Pitágoras, biografía del primer matemático puro

Edith Sánchez · 12 junio, 2019
Este artículo ha sido verificado y aprobado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas el 12 junio, 2019
El comienzo de las matemáticas, en manos de Pitágoras, es una historia en la que lo mágico se combina con lo racional de una forma sorprendente. Este personaje tenía más de mago que de hombre de ciencia, pero hizo aportes fundamentales al pensamiento humano.

Pitágoras, como otros grandes genios de la historia, era un hombre profundamente racional y, al mismo tiempo, decididamente místico y lleno de ideas extrañas. Él es una prueba más de que la locura y la genialidad, en sentido literal, suelen estar unidas.

Existe una gran dificultad para reconstruir la biografía de Pitágoras, el primer matemático puro de la historia que jamás escribió. Lo que se sabe de él llegó a nosotros a través de sus seguidores. Sin embargo, los primeros escritos en torno a su vida datan de, al menos, 150 años después de su muerte y presentan serias contradicciones.

“Prefiero el bastón de la experiencia que el carro rápido de la fortuna. El filósofo viaja a pie”.

-Pitágoras-

El propio Pitágoras amaba el secreto y fundó una confraternidad que era sumamente hermética. Más allá de las matemáticas, se dedicaban a actividades esotéricas y de carácter místico, los pitagóricos conformaron una especie de culto religioso impenetrable. Por eso, no querían que nadie se inmiscuyera en sus asuntos.

Cubos de madera

Un genio en formación

Se sabe que Pitágoras nació en Samos, probablemente en el año 569 antes de nuestra era. Aparentemente, era hijo de un mercader, al que acompañó en muchas de sus correrías. Se tiene constancia de que recibió una buena educación, la cual incluía poesía e interpretación de la lira.

Lo más probable es que sus dos grandes maestros hayan sido Tales de Mileto y Anaximandro, discípulo del primero. Parece que el propio Pitágoras los buscó para formarse con ellos cuando tenía entre 18 y 20 años. Quedó sumamente impresionado por sus conocimientos en matemáticas y cosmología. Tales le aconsejó ir a Egipto para profundizar en el mundo de los números.

Todo parece indicar que Pitágoras viajó durante varios años. Haciéndole caso a su maestro fue a Egipto, pero también a Fenicia, Babilonia, Arabia y quién sabe a cuántos lugares más. Al parecer, estuvo preso en Babilonia y allí entró en contacto con una secta de magos de la época.

No se sabe cómo fue liberado, pero sí que, luego de ello, viajó a Crotona, en el sur de Italia. Allí, dio inicio a su propia escuela que podría haber contado con más de 300 miembros en su mejor momento.

La vida de Pitágoras en Crotona

El contacto con los magos, o magies, generó una marca indeleble en Pitágoras. Estos trabajaban con la astrología, la demonología y la magia. Practicaban la religión mistérica, o culto mistérico. En razón a sus creencias, el matemático comenzó morando en una cueva secreta, donde se dedicaba a estudios privados.

En Crotona, fundó la Escuela Pitagórica que, para muchos, se trataba más bien de una secta. La admisión en la misma era difícil y estaba mediada por una serie de ritos iniciáticos. Imponía a sus miembros costumbres rígidas y severas. Los integrantes más destacados convivían juntos; otros acudían únicamente como oyentes.

Los pitagóricos no consumían carne, no vestían con prendas que hubieran sido elaboradas con pieles de animales y practicaban el ascetismo. También mantenían en secreto sus actividades, deploraban la democracia y se dedicaban al estudio de la cosmología, las matemáticas y los misterios.

También creían en la Metempsicosis, que postula que los elementos psíquicos de un muerto pasan a otro cuerpo tras el deceso. Es una variante de las creencias sobre la reencarnación, que también se conoce como ‘trasmigración de las almas’. De ahí, parte de la importancia de no consumir animales ni hacer prendas con sus pieles. El alma buscaría otro cuerpo que habitar tras la muerte hasta llegar a la liberación, para ello, los pitagóricos seguían una serie de pautas o normas éticas.

Persona escribiendo el teorema de Pitágoras en la pizarra

La muerte de Pitágoras

Sobre la muerte de Pitágoras también hay muchas dudas. La versión más aceptada es que, al oponerse a la democracia, su escuela fue atacada por los partidarios de esta opción política. Los agresores prendieron fuego y el filósofo tuvo que escapar. Parece ser que, durante su escape, se topó con un campo de habas, vegetal al que le tenía fobia. Allí fue alcanzado y asesinado.

Hasta el momento, no se sabe con exactitud cuáles fueron los aportes específicos de Pitágoras a las matemáticas. Los conocimientos eran construidos colectivamente en su escuela (o culto) y, como consecuencia, la autoría de sus aportaciones es dudosa. Sin embargo, se sabe que el grupo asentó las bases de la aritmética, la geometría y las matemáticas.

Los pitagóricos también realizaron importantes avances en el campo de la música, muchos de los cuales se mantienen vigentes. Asimismo, enriquecieron los conocimientos en astronomía. Pitágoras decía que el sol era una esfera peligrosa y que alrededor de ella giraba el universo. También representaba la Tierra como una esfera.

Los pitagóricos le rezaban al número 10, considerado el número que expresa la totalidad. Pitágoras decía que los animales le hablaban y que él podía dominarlos con la voz. También que podía escribir sobre la faz de la luna. Se cree que mató a un hombre por haber postulado y demostrado la existencia de los números irracionales.

Su vida sigue siendo un misterio en la actualidad, las autoría de algunas de sus aportaciones son dudosas, pero no hay duda de que se trata de uno de los filósofos y matemáticos más trascendentales.

Hoy, siglos y siglos después, seguimos estudiando a Pitágoras y su peculiar escuela en nuestras aulas, pues muchos de sus descubrimientos siguen en vigor. Magia y racionalidad, espiritualidad y ciencia, Pitágoras y su escuela lograron grandes avances combinando disciplinas.

  • Guijarro, S. G., & Sánchez, Á. N. (2013). Vidas de filósofos y Hechos apócrifos de los apóstoles: algunos contactos y elementos comunes. Estudios clásicos, (143), 65-92.