Silencio y descanso: dos necesidades para tu mente

Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Valeria Sabater
18 junio, 2019
Descansar el cuerpo y la mente, tener un sueño profundo y reparador, disfrutar del silencio, de unas horas de soledad... Estas dos dimensiones son casi un lujo en nuestro día a día; sin embargo, debemos tenerlo claro: son también necesidades para nuestra salud.

El silencio y el descanso son dos bienes preciados en peligro de extinción. Son un lujo, un regalo que nos damos alguna vez cuando nuestro horario y obligaciones así lo permiten. Sin embargo, estas dos dimensiones, lejos de alzarse como un capricho, son en realidad dos necesidades básicas para nuestro bienestar, y sobre todo, para el equilibrio mental.

Decía Ovidio que cualquier tipo de vida donde no exista el descanso, se desvanece pronto. La verdad es que no iba mal desencaminado nuestro célebre poeta romano, porque más allá de lo que podamos pensar, la falta de descanso y vivir en entornos estresantes y llenos de estímulos, minan nuestra salud y erosionan nuestra calidad de vida.

Gran parte de nosotros nos desenvolvemos en escenarios donde habita el trasfondo de una cacofonía constante de sonidos. El tráfico, las conversaciones, las maquinas trabajando, aviones, los trenes, televisiones e incluso ese ronroneo constante del procesador de nuestros ordenadores. Todo ello conforma un estado de hiperactividad incesante, capaz de alterar nuestro estado del ánimo, generando desde irritación, cansancio, pérdida de concentración…

Lo más curioso de todo esto es que las personas nos habituamos a este tipo de realidades. Nos decimos a nosotros mismos que es lo que hay, esto es lo que marca la sociedad actual y por tanto, hay que asumirlo. En este mundo acelerado e hiperconectado, y hasta privado del sueño, hemos hecho del silencio y el descanso dos piezas de lujo que no están al alcance de todos.

«El descanso pertenece al trabajo, como los párpados a los ojos».

-Rabindranath Tagore-

Silencio y descanso, dos nutrientes para el cerebro

La muerte por exceso de trabajo existe. Así, y aunque de momento no tiene nomenclatura en castellano, otros países habituados a este tipo de realidades, ya hace tiempo que le han dado nombre. En Japón es karoshi, en China guolaosi y en Corea gwarosa. Para estas poblaciones donde el estilo de vida está asociado sobre todo a lo industrial, a lo comercial y a la productividad, el silencio y descanso no solo son un lujo, es algo que cada vez escasea más.

La falta de sueño y el estrés no matan directamente. Lo que hacen en realidad en estos países es elevar las tasas de suicidio. El agotamiento es tan elevado y el estado de ánimo tan desesperado, que muchas personas no ven solución alguna a su realidad personal y optan por la opción más triste. Por otro lado, si nos vamos al mundo occidental la radiografía sobre este tema varía levemente.

En Europa y América, no hay datos destacables que relacionen el exceso de trabajo con el suicidio, pero sí con enfermedades cardiovasculares, con altas tasas de depresión, ansiedad, estrés, insomnio… Así, según expertos en el tema como el doctor Michael Roizen, director de la Clínica del bienestar de Cleveland, ‘el descanso es a día de hoy nuestro hábito de salud más subestimado’.

Nuestro cerebro necesita calma y silencio

Sabemos que el ruido persistente, el sonido incesante de nuestras ciudades, mina nuestra salud y estado del ánimo. Un ejemplo, en un trabajo publicado ya en 1975 en la revista Environment and Behavior, se demostró que los niños que estudiaban en zonas de Manhattan que estaban cerca de las vías de metro, presentaban casi un año de retraso escolar. El dato sin duda es significativo.

Sin embargo, además del sonido externo, está también ese otro tipo de murmullo que también afecta a nuestro bienestar. Hablamos cómo no, del golpeteo obsesivo de nuestros pensamientos, de las preocupaciones, de los objetivos que cumplir, de los ‘debería y tengo que’. Ese ruido también es insalubre y nos quita la calma.

El silencio y descanso se alzan como esos dos antídotos vitales capaces de modular nuestro cerebro para que halle armonía,  y para que la mente, se reencuentre y se sintonice con su auténtico ser.

chica durmiendo disfrutando del silencio y descanso

Dormir, otro lujo del que prescindimos cada vez más

A muchos nos costaría relacionar la falta de sueño con la embriaguez. Sin embargo, un estudio publicado por el doctor  David Geffen de la Universidad de Los Ángeles, California, nos señala que para el cerebro no dormir tiene el mismo efecto que el alcohol. Nuestras neuronas dejan de comunicarse con eficacia, hay fallos, problemas de concentración, de rendimiento, el estado de ánimo se altera, aparece la irritabilidad, la depresión…

Los efectos psicológicos de la privación del sueño son inmensos y a día de hoy, seguimos descuidando este aspecto. Lo hacemos con nuestro estilo de vida, con nuestros dispositivos electrónicos y la luz azul de esas pantallas que estimulan el cerebro impidiendo que conciliemos el sueño.

A su vez, también nuestros trabajos y las preocupaciones que nos llevamos a la almohada, nos privan de ese descanso reparador tan necesario para la salud física y cerebral. Silencio y descanso son dos palabras que se están convirtiendo en un negocio para muchas empresas, tanto es así, que en el mercado encontramos ya desde máscaras para dormir que monitorean nuestras ondas cerebrales y estados REM,  cápsulas para realizar siestas, spas y centros del sueño que buscan llevarnos a los brazos de Morfeo en pocos minutos.

Evitemos llegar a estos extremos y tomemos conciencia de algo muy sencillo: el descanso es vida; en un mundo de incesante ruido externo e interno, el silencio es salud. Tengámoslo en cuenta.

 

  • Dong-Woo Choi, Sung-Youn Chun (2018) Association between Sleep Duration and Perceived Stress: Salaried Worker in Circumstances of High Workload. Int J Environ Res Public Health. doi  10.3390/ijerph15040796
  • Vago, D. R., & Zeidan, F. (2016). The brain on silent: mind wandering, mindful awareness, and states of mental tranquility. Annals of the New York Academy of Sciences1373(1), 96–113. https://doi.org/10.1111/nyas.1317