¿Qué sucede cuando las compras enmascaran la tristeza?

Edith Sánchez · 18 julio, 2017

Ir de compras se ha convertido en un plan de diversión o entretenimiento para muchas personas. No siempre ha sido así. Antes, las compras eran un tema de abastecimiento, que formaban parte de lo necesario y rutinario. Hoy en día, en cambio, irse de tiendas es para muchos una vía para relajarse, disiparse e incluso parte de un reconstituyente o “terapia”.

Una realidad como esta solo es posible en el marco de una sociedad consumista. No fueron los gustos y las preferencias de las personas los que dieron origen a ese placer por ir de compras. Más bien ocurrió al contrario: las nuevas formas de economía y de mercado originaron nuevos gustos y preferencias en la forma de gozar del tiempo libre. En este hábito, por supuesto,también tiene mucho que ver la publicidad, que hace de lo accesorio una necesidad.

El que compra lo superfluo, pronto tendrá que vender lo necesario”.

-Benjamín Franklin-

Antes los supermercados estaban diseñados para que el cliente encontrara fácilmente lo que buscaba y punto. Ahora se han convertido en monumentos a la arquitectura, con todo un conjunto de comodidades y de posibilidades de diversión. Básicamente funcionan como centros de entretenimiento y se han convertido en un punto de referencia social.

Ir de compras: ¿positivo o negativo?

Es un hecho que estamos en una sociedad consumista y que todos participamos de alguna manera para la conservación de esta dinámica. Es un hecho también que por más austeros que seamos, el ir de compras nos brinda una satisfacción. Además de la necesidad que llenamos al adquirir un artículo, también comprar nos proporciona una sensación de poder y abundancia que es difícil de conseguir con otras actividades.

Amigos con muchas bolsas de compras

Hay estudios que prueban que el cerebro se ve beneficiado al ir de compras. En una investigación de la Universidad de Brunel se observó este fenómeno. Ver algo que te guste, desear adquirirlo y comprarlo activa algunas zonas cerebrales que liberan dopamina. Tu estado de ánimo mejora y te sientes más feliz. Esto se ha verificado.

Por otro lado, el cerebro también reacciona de la misma manera a otro tipo de estímulos. Tu estado de ánimo también mejora cuando haces deporte o realizas una actividad gratificante como bailar o tejer. Lo mismo sucede si te hacen un piropo que evalúas como sincero o si te sumerges a fondo en una lectura. Sin embargo, el mercado se ha encargado de estereotipar la satisfacción y dirigirla hacia un centro comercial (es lo que le interesa al mercado).

No tiene nada de malo y sí mucho de positivo cuando vas de compras de una manera consciente y responsable. Las dificultades surgen si la visita continua a los centros comerciales intenta ser una salida para una sensación de malestar que sabes gestionar de otra manera. En esos casos las compras no ayudan a mejorar tu estado de ánimo, sino que contribuyen a encubrir un problema o incluso a crear otro.

Piensa que quizás el malestar se pase mientras estás viendo escaparates, entrando y saliendo del probador o imaginándote estrenándolo mientras lo pagas. Pero… ¿cómo te sientes una vez que han pasado estos breves momentos álgidos, mejor o peor que antes?

Ir de compras para gestionar el malestar

Se ha vuelto frecuente escuchar a muchas personas diciendo que se van de compras porque están deprimidas y quieren mejorar su estado de ánimo. O que ir de compras es su terapia para “olvidarse” de los problemas. Los centros comerciales se han convertido en un lugar para tramitar duelos y apaciguar corazones oprimidos. Adquirir productos nos ayuda a olvidarnos de que somos limitados, finitos y problemáticos.

Mujer preocupada por comprar tanto

En estas condiciones, no es raro que alguien concentre su agenda de tiempo libre en visitas a centros comerciales u otros negocios. Tampoco es extraño que experimenten una honda frustración cuando no pueden hacerlo, o que trabajen para contar con los ingresos que les permitan mantener un “tren de vida” muy alto.

El complemento perfecto de este esquema son las tarjetas de crédito. Hasta hace unas décadas eran un producto enfocado a gente de negocios o con altos ingresos. Ahora te las ofrecen en cualquier parte y facilitan al máximo su adquisición. La tarjeta de crédito elimina las barreras a la hora de ir de compras porque mientras compras no ves lo que te gastas. Sales endeudado y feliz a seguir con tu vida.

Sin darte cuenta, tu vida se va empobreciendo en muchos sentidos. Buena parte de tus ingresos termina desviándose para el pago de los créditos adquiridos. Además, tu mundo se va volviendo unidimensional.

Dejas de encontrar satisfacción en actividades gratuitas que no impliquen una transacción. Sin saber cómo, has entregado el control a los expertos del marketing. Al final, tú eres el que paga: lo que compraste, lo que dejaste de vivir y las consecuencias del conflicto que no resolviste y que intentaste meter debajo de la alfombra para no verlas, a base de gastar dinero y recursos en artículos que no necesitas.