¿Qué hacer con la incertidumbre?

La ambigüedad o la incertidumbre, en general, nos hace sentir vulnerables. Cuanto mayor es, más complicada se vuelve la toma de decisiones. Pero, ¿de qué otras formas nos afecta? ¿Es verdad que siempre nos resulta aversiva?
¿Qué hacer con la incertidumbre?
Gema Sánchez Cuevas

Revisado y aprobado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas.

Escrito por Edith Sánchez

Última actualización: 02 julio, 2022

Parece que nos encantan las certezas, aunque la constante en nuestro devenir sea la incertidumbre. Lo cierto solo habita en nuestra mente, siendo una ilusión que nos conforta y nos facilita determinadas decisiones. Por otro lado, en determinadas circunstancias también sucede al contrario, ya que a muchos de nosotros nos encantan de vez en cuando las sorpresas o disfrutar del acto de descubrir lo que va sucediendo.

Un cierto nivel de certeza nos da sensación de control, pero la certeza total también puede producirnos la sensación de indefensión. ¿Para qué vamos a intentar evitar un evento negativo si tenemos la certeza de que, hagamos lo que hagamos, lo vamos a experimentar? En el otro lado, la incertidumbre, en cambio, puede provocar diversas respuestas. Por lo general, no es fácil asumirla y es posible incluso que se le rechace o pretenda negársele.

Es común que lo imprevisto provoque respuestas más o menos ansiosas. De pronto, nos damos cuenta de que no todo estaba bajo control. Más que eso incluso, lo que inquieta es la duda que se extiende hacia el futuro. La incertidumbre toma la forma de un interrogante y provoca diversas reacciones. Veamos.

Esperar otorga el espacio para ser introspectivo, acoger la situación y observar para encontrar la mejor respuesta. Es calmar la mente y permitir que la intuición hable”.

-Myriam Subirana-

Mujer preocupada mirando por la ventana
La incertidumbre suele generar angustia ante lo inesperado.

La resistencia, una respuesta a la incertidumbre

Aunque muchas veces no nos demos cuenta, todo el tiempo estamos haciendo previsiones y desarrollando planes. Algunos son muy automáticos, como el programa rutinario de levantarnos, poner los pies en el suelo, etc. Al final del día, del mes, del año, etc., esperamos haber cumplido ciertos objetivos que a veces son muy claros y otras no tanto.

Lo cierto es que en ese trasegar también aparecen obstáculos o sucesos no previstos que alteran los planes. Así es como la incertidumbre nos muestra su cara. Hay personas que reaccionan a esos cambios con resistencia, esto es, con rechazo a lo que entorpece el avance previsto.

Lo que sucede entonces es que buscan aferrarse a su plan original, tal y como lo tenían concebido. Hay tensión entre lo que la realidad plantea y la determinación de no hacer cambios. Aparece la irritación y si no se hace una evaluación desapasionada de lo que ocurre, es posible que la obstinación conduzca al estancamiento o a la frustración.

Conformismo, otra actitud ante la incertidumbre

En la orilla opuesta de la resistencia está el conformismo. Tiene lugar cuando una persona acepta los hechos inciertos como si se trataran de una fatalidad frente a la cual no hay nada que hacer, con la excepción, quizás, de quejarse.

Se habían planeado las cosas de una manera, pero salieron de otra, entonces no queda otra alternativa que renunciar a lo previsto y resignarse. Es decir, que si los planes o proyectos no se cumplen al pie de la letra significa que no sirven y la realidad se encarga de demostrarlo.

En estos casos, también hay enfado y frustración, pero, sobre todo, un sentimiento de impotencia. Es este el que lleva a pensar que no hay alternativas, o no hay energía disponible para intentar otro camino. Así las cosas, la incertidumbre se convierte en la fuerza “del destino” que termina decidiéndolo todo. La persona es un objeto de las circunstancias y el resultado es la resignación.

Hombre y mujer preocupados
En contextos de incertidumbre, a veces se experimenta la sensación de no control que conlleva frustación.

Espera activa

La espera activa es una respuesta saludable frente a la incertidumbre. En este caso se acepta lo imprevisto: el plan que no salió, el proyecto que no fructificó o el deseo que no se cumplió. Esto se asume como un hecho dado, frente al cual, de todos modos, algo se puede hacer. Y ese algo no es ni obstinarse, ni conformarse.

Lo que ocurre en una persona que tiene una actitud de espera activa frente a la incertidumbre es que asume lo imprevisto, o lo que contraría, como una falla que debe resolverse. Lo que está mal no es la realidad, sino el plan. Esto no significa que no sirva, sino que debe evaluarse y ajustarse. Sin embargo, no siempre se logra detectar de inmediato qué es lo que falla.

Es entonces cuando la espera cobra sentido. Hay algo que se escapó, o que no se vislumbró, o que se miró de forma errónea. Aunque no sea fácil descubrirlo, se emprende la tarea de hacerlo. Esa tarea también es incierta: no se sabe si se llegará a un resultado efectivo, pero se intenta lograrlo por todos los medios.

En la actitud de la espera activa hay confianza en la persona y confianza en la realidad. Se asume el tropiezo como un mensaje que llama al cambio. De este modo, se pone en tela de juicio la propia perspectiva, desde una visión crítica. Esto lleva, con el tiempo, a reajustar el plan o a hacer una reestructuración de fondo, si es necesario.

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