Si has tocado fondo, no te quedes ahí: ¡Asciende!

Valeria Sabater · 27 mayo, 2018

Si has tocado fondo, no te asustes. Si has llegado al límite de tus fuerzas, si este último fracaso o decepción te ha dejado más tocado que nunca, no te paralices, no te avergüences ni te quedes a vivir en ese abismo personal y psicológico. Asciende. Toma impulso y ejerce la elección de los valientes, de aquellos que aúnan dignidad para no volver a caer más bajo que el propio corazón.

Todos nos hemos encontrado en más de una ocasión con esa frase hecha: “tocar fondo”. Por curioso que resulte, a la mayoría de profesionales del mundo de la clínica no les agrada particularmente dicha expresión. Psicólogos y psiquiatras se enfrentan a diario en sus consultas a pacientes que han llegado al límite. Con personas convencidas de que tras haber tocado fondo solo queda una opción posible: la del cambio y la mejoría.

“Porque es tocando fondo, aunque sea en la amargura y la degradación, donde uno llega a saber quién es, y donde entonces empieza a pisar firme”.

-José Luis Sampedro-

Bien, la triste realidad es que esta regla de tres no siempre funciona. ¿La razón? Hay quien se instala en ese fondo de forma permanente. Aún más, hay quien descubre que debajo de ese fondo hay otro sótano aún más oscuro y más complejo. Así, esta idea, ese enfoque a veces tan compartido por muchos puede impedir perversa e irónicamente que una persona busque ayuda antes. Mientras el problema aún no es tan grave y es posible facilitar recursos sencillos para la mejora o el cambio.

Hombre mirando gruta de salida tras haber tocado fondo

Todos hemos tocado fondo alguna vez y ascender no es fácil

Todos hemos tocado fondo alguna vez y sabemos lo que duele. Una buena parte de la población ha descendido hasta ese estrato donde el miedo, la desesperación o el fracaso los ha dejado ahí. Atrapados, agazapados en esa resina de ámbar que atrapa y nubla el equilibrio hasta derivar en algún trastorno del estado del ánimo.

La idea de que solo la desesperación más absoluta nos llevará definitivamente a ver la la luz y a experimentar una mejoría no es cierta. Como tampoco lo es el tener que sufrir para saber con autenticidad qué es la vida. Porque el dolor solo enseña e ilumina en caso de que nosotros tengamos la voluntad y los recursos adecuados para poder hacerlo. Así, y por mucho que nos guste la idea, en nuestro cerebro no hay un piloto automático que nos ponga en “modo resiliencia cada vez que llegamos al límite de nuestras fuerzas.

El filósofo y psicológo William James habló en su libro “The Varieties of Religious Experience”(1902) de la cueva de la melancolía. Hay personas que, sin que se entiendan aún bien las razones, son capaces de tocar fondo y desde ahí atisbar ese punto donde la luz del sol les guía desde las profundidades hacia la salida. Otros en cambio se quedan atrapados en la cueva de la melancolía. Es un rincón donde habita la vergüenza (¿cómo he podido llegar hasta aquí?) además de la sensación de abatimiento crónica (no puedo hacer nada para mejorar mi situación, todo está perdido).

Chica debajo del agua tras haber tocado fondo

Si has tocado fondo, no te acostumbres a ese lugar. ¡Asciende!

Haber tocado fondo supone estar en el suelo del desánimo, queda claro, pero no quieras descender más aún. No te permitas llegar hasta el sótano de la desesperación. Tocar fondo implica también llegar a un escenario de profunda soledad, a una cueva donde nada pasa y la mente se enreda, donde se traban los pensamientos y se vuelven extraños y obsesivos. Sin embargo, recuerda: tienes billete de vuelta y solo tienes que subir un escalón para darte cuenta de las nuevas oportunidades son posibles.

Ahora bien, el acto de ascender supone algo tremendamente difícil: implica superar el miedo. Un modo de afrontarlo, es aplicando la técnica de la flecha descendente propuesta por terapeutas cognitivos como David Burns. Según este enfoque, muchas personas habitan en esos fondos psicológicos porque están bloquedas, porque sufren, se sienten perdidas y aunque son conscientes de que necesitan un cambio para vencer ese “impasse” no se atreven o no saben cómo hacerlo.

La idea central con esta técnica es derribar muchas de esas creencias irracionales que tantas veces nos instalan en esos escenarios de quietud y desesperación. Para ello, el terapeuta selecciona un pensamiento negativo mantenido por el paciente y lo desafía mediante una pregunta “Si ese pensamiento fuera cierto y ocurriera de verdad, ¿qué harías?” La idea es trazar una serie de cuestiones que actuarían como flechas descendentes para sacar a la luz ideas erróneas, para visibilizar y derrumbar enfoques irracionales y propiciar nuevos enfoques. Nuevos cambios.

Pájaros formando una flecha que nos indican la salida tras haber tocado fondo

Pongamos un ejemplo. Pensemos en una persona que ha perdido su trabajo y se encuentra en una situación de desempleo que dura ya un año. Las preguntas que podríamos plantearle para ir afrontando uno por uno todos sus miedos serían las siguientes: ¿Qué pasaría si nunca más volvieras a tener un trabajo? ¿Qué pasaría si tu pareja también perdiera su empleo? ¿Qué harías si os vierais de pronto sin ningún recurso?

Este ejercicio puede parecer bastante duro porque se intenta llegar siempre hasta el límite más catastrofista. Sin embargo, implica dar impulso a la persona, invitarlo a reaccionar, a confrontar, a argumentar posibles estrategias ante situaciones desesperadas que aún no han sucedido (y que no tienen por qué darse).

Supone en esencia demostrarle que a pesar de haber tocado fondo hay situaciones más complejas y que por tanto, aún está a tiempo de reaccionar. De hecho, una vez haya enfrentado todos esos miedos planteados solo le quedará una opción: emerger. Y esa será la decisión que lo cambie todo.