones afectivas deben dar el paso y hacerse una simple pregunta: ¿qué prefiero: el mal de amores o la salud afectiva? Si se elige lo segundo, solo queda un camino, uno en apariencia simple pero que requiere un profundo trabajo interior. Se trata de trabajar la propia autoestima, de edificar una dignidad fuerte, valiente y reluciente capaz de liberarnos, de crear lazos enriquecedores donde no hayan rehenes: solo personas libres que se eligen para construir un proyecto en común.