¿Por qué la gente agrede? 4 determinantes de la agresión

26 Julio, 2019
Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga Loreto Martín Moya
La agresión es una forma de relación social muy arraigada. No obstante, su aparición puede estar mediada por aspectos de la situación independientes al estímulo que provoca el enfado. Estos aspectos están relacionados con el medio. En este artículo hablamos de la relación de la agresión con la temperatura, el hacinamiento y el ruido.
 

La violencia es un tipo de interacción social basada en una forma de relacionarse concreta: la agresión. A pesar de los matices negativos generados en torno a la violencia, lo cierto es que está muy arraigada en nuestra sociedad, y es y ha sido un engranaje clave para el desarrollo de nuestra civilización. ¿Es por ello por lo que la gente agrede?

La agresión y la violencia se encuentran en mayor o menor medida en prácticamente todos los seres humanos. Esto se puede observar en el enorme público que avala y disfruta las películas con temáticas sangrientas, existiendo un catálogo muy extenso.

Además, todos los pueblos, también los civilizados, necesitan de policía y ejército. Esto podría deberse al impulso de muchos seres humanos —aunque al final no tenga lugar— de resolver los problemas a partir de soluciones violentas.

Tipos de agresión: afectiva e instrumental

Algunos definen la agresión como una conducta que hace daño a otro ser vivo. Otros autores como Berkowitz añaden la intencionalidad a esta definición, considerando la agresión como una conducta cuya intención es hacer daño.

Buscar agredir a otra persona puede constituirse como un fin en sí mismo —es decir, el objetivo es que la persona sufra— o conseguir algo a través de esa agresión —suele ser la más común—. En base a esto, existen dos tipos de agresión:

 
  • Agresión afectiva: a través de este tipo de violencia, la gente agrede basándose en el afecto. El objetivo principal es dañar a la otra persona. Suele ser un tipo de agresión basada en el impulso y no premeditada.
  • Agresión instrumental: en este caso, la gente agrede para conseguir otros fines después de esa agresión. Estas ganancias pueden ser muy variadas: conseguir que no nos hagan daño —defensa propia—, beneficios materiales —que una persona nos dé todo su dinero— o simbólicos —ser considerados fuertes en nuestro círculo social—.
Pareja gritándose

¿Por qué se producen agresiones?

Siendo una agresión el resultado de la frustración, un instinto o una descarga de energía inevitable (Miller, 1939), lo cierto es que hay ciertas situaciones donde hay más probabilidades de que la gente agreda, y donde, de hecho, la gente agrede más.

Estas situaciones tienen que ver no con las personas con las que nos enfrentamos ni lo que nos han hecho: tiene que ver con las claves del medio. Por ello, factores como la temperatura o el hacinamiento van a provocar una mayor conducta de agresión en las personas que se encuentran en ese contexto. A continuación, se explican esos 4 determinantes.

 

Situaciones próximas: transferencia de la emoción

Zillmann propone a través de su teoría de la transferencia de excitación, que la activación emocional previa al momento que propicia la agresión es un determinante para que esa persona elija agredir o no.

Según Zillmann una persona no solo agrede por la activación inespecífica y los procesos cognitivos que se generan en la situación emocional que se está viviendo, sino que también puede ser consecuencia de una situación pasada. Su teoría es que parte de la activación de la emoción anterior se transfiere a la nueva situación.

Esto parece intuitivo; no obstante, cuando una persona sale de una situación que la ha activado emocionalmente, esa activación va disminuyendo hasta, aparentemente, desaparecer.

Aunque la persona haya dejado de sentir esa activación, lo cierto es que tiene más probabilidades de agredir que una persona que no ha estado activada antes; es decir, como eco puede volver al mismo estado de manera más rápida. Esto quiere decir, que si hay algo que nos enfada, la activación emocional que surge de ese enfado será sumada a la activación previa, intensificando la respuesta que damos.

Es importante decir que la activación emocional previa no ha de ser necesariamente negativa. Si momentos antes se ha sentido una felicidad muy intensa, de igual modo esa activación se transferirá a la reacción de ira posterior, viéndose exacerbada. En las investigaciones acerca de la agresión, de hecho, se activaba a las personas a través de ejercicio físico. Los resultados eran los mismos.

 

Temperatura: calor y agresión

Con expresiones como “tener una discusión acalorada” se observa como la relación entre agresión y temperatura es algo muy arraigado socialmente. Anderson defendió que el calor es fuente de sensaciones aversivas que aumentan la probabilidad de una respuesta agresiva.

Por un lado, Anderson defiende que esto también puede aplicarse a las temperaturas bajas. En el modelo de afecto negativo-huida de Baron y Richardson (1977), se propone que es el malestar que genera el calor, es decir, el afecto negativo, y no tanto la activación que dan las altas temperaturas, lo que explicaría por qué en muchos casos la gente agrede. Lo que postula esta teoría es que si el afecto negativo sentido es moderado, la persona agredirá. Si el afecto negativo es excesivamente alto, se producirá una conducta de huida, disminuyendo la probabilidad de agresión.

Por último, el modelo cognitivo neoasociacionista defiende que en las temperaturas desagradables priman los pensamientos negativos y también la agresión. Esto se da con independencia de la presencia o no de causas a las que atribuir la agresión.

Ruido: síntoma de estrés y agresión

Otro de los determinantes por los que la gente agrede es el ruido. Los altos niveles de ruido han sido relacionados con afecciones físicas, psicológicas, estrés y problemas en el rendimiento; también con otros procesos muy interesantes como la disminución de la conducta de ayuda, y lo que nos atañe, el incremento de conductas agresivas.

 

Autores como Geen y McCown (1984) llevaron a cabo varios experimentos. Demostraron que las personas sometidas a altos niveles de ruido agredían más que aquellas personas que previamente se habían encontrado en contextos de silencio.

Baron y Richardson (1977) incluyeron una interesante variable: el control. Aunque es cierto que el ruido aumentaba también las conductas agresivas, cuando la persona creía que podía controlar el ruido aversivo, su conducta agresiva era menor que la de aquellos que estaban avocados a él sin que pudieran hacer nada.

Hombre gritando para representar cómo la gente agrede

Hacinamiento: medidas de control

La relación entre hacinamiento y agresión no está del todo demostrada. Ruback y Patnaik (1989) estudiaron la agresión en contextos de hacinamiento. Concluyeron que las conductas agresivas no estaban motivadas del todo por lo aversivo de estar hacinado, pero por la falta de control que el individuo percibía en la situación. Los individuos hacinados trataban de conseguir el control a través de conductas vandálicas.

Aunque la aglomeración está relacionada con procesos psicológicos como el rendimiento o la salud mental, no está del todo claro la relación con la agresión. De hecho, autores como Bagley (1970) defendieron que no es el hecho de estar amontonado lo que fomenta el comportamiento agresivo, pero otros elementos de esa realidad.

 

Al parecer, son varios los aspectos que pueden influir en que la gente agreda o deje de hacerlo. El hecho de que estos cuatro elementos estén en la situación no determina que la agresión vaya a tener lugar, solo la favorece. Por ello, no es justificación la agresión cuando uno está a cuarenta grados, aunque sea un factor de riesgo para que esta se desarrolle.

Otros factores, como la conducta de las personas con las que interactuamos, los determinantes culturales —como la cultura del honor—, los niveles de gestión emocional o los procesos de socialización de la violencia en el lugar donde vivimos son también elementos que pueden favorecer la violencia.

  • Enright, R. D., Freedman, S., y Rique, J., “The psychology of interpersonal forgiveness”, en Enright, R. D. y North, J. (eds.), Exploring forgivenessMadison, Wisconsin, University of Wisconsin Press, 1998, págs. 46-62.
  • McCullough, M. E. y Witvliet, C. V., “The psychology of forgiveness” en Snyder C. R. y Lopez S. J. (eds.), Handbook of positive psychologyLondon, Oxford University Press, 2002, págs. 446-458.