¿Sabes diferenciar un problema de un conflicto?

Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Cristina Muñoz Morano
· 9 febrero, 2014

La mayoría de ocasiones en las que nos enfrentamos a problemas interpersonales, la falta de éxito en la resolución es tan solo una cuestión de “definición”. Cuando nos enfrentamos a una situación difícil, nuestras emociones negativas se disparan y a veces nublan todo aquello que sí es importante, conduciéndonos a la total paralización frente a la dificultad. De repente nos sentimos atrapados, ahogados, no encontramos soluciones pero… ¿frente a qué estamos? Enfrentar un conflicto puede no ser una tarea sencilla, pero podemos salir reforzados de ello.

Sin duda, a lo largo de la vida, nos encontraremos con situaciones que supongan un reto para nosotros. En esos momentos, nuestra habilidad para solucionar conflictos nos ayudará a salir airosos del contratiempo o nos impulsará a buscar ayuda.

¿Sabes lo que es un conflicto?

Se trata de dos puntos de vista (mínimo) diferentes frente a una misma situación. No es más que eso. Por lo tanto… ¿Cuántos conflictos atravesamos a lo largo de un día? Los conflictos nos rodean, viven con nosotros, son parte del ser humano y además son una potente fuente de aprendizaje… si están bien enfocados. Como diría Freud: “Si dos individuos están siempre de acuerdo en todo, puedo asegurar que uno de los dos piensa por ambos”.

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Por lo tanto, tenemos que aceptarlos y saber gestionarlos.  Pero, ¿cuál es la solución de un conflicto? Lo obvio a veces es lo más importante: la resolución de un conflicto es tan simple y tan compleja como “llegar a un acuerdo”.

A veces nos enroscamos en discusiones eternas que no llevan a ninguna conclusión, solo por tener “la razón”, cuando en la mayoría de ocasiones “la razón” es totalmente secundaria. Casi todos los conflictos a los que nos enfrentamos puede ser resueltos mediante un acuerdo. En la mayoría de ocasiones se trata de una discusión por convicciones propias que nada tiene que ver con lo que sucede. Por tanto, ceder un poco en nuestra postura para llegar a un acuerdo común, puede ser una posible solución.

Los acuerdos implican que las dos partes, hay que hacer hincapié: las dos, deben renunciar a algunos conceptos, a alguna prioridad, para conseguir el bien común… Toda resolución acarrea consecuencias, pero esas consecuencias no invalidan el acuerdo, es decir: me enfrento, negocio, y pierdo una parte a la vez que gano otra. La parte que pierdo es solo una consecuencia, por lo tanto no tiene el poder de hacer tambalear el acuerdo.

Conflictos internos

Pero, ¿qué pasa si el conflicto es interno? Parece más complejo, pero en esencia es la misma estructura: tengo dos puntos de vista diferentes frente a una misma situación, entonces, ¿qué pretendo? La respuesta es la misma: sí, llegar a un acuerdo. Bucear en nuestro interior y averiguar qué solución es la que más nos conviene, nos ayudará a encontrar la respuesta que buscamos. Aunque en ocasiones, la mejor solución a largo plazo sea la que conlleve mayor sacrificio a corto plazo.

Para ello tengo que valorar alternativas y adoptar una decisión, aunque ésta conlleve consecuencias que impliquen pérdidas. Las pérdidas son asumibles, pues las ganancias se valorarán en conjunto y el saldo saldría positivo. Por lo tanto, ¿de qué sirven el autocastigo o la autocrítica? De nada.

Es cuestión de aceptar y validar las consecuencias. Al igual que en los conflictos que resolvemos de modo externo, nos encontramos con ganancias y consecuencias que debemos aceptar. En los conflictos internos ocurre lo mismo: la consecuencia es inherente a la resolución, por lo tanto debemos aceptarla y no castigarnos con ella contaminados por la emoción.

La resolución se lleva a cabo libre de emoción, en frío y valorando las alternativas. Por lo tanto, la crítica que nos produce la aceptación de consecuencias no solo es innecesaria sino que también es evitable. Es sabido que en ocasiones hay que decidir con el corazón, sin embargo, esto no siempre es así. Mientras la emoción nos pueden llevar a perpetuar una relación tóxica, la mente nos dice que es hora de abandonar dicha relación. Por lo que en muchas ocasiones, debemos dejar de lado la emoción para pensar fríamente qué es lo mejor para nosotros.

Pero… entonces, ¿qué es un problema?

Entendemos por problema una situación que se presenta y “en este momento”, no tiene solución. Entonces, ¿qué hacemos? Volvemos a lo obvio y no menos importante: buscar la solución. En este caso lo primero es plantear una meta, dónde quiero llegar, cuál es mi objetivo, qué quiero conseguir.

Una vez establecida la meta, ponemos en práctica las posibles alternativas para llegar a alcanzar la solución de nuestro problema, las valoramos, las sopesamos y entonces nos ponemos en marcha. Al igual que en los conflictos la emoción actúa como enemigo paralizante.

mujer pájaros en el cabello

La resolución a veces será sencilla y otras no, pero no por ello deja de ser válida nuestra meta. El camino puede ser difícil, pero seremos constantes si sabemos dónde queremos llegar. Lo importante es trazar un camino claro y seguirlo, corrigiendo el rumbo las veces que haga falta si es necesario.

No obstante al igual que aparecen dos tipos de conflictos (internos vs. externos), nos encontramos con dos tipos de problemas: los que tienen solución y los que no. Ya sabemos qué hacer con los primeros pero, ¿Qué pasa con los segundos?, ¿Podemos hacer algo? La respuesta es sí, y se llama aceptación. Aceptar que un problema no tiene solución, nos librará de un malestar extra innecesario. Sin duda, podemos pasarlo mal, pero si luchamos contra lo inevitable, solo conseguiremos aumentar nuestro malestar.
No podemos solucionar la pérdida de un ser querido ni podemos recuperar algo que se nos perdió… pero sí podemos  aceptar la realidad y hacer más pequeño su impacto en nuestras emociones, sólo así generaremos nuevas alternativas.