¿Qué nos ha enseñado el caso de Nadia?

Cristina Roda Rivera · 15 febrero, 2017

Un gran plató donde se tratan los más variopintos temas abre su sesión matinal con rostros compungidos, actitudes de rectitud e indignación y caras de perplejidad y espanto. Nadia, la niña enferma, a la que su padre ha paseado por todos los platós televisivos, ha terminado por ser la escenificación de un fraude.

La indignación entre los ilustres periodistas y directivos de la cadena es máxima. Se sienten estafados y asumen el rol de víctimas. Quizás los niveles de audiencia hayan subido a cuotas considerables cuando la niña aparecía en plató. Ayudar a unos padres, una niña enferma y la caridad siempre da mucho juego, no menos morbo y da la oportunidad a muchas conciencias de encontrar paz.

Cuando ocurre algún suceso macabro y este se ve reflejado en la prensa, muchas de las personas que conocían al agresor, asesina o violador aseguran que este parecía normal y amable. Los informativos se encargan de ponernos sobre alerta de que estamos rodeados de personas peligrosas que no parecen serlo.

Sin embargo, ellos con sus rostros de dolor protocolario y gran puesta en escena han resultado ser en este caso “el vecino que nunca saludaba”. Es lo que hemos aprendido del caso Nadia.

Nadia: la niña enferma que paseaba por los platós de televisión

A veces estamos rodeados de personas que puede ser puntualmente perjudiciales para la sociedad, aunque aparezcan disfrazadas de “padre coraje”. Hemos aprendido con este caso que la ignorancia crece a la misma tiempo que los ingresos de los “mass- media“.

Muchas personas tenemos “poco corazón” al no compartir bebés con tumores por redes sociales, al afirmar que pararíamos un embarazo ante una malformación grave congénita, al decir que no creemos en la caridad como forma de adquirir verdadera dignidad social y que lo de las terapias alternativas, cuanto menos, nos suena un poco raro. Solo un poco, solo con algunas, pero raruno. Somos catalogadas de personas escépticas, sin el menor sentido de la empatía y la comprensión para muchos.

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Pese a ello, aún existe un sector importante de la población que jamás hubiera convertido a una niña en la protagonista de un espectáculo bochornoso. Una consecuencia del auge de la pseudociencia, de la mercantilización del dolor y de los intereses por aupar la caridad y las “muestras de comprensión” ante el sufrimiento ajeno para parecer buenas personas, antes que evitar terminar promoviendo todo lo contrario.

La pseudociencia y los remedios mágicos en prime-time televisivo

Programas de televisión con tertulianos que no saben diferenciar la tricotiodistrofia de una enfermedad terminal. Ni la más mínima intención de hacerlo, puesto que asumen que su público es lo suficientemente ignorante y ellos atesoran la suficiente fiabilidad como para que no se les ocurra buscarlo en google.

Un público que cree que una cueva de Afganistán se esconde un reputado médico especializado en manipulación genética que a través de la realización de agujeros en la nuca podría salvar a Nadia de la muerte.

Nadie se preocupó por entrevistar a Juan Ferrando, del Hospital Clínic de Barcelona o a la genetista Ana Patiño, de la Clínica Universidad de Navarra, que confirmó con un análisis genético la tricotiodistrofia de la niña en 2006. Ambos atónitos ante la exposición mediática del caso y la recaudación de fondos para esta niña de 11 años que será sometida a un tratamiento experimental en Houston del que no tienen constancia de su existencia.

El padre, ataviado con distintos abalorios místicos en su cuello, asegurando tener constancia de este tratamiento por científicos de la NASA, deja compungidos a tertulianos y presentadora. Dispuesto a darlo todo pese a padecer él mismo un cáncer de páncreas (del que no existe constancia alguna).

De la estafa a la pornografía: la certeza del desvarío moral televisivo

Tras saber que todos (incluyen a todos, por no asumir que solo ellos hicieron este show) han sido engañados, los programas de televisión asumen su culpa como aquel que dice que que tiró a un perro por la ventana porque pensó que había un colchón esperándole en el suelo. Sin la menor autocrítica, sin apelar a su responsabilidad por la propagación de la ignorancia, estos espacios se hacen eco de las supuestas fotos de contenido sexual de la niña.

Antes de dar paso a contenidos del corazón, se dedican a explicar detalladamente cuáles eran las posturas de la niña en esas fotos, cómo y desde que ángulo podrían haber sido tomadas. Si la niña estaba desnuda, si la niña estaba drogada. El escarnio público no tienen fin. El padre malo y la madre ignorante ya están procesados, pero ellos siguen haciendo caja y perpetrando una intromisión al honor e intimidad de la pequeña.

Quizás Nadia no muera tan pronto como muchos han afirmado, pero su intimidad ha quedado vulnerada de por vida.

Qué nos ha enseñado el caso Nadia

El caso de Nadia nos ha enseñado muchas cosas. Nos ha enseñado que unos padres pueden ser lo peor que le pase a una hija, por más que nos escandalicemos. Nos ha enseñado la “labor exhaustiva” de investigación de ciertos periodistas ante un caso tan delicado.

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Nos ha enseñado que unas fotos de contenido sexual de una niña de 11 años -a la que todo el mundo conoce- pueden seguir subiendo audiencias. Que los medios no tienen la más mínima intención de mostrar rigor. Que las terapias que son un timo pueden recaudar en nuestras televisiones más dinero que una investigación médica seria.

Que ponemos el televisor y escuchamos esos detalles sin pensar que Nadia puede ser algún día cualquier persona de nuestro entorno. Que el espectáculo y la audiencia lo justifican todo y que los vecinos que siempre saludaban pueden estar a un botón del mando de nuestro televisor. Solo queda pedir perdón como espectadores de este circo sin haber puesto una denuncia por ello.

Solo queda pedir perdón a todas esos padres y madres que luchan cada día por una terapia justa y eficaz para las enfermedades de sus hijos, creyendo más en la justicia que da la efectividad de la investigación y la ciencia que la caridad hipócrita de un programa de la parrilla televisiva. Perdón a todos ellos y sobre todo a Nadia. Nunca debiste pasar por esto y los demás permitirlo.

Imágenes de El confidencial y El periódico