Reserva cognitiva y alzhéimer

26 octubre, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Loreto Martín Moya
Es cierto que todavía no contamos con una intervención que cure determinadas enfermedades neurodegenerativas, como la enfermedad de Alzheimer. Sin embargo, eso no significa que no podamos hacer nada para retrasar la aparición de los síntomas.

La enfermedad de Alzheimer es una afección cuyo impacto ha hecho que hablemos de epidemia global. Los datos nos dicen que una de cada 10 personas de más de 65 años sufre de alzhéimer. Pese a ello, todavía no se ha conseguido una intervención que consiga revertir sus efectos, curarla.

Recientes estudios sobre la reserva cognitiva y alzhéimer ponen de manifiesto que las personas tenemos algo que decir en la aparición y el desarrollo de la enfermedad de Alzheimer —EA—. Así, en este artículo estudiaremos la relación que existe entre reserva cognitiva y alzhéimer, que, entre otras cosas, podría permitir que los síntomas de dicha afección aparecieran mucho más tarde.

Martínez (2009) define el alzhéimer como una enfermedad neurodegenerativa que implica la presencia de:

  • Placas seniles: depósitos insolubles de proteína B-amiloide alrededor de las neuronas
  • Ovillos neurofibrilares: conglomerado anormal de proteínas TAU situado dentro de las neuronas compuesto por pequeñas fibrillas entrelazadas.

Como resultado, tiene lugar una pérdida de neuronas y sinapsis, junto a una disminución de la neurotransmisión colinérgica. Esto provoca una alteración en la actividad cerebral que da lugar a una menor capacidad de aprendizaje, deterioro cognitivo y alteraciones conductuales (Acarín, 2010). Parece ser, por tanto, que estamos a merced de enfermedades neurogenerativas como la enfermedad de Alzheimer o el Parkinson. ¿Es eso cierto?

Persona con las manos en la cabeza por demencias

El alzhéimer: enfermedad neurogenerativa que provoca demencia

Antes de hablar de la relación entre reserva cognitiva y alzhéimer, es importante entender dicha enfermedad como una demencia. Flint, Richardson y Martin (1998) definen la demencia como el deterioro cognitivo que impide o dificulta la realización de actividades de la vida diaria. Se trata de un síndrome cerebral con origen en un daño estructural y neuroquímico de variada etiología situado en las estructuras corticales y subcorticales.

Esta etiología se compone de trastornos que pueden llegar a dañar las estructuras cardiovasculares o neurológicas del cerebro. A su vez, pueden darse accidentes que fomenten la aparición de una demencia. La etiología o causa más habitual en las demencias es la enfermedad de Alzheimer (EA), siendo situada por los datos epidemiológicos como la responsable de entre el 50 y 70 por ciento de los casos de demencia en las personas mayores (Aleixandre y Yuste, 2004).

La epidemiología del alzhéimer

Esta enfermedad se sitúa como una de las que mayor impacto social y económico suponen para los sistemas de salud, los familiares y los pacientes; al verse afectada la funcionalidad del individuo y tener una menor calidad de vida como consecuencia (Ruiz, Nariño y Muñoz, 2010).

Datos publicados en el Informe Mundial sobre la Enfermedad de Alzheimer (2009) ponen de manifiesto la cifra de 35,6 millones de personas afectadas por este trastorno y sugieren que este número se verá duplicado cada 20 años. De esta forma, en 2020, la prevalencia de la EA será de aproximadamente 70 millones de personas en todo el mundo.

El previamente citado Informe Mundial sobre la Enfermedad de Alzheimer (2009) también dice que en países europeos, como Francia o España, se estima una totalidad de 850.000 personas afectadas; incrementándose este número cada año en 220.000 casos más.

Por otro lado, se ve reflejada la disminución de los años de esperanza de vida media en esta población en comparación con la población general; en los pacientes con EA que rondan los 70 años, la esperanza de vida se reduce más de ocho años.

La reserva cognitiva y la reserva cerebral 

Plasticidad cerebral, neurogénesis… No hay que olvidar que el cerebro puede tener la habilidad de tolerar de forma óptima los efectos de una patología (como podría ser una demencia) a raíz de las experiencias vividas por la persona, su ocupación o sus estudios. Por ello, la relación entre reserva cognitiva y alzhéimer es tan relevante.

La reserva cognitiva —RC—, hace referencia a un concepto donde los años de educación supondrían un indicador de la capacidad del cerebro para compensar patologías por medio de un uso de esas redes alternativas (Stern, 2002).

Otros autores hablan de una reserva cerebral, más pasiva, donde los factores más influyentes serían el tamaño cerebral y la densidad sináptica, que ayudarían a compensar enfermedades neurodegenerativas, como es la EA. Ciertas variables pueden contribuir a aumentar la reserva cerebral: número de neuronas, densidad de sus interconexiones, estrategias para resolver problemas… 

¿Qué pueden llegar a conseguir?

Ambos conceptos se desarrollan como hipótesis por la ausencia de una relación directa entre el grado de patología cerebral y los síntomas clínicos que aparecen. Por ello, la combinación de ambas, la cerebral y la cognitiva, convierten a ciertas personas en más tolerantes a los cambios patológicos que se vislumbran en el cerebro en determinadas enfermedades. Actúan como factor de protección.

Se habla también de un nivel crítico a partir del cual, cuando la desaparición de las sinapsis llega al umbral de la reserva cerebral, comienzan a aparecer los síntomas iniciales de la patología, pero no antes. Cuanta mayor sea las reserva cerebral y cognitiva, más tardarán en aparecer.

Esto lograría explicar por qué personas con la misma cantidad de histopatología de EA pueden presentar demencias con distintas limitaciones: el cerebro contaría con una capacidad de activación progresiva de redes neuronales en respuesta a demandas crecientes (Rodríguez y Sánchez, 2004).

No obstante, hay que tener en cuenta que el nivel educativo no es lo único que influye en la RC. Dado que se trata de un constructo multifactorial, también incluye, entre otros, el lugar de residencia o el grado de relaciones sociales en cantidad y satisfacción (Mortimer y Graves, 1993).

Cerebro iluminado

¿Qué significa tener una reserva cognitiva alta?

Tener una RC alta supone que los síntomas clínicos comenzarán a manifestarse cuando la demencia sea más severa, pues es un factor de protección contra la expresión de la enfermedad, aunque no contra la patología y su avance. Dicho de otra manera, la RC frena, pero no cura.

Sólo existen hipótesis en relación al cambio en la velocidad de la progresión clínica; por ejemplo, que cuando ya no “queda” RC, las manifestaciones se hacen patentes y el declive se vuelve mucho más rápido y acusado. Si eso fuera cierto, podríamos decir que los pacientes con alta RC presentan una mayor mortalidad que aquellos con baja RC, pues los primeros síntomas tardan en aparecer. Por otro lado, la degeneración se produce más velozmente (Rodríguez y Sánchez, 2004).

Conclusiones, ¿hay que cultivar la reserva cognitiva?

La expresión de los síntomas clínicos en pacientes con EA está relacionada, por un lado, con la reserva cerebral de la persona; por otro, con su reserva cognitiva. Siendo este último un constructo multifactorial, pueden influir variables medioambientales —educación, actividad intelectual— que, a su vez, fomentarían la creación de sinapsis en ciertas áreas cerebrales, modificando con ello la reserva cerebral. Por ello, la RC de la persona está basada tanto en aspectos cuantitativos (orgánicos, reserva cerebral) como cualitativos (Carnero-Pardo, 2000).

Parece claro, la reserva cognitiva —que sí podemos modificar a lo largo de nuestra vida—, junto con la reserva cerebral —sobre la que tenemos menos influencia—, evitaría que los síntomas de alzhéimer retrasaran su aparición. Aunque esto significa que las personas con mayor reserva cognitiva contarían con más años libres de alzhéimer, también supone un retraso en el diagnóstico.

  • Acarín, N. (2010). Alzheimer: manual de instrucciones. Barcelona: RBA divulgación.
  • Alberca, R. y López-Pousa, S. (2011). Enfermedad de Alzheimer y otras demencias. Madrid: Médica Panamericana.
  • Amirrad, F., Bousoik, E., Shamloo, K., Al-Shiyab, H., Nguyen, V. y Montazeri, H. (2017). Alzheimer’s Disease: Dawn of a New Era? Journal of Pharmacy & Pharmaceutical Sciences, 20(0), 184-225
  • Flint M., Richardson, E. y Martin J. (1998) Enfermedad de Alzheimer y demencias afines. Principios de medicina interna. México: Editorial Interamericana Mc Graw-Hill.
  • Jurado, M., Mataró, M. y Pueyo, R. (2013). Neuropsicología de las enfermedades neurodegenerativas. Barcelona: Síntesis.
  • Mortimer, J. y Graves, A. (1993). Education and other socioeconomic determinants of dementia and Alzheimer’s disease. Neurology, 43(4), 39-S44
  • Stern, Y. (2002). What is cognitive reserve? Theory and research application of the reserve concept. Journal of the International Neuropsychological Society, 8, 448-460.