Sobre la maldad…

25 septiembre, 2013
Este artículo fue redactado y avalado por Andy

¿Qué lleva una persona a causar daño a sus semejantes sin que estén en juego su interés ni la defensa de su propia vida? ¿Por qué algunos individuos asesinan, atacan a otros, roban sin necesidad y cometen todo tipo de crímenes atroces? En otras palabras, ¿cuál es el origen de la maldad, y por qué se produce esta?

Probablemente estemos de acuerdo en que la mayoría de personas jamás realizarían actos criminales o atroces si no se vieran forzados por una necesidad imperiosa. Sin embargo, la realidad es que día a día se siguen cometiendo crímenes horribles en todo el mundo. Entender las causas de este fenómeno es fundamental para poder eliminarlo de raíz.

¿Somos productos del mal?

Según el catarismo, movimiento religioso que surgió en el siglo XII, difundido especialmente en el sur de Francia y nacido de las antiguas creencias paganas orientales y que tenía la diferencia entre el Bien y el Mal como principal doctrina, el ser humano es producto del mal. Sus seguidores estaban tan convencidos de ello que incluso condenaban la procreación, porque entendían que tener hijos era añadir nuevos productos del mal al mundo.

Hombre representando la maldad

Se podría pensar que es demencial decir que somos productos del mal, pero tristemente basta con mirar por la ventana, leer el periódico u oír la radio para comprobar que en el laboratorio de la vida, si fuera un experimento, nuestros actos de maldad estarían más que comprobados. Esto puede utilizarse para demostrar que la humanidad tiene propensión a la maldad y si nos dejáramos guiar por nuestros instintos, las consecuencias serían catastróficas.

La sociedad atempera nuestros instintos agresivos

Menos mal que la sociedad, nos guste o no, no es un ente ajeno a nosotros. La sociedad está formada por todos y cada uno de nosotros, y modifica y modula nuestros instintos básicos. Es una maquinaria que tiene que seguir una pauta para que funcione. Dependemos de que el vecino de al lado se “porte bien” y no nos moleste por las noches con la música alta para que no haya motivos para discusiones.

Sin embargo, la relación entre la sociedad, nuestros instintos y los actos violentos o malvados no está del todo clara. Algunos autores, como Rousseau, piensan que el ser humano es bueno por naturaleza, y que el hecho de vivir en grupos sociales estructurados simplemente saca lo peor de nosotros. Por otro lado también existe la teoría contraria, que defiende que el único motivo por el que somos capaces de vivir en armonía es debido a la existencia de normas y regulaciones externas.

La batalla contra la bestia interior

Es cierto que jamás podremos olvidar que tenemos sangre en las venas y que muchas son y serán las veces que, a lo largo de nuestras vidas y aunque generalmente nos portemos bien, existirán situaciones que consigan alterar nuestra buena conducta. Esto puede ocurrir con una mala contestación, un insulto o incluso ataques contra nuestra integridad física.

Hombre luchando contra la maldad

Sin embargo, no siempre será así. En algunos casos puede que seamos nosotros mismos los que, queriendo o no, alteremos la “armonía” que debe tener la sociedad. Y es que las emociones negativas y la agresión, por desgracia, tienen efectos relativamente «positivos» en la vida de las personas que las utilizan en su día a día como herramienta. Por eso, es muy poco probable que consigamos erradicarlas por completo en un futuro cercano.

En un estudio reciente de la universidad china de Beihang, se ha comprobado que el enfado es la emoción que más difusión recibe cuando transcrita en las redes sociales, a diferencia de los textos que relaten alegría o felicidad. Esto podría explicar por qué es tan habitual encontrar publicaciones agresivas o dañinas en Internet: crear una de ellas provocará que recibamos una gran cantidad de atención.

Por ello debemos seguir siendo no solo el ejemplo a nuestro vecino, sino que debemos recordar que nuestros instintos están guiados por nuestro peor enemigo, nosotros mismos. Luchar contra nuestro “yo interior” es un trabajo diario. Habrá  momentos en que nos sintamos vencidos por él cuando asomen sus colmillos, su genio y su ira, su lengua sarcástica, su mirada venenosa.

Perder esta lucha es algo que daña no solo nuestras relaciones con los demás, sino también nuestros propios deseos de ser felices, nuestras ganas de vivir. La bestia que algunos llevan dentro puede llegar a ser terrible. Muchos incluso la desconocen, pero si sale a la luz alguna vez, probablemente aterrorizará más que a uno mismo.

Por eso los que tienen la llamada “bestia interior” deben esforzarse especialmente por ser más cuidadosos, más cautos, doblemente tolerantes, para no hacerla aullar y asomar sus monstruosas fauces que amenazan con devorar a los incautos que tengan por delante.

Ojalá nadie tuviera una bestia interior, pero el convivir con ella nos hace más consciente de quiénes somos, de nuestros límites y defectos. Curiosamente, nos hace más merecedores de todo lo positivo que tenemos para compartir, porque aunque Ernest Hemingway dijera que “todo lo verdaderamente malvado empieza por algo inocente», Martin Luther King Jr. nos recordó que «el hombre debe encontrar la solución para cualquier conflicto humano que rechace la venganza, la agresión y la represalia; y la base de esa solución es el amor».