Realidades que necesitamos aceptar

05 Julio, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por el psicólogo Sergio De Dios González
Con aquello que no nos gusta, tenemos varias opciones. Una de ellas es cambiarlo, otra aceptarlo. Sin embargo, por las características particulares de algunas de estas realidades, en ocasiones solo contamos con la segunda opción.
 

Frente a lo que nos disgusta, tenemos diferentes maneras de posicionarnos. Podemos quejarnos de nuestra mala suerte, ponernos manos a la obra para cambiarlo, aceptarlo y trabajar para que no sea ese punto al que se dirige nuestra mirada de manera sistemática. Podemos incluirlo en nuestro discurso, podemos excluirlo de él. Tenemos la opción de aceptarlo en nuestros pensamientos o tirar a la basura mental a todos aquellos que hagan referencia a eso que no nos gusta. Sin embargo, de una manera o de otra, hay realidades que necesitamos aceptar.

Es decir, hechos o fenómenos que existen y van a seguir existiendo; así, para que no condicionen o contaminen nuestro bienestar, no nos va a quedar más remedio que aprender a convivir con ellos, igual que lo hacemos, por ejemplo, con muchas de las manías que tienen los demás y que tampoco nos gustan demasiado.

Mujer pensando mirando por la ventana
 

La imperfección

El error. Podemos optar por la posición, un tanto romántica de considerar al fallo una fortuna. Sin él no podríamos aprender, superarnos, experimentar esa sensación tan fabulosa de que avanzamos. Ayer lo hacíamos mal o regular, hoy mejor.

Uff, sin embargo, ¿cuántos olvidos no nos han causado rabia? ¿Cuántos vasos han terminado hecho añicos por nuestra torpeza? No calculamos bien la distancia y le dimos al coche de atrás. No nos dimos cuenta de que la cita con el médico era el jueves y hemos ido hoy. Por mucha rabia que nos dé, por mucha atención que prestemos, seguiremos cometiendo estos errores tontos que no enseñan demasiado. Así, nos una de esas realidades que necesitamos aceptar.

Las expectativas

La hechos rara vez se ponen en orden para seguir exactamente la vereda que dibujamos en nuestra mente. Tendríamos que llevar un camión en vez de una maleta para tener una respuesta preparada frente a todos los imprevistos previstos. En la lista, siempre que los intentáramos enumerar, habría un lugar para “otros”.

 

No es rentable. Adoptar una postura demasiado prudente o contenida para bordear el hecho de que las circunstancias, en muchos casos, son imprevisibles, es un lastre demasiado grande. Una velocidad demasiado corta, cuando somos dinámicos y cambiantes. En este sentido, la permanencia es la excepción y no la norma.

Por otro lado, no nos podemos deshacer de las expectativas, igual que no podemos deshacernos de las primeras impresiones y de sesgos asociados, como el efecto halo. De manera natural, lo que esperamos condiciona diferentes elementos del juego psicológico, algunos tan importantes como la autoeficacia o el control de nuestra atención desde el ejecutivo central.

Trabajar con lo que percibimos, no con la realidad

Una estatua no es fea. Una persona no es honesta o mentirosa. Puede comportarse así con frecuencia, lo que no significa que lo haga siempre o que no sea selectiva en su comportamiento en función del entorno social. De hecho, todos los somos y no por ello somos unos interesados o más falsos que una moneda de tres caras.

 

En una imagen, dos puntos distan más o menos distancia en función del zoom/escala que apliquemos. Podemos hacer que Vigo y Madrid estén muy cerca o muy lejos.

La ventaja que tenemos al hablar de ello es que tú y yo podemos coger una misma unidad de referencia y dar un valor absoluto, libre de juicios. Sin embargo, trasladar esta metodología de medida al mundo psicológico presenta sus problemas: imagina que Vigo y Madrid se están moviendo todo el rato y que no contamos con ese metro.

¿Qué utilizaríamos como punto de referencia? Con mucha probabilidad, lo que vemos en ese momento en la pantalla. ¿Por qué? Por lo cómodo que es trabajar solo desde nuestro punto de vista y teniendo en cuenta solo la información que nos llega desde nuestros sentidos en un instante determinado. Es decir, tendemos a trabajar con fotos, cuando lo que nos gustaría es trabajar con vídeos y, dentro de ellos, con una cámara capaz de girar 360 grados. Sin embargo, esto no es posible y es otra de esas realidades que necesitamos aceptar.

 
Gafa enfocando una ciudad

El olvido, la última de las realidades que necesitamos aceptar

Lo tengo en la punta de la lengua. La palabra a la que quiero acceder es como una isla. Sé dónde está, pero no encuentro un sendero, entre las distintas referencias que tengo para tumbarme en sus playas: su significado, la última vez que la utilicé, la letra por la que empieza o termina… Sí, me acuerdo de esos detalles, pero ahora mismo no puedo pronunciarla.

La cara fue conmigo al colegio. Está esperando en la cola. Pero, ¿cómo se llamaba? Se sentaba al lado de Juan y la profesora de Matemáticas le llamaba todos los días la atención. Sí, otra de las realidades que no tenemos más remedio que aceptar es el funcionamiento, un tanto anárquico de nuestra memoria.

 

Solo hemos enumerado algunas de esas realidades que necesitamos aceptar y que, cuando se presentan, son susceptibles de generarnos una frustración importante. ¿Cuáles incluirías tú en esta lista y por qué?