¿Por qué a veces culpamos a la víctima?

Fátima Servián Franco · 7 mayo, 2018

Ante la sentencia del juicio contra “la manada” muchas personas se preguntan, ¿por qué en algunas ocasiones culpamos a la víctima o le atribuimos una parte de responsabilidad? Este tipo de atribuciones son más frecuentes cuando compartimos alguna característica con el agresor.

También son frecuentes cuando no queremos ver peligrar nuestra sensación de control (si la culpa es de los agresores y no de la víctima, es que a nosotros también nos puede pasar). Esta última atribución la suelen hacer personas que comparten características con la víctima: si fue ella la que cometió algún “error/imprudencia”, obtienen una “falsa sensación de seguridad”: si no cometen el mismo “error/imprudencia” a ellas no les pasará.

Al pensar que la responsabilidad es de la persona que ha sufrido la agresión, nos sentimos más seguros porque creemos que controlamos la situación. Es decir, creemos estar a salvo siempre que hagamos “lo correcto”. Esta creencia actúa de forma inconsciente culpabilizando a las víctimas, incluso cuando la víctima es uno mismo.

En cualquier clase de violencia de género, la atención, en parte, se centra en la posible responsabilidad de la mujer. Como ejemplo tenemos las campañas de prevención y educación, que siempre se centran en las “medidas de seguridad” que deben adoptar ellas.

Es decir, la única que parece obligada a hacer algo para evitar las agresiones es la mujer. En este sentido, las campañas de información y prevención deberían apuntar con más frecuencia a otros objetivos, como los agresores potenciales e incluso a la sociedad en conjunto, con el objetivo de no contribuir de manera indirecta a esta culpabilización.

Las buenas personas no se concentran en el condenado, sino en la víctima.

¿Por qué algunas personas no se resisten cuando son víctimas de abusos sexuales o violaciones?

Las personas tenemos en el sistema nervioso un complejo entramado que nos paraliza cuando hay un peligro en el que no es posible la lucha o la huida (o es posible, pero no se valora como la mejor respuesta). Hablamos de un recurso como forma extrema de supervivencia. Cuando hay sexo consentido y hay inmovilización el cerebro produce oxitocina, la hormona del amor, que evita que haya trauma.

Pero cuando el sexo es forzado, la persona se paraliza y congela y esto es visto por el violador (o por observadores externos) como una oportunidad o como un consentimiento. Paradójicamente la persona abusada, que es la víctima, se queda traumatizada de la vergüenza y el abusador se va sin ningún tipo de apuro para su conciencia.

Todas las víctimas son iguales, y nadie es más igual que otro

Cuando culpamos a la víctima, ¿nos ponemos en su lugar o seguimos en el nuestro?

Cuando culpamos a la victima de la agresión, posiblemente estemos defendiéndonos de algo. Las atribuciones que hacemos sobre los hechos minimiza el peso con el que queremos que la justicia recaiga sobre los agresores, aceptando entonces sentencias menos duras.

Puede que aún vivamos en un mundo donde los derechos de las mujeres estén sobre un fino alambre, pero, hay algo más en esta postura psicológica de ir en contra de la víctima. Quizás los hombres que defienden, en este caso, a los cinco condenados de agresión sexual en el juicio de “la manada” solo observen las atribuciones desde su punto de vista y en algún sentido entiendan que indirectamente se les está atacando.

Cuando culpamos a la víctima puede que nos estemos defendiendo de algo.

Mujer triste mirando hacia el suelo por situación de maltrato

En el caso de las mujeres que piensan que la víctima fue en parte responsable, puede que lo hagan para tener la ilusión de controlidentificando aquellos factores que impedirían que a ellas les sucediera lo mismo. Todos hemos escuchado comentarios de otras mujeres diciendo; “a mí no me pasaría eso”, “yo actuaría de otra manera”. Al final, lo único que sabemos de estas situaciones es que nunca sabemos cómo actuaríamos.

Es lícito ponerse en lugar de los acusados, pero todos hemos visto un vídeo donde cuatro de los condenados de “la manada” abusaban de una chica inconsciente. En este caso, las atribuciones están claras y la ciencia nos da la respuesta a por qué una persona, cuando no puede ni luchar ni huir, se queda paralizada. Ahora sí, toca ponerse de verdad en el lugar de la víctima.

“No estás sola. Hermana yo te creo”