¿Por qué merece la pena que los niños hagan deporte?

Sergio De Dios González · 10 mayo, 2018

Pocas imágenes nos reconcilian tanto con el mundo como la de unos niños jugando, divirtiéndose. En esos momentos vemos como para ellos el tiempo y el espacio desaparecen, el futuro y el pasado. Ellos están ahí, pasándoselo como enanos. Es lo único que en cada gesto importa. Así, el deporte “inocente” va fortaleciendo sus músculos y ensanchando sus pulmones.

Por otro lado, estos mismos niños pronto pasan a practicar deporte de una manera mucho más reglada, controlada por jueces o árbitros e incluso tienen entrenadores. El ambiente entonces cambia: un gol o una canasta se transforma en algo más serio. Aunque ya no sea como antes, el hecho de que los niños sigan practicando deporte de esta u otra forma les confiere oportunidades de desarrollo únicas, más allá de la de ser una futura “estrella”.

Vamos con ellas.

Adquirir un compromiso y respetarlo

La práctica reglada de un deporte hace que los niños tengan que seguir una disciplina. Hay un momento para cambiarse, otro para calentar, otro para hacer una pequeña preparación mental, otro para competir, otro para gestionar la victoria y la derrota… Incluso, durante la semana puede haber determinadas horas programadas para los entrenamientos. De fondo hay un compromiso con el que el pequeño tiene que responder.

Niños haciendo atletismo

Un día le apetecerá más y otro menos, pero forma parte de un equipo y como uno de sus componentes tiene que responder con su aportación. Así, el deporte es un contexto fabuloso para que los niños aprendan a organizarse y a activar su voluntad para responder en determinados momentos.

Convivir con las expectativas

El deporte, ya a edades más pequeñas, se trasforma en un campo de rendimiento. El niño en muchas ocasiones, sin que nadie se lo diga, e incluso dejando a un lado un posible resultado, sabe cuándo ha estado acertado y cuándo no.

Así, aprenderá que muchas veces es él mismo el que precipita la derrota cuando en los primeros compases del juego no puede responder a, quizás, unas expectativas muy altas, y entonces se viene abajo. Aprenderá a aumentar estas expectativas cuando encadene buenas ejecuciones. También tendrá, gracias al deporte, la oportunidad de aprender a gestionar una derrota y levantarse para la siguiente competición. Incluso podrá reflexionar y entender, con ayuda, cómo las expectativas de los demás también condicionan sus elecciones, su ejecución y su rendimiento.

También podrá aprender a gestionar la frustración y los enfados con él mismo. Aquí los padres tenemos una preciosa oportunidad para intervenir y enseñarles a tener un diálogo interno constructivo, con el que no se maltraten. Y lo mejor es que podemos hacerlo en una época en la que nuestra palabra tiene mucho peso sobre los pequeños, antes de que empiecen la adolescencia y la influencia de los iguales empiece a ganar terreno.

Desarrollar sus sentidos

Muchas de las características del propio juego tienen que ver con las de la propia vida. Por ejemplo, en el campo hay personas que van contigo, que te apoyan, igual que en el trayecto vital. El niño, si hablamos de un deporte de equipo aprenderá que no está solo, para lo bueno y para lo malo. Que comparte intereses con un grupo de personas (ganar o hacer una buena marca) y que los resultados van a ser mejores si se apoya en ellos y, a su vez, si les apoya a ellos.

Niños jugando al fútbol

También aprenderá que se le puede dar la vuelta, a base de esfuerzo e inteligencia, a muchos proyectos que no empiezan bien. Un gol o una mala salida no implican la derrota final. Solo significa que será un poco más difícil de conseguir, pero no imposible. También aprenderá que hay determinadas acciones que los demás no pueden hacer por él, ya sea organizar el juego o mover las piernas rápido.

Podríamos seguir destacando paralelismos, pero quizás el último y uno de los más llamativos es que con el deporte los niños aprenden la importancia de anticiparse. Ya sea al juego, o al contrario. Aprenden que igual que una mala salida demanda un sobreesfuerzo, una buena salida o interceptar el balón antes de que llegue a los pies o las manos del contrario es una ventaja enorme. En este sentido, el deporte se convierte en un ejercicio privilegiado de atención sostenida para niños que cuentan con una corteza pre-frontal (aquella que se encarga de la organización del comportamiento y de la toma de decisiones) en pleno desarrollo.

Finalmente, por mucho que el deporte sea un escenario para el aprendizaje, nunca debe desligarse de esa imagen con la que comenzábamos el artículo. De esos niños en el parque, divirtiéndose y disfrutando. Porque quizás lo mejor del deporte en la infancia es que suele ser uno de los mejores hilos conductores para las primeras amistades y uno de los mejores argumentos que relatan historias de infancias felices.